Semanario de Prensa Libre • No. 193 • 16 de marzo de 2008

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Punto final

La nueva revolución será digital
A pesar de los esfuerzos del Gobierno cubano, los jóvenes
de la isla han encontrado la manera de conectarse a Internet
y difundir sus desacuerdos con el sistema.

Por JAMES C. McKINLEY Jr.

Una creciente red clandestina de jóvenes armados con memorias portátiles (memory sticks) de computadora, cámaras digitales y enlaces clandestinos en Internet ha estado montando algunos desafíos al Gobierno cubano en meses recientes, al diseminar noticias que los medios de comunicación oficiales intentan suprimir.

El mes pasado, estudiantes de la prestigiosa Universidad de las Ciencias Informáticas filmaron un desagradable enfrentamiento que tuvieron con Ricardo Alarcón, el presidente de la Asamblea Nacional.

Todo parece indicar que Alarcón quedó perplejo cuando los estudiantes lo cuestionaron respecto de por qué ellos no podían viajar al extranjero, hospedarse en hoteles, percibir mejores ingresos o usar motores de búsqueda como Google.

La filmación se propagó como un incendio descontrolado a lo largo de La Habana, hasta pasar de persona a persona, y dañó seriamente la reputación de Alarcón en algunos círculos.

Algo similar ocurrió a finales de enero, cuando algunos funcionarios intentaron imponer un impuesto a las propinas y salarios de empleados de empresas extranjeras.

Los trabajadores estallaron con expresiones de rechazo y gritos cuando les informaron sobre el nuevo impuesto, momento captado en la cámara de un teléfono celular y transmitido de persona en persona a través de memory sticks.

“Pasa de disco portátil a disco portátil”, expresó Ariel, de 33 años de edad, programador de computadoras, quien, al igual que casi todos los demás entrevistados para este artículo, pidió que su nombre no fuera publicado por temor a ser objeto de una persecución política.

“Esto se va a salir de las manos del Gobierno, ya que la tecnología está avanzando con demasiada rapidez”.

Funcionarios cubanos han limitado desde hace ya largo tiempo el acceso del pueblo a Internet y videos digitales, derribado antenas parabólicas que no cuentan con autorización y mantenido bajo el número de cafés Internet abiertos a los cubanos. Solamente uno sigue abierto en la Vieja Habana, en comparación con los tres que había unos cuantos años atrás.

Oculto en las profundidades de una pequeña habitación del edificio del Capitolio, el café, perteneciente al Estado, cobra un tercio del salario mensual del cubano promedio —aproximadamente US$5— por el uso de una computadora durante una hora. Los otros dos ex cafés Internet, en el centro de La Habana, fueron convertidos en servicios postales, los cuales permiten a los cubanos enviar mensajes de correo electrónico a través de una red cerrada en la isla que no tiene vínculos con Internet. “Es algo similar a un servicio telegráfico”, dijo un hombre joven, quien encogió los hombros al tiempo que esperaba en una fila para usar las computadoras en lo que era un café Internet de la calle O'Reilly.

No obstante, los esfuerzos del Gobierno por controlar el acceso cada vez surten menos efecto. Los jóvenes del país destacan la existencia de un próspero mercado negro que les proporciona una conexión clandestina al mundo fuera del país comunista a miles de personas.

Incluso la principal escuela de computación en el país, la Universidad de las Ciencias Informáticas, fundada en un campus otrora usado por los servicios de espionaje cubanos, se ha convertido en un hervidero de ciberrebeldes. Los estudiantes descargan de todo, desde los programas más recientes de la televisión estadounidense hasta artículos y videos que critican al Gobierno, y los hacen circular rápidamente por la isla.

“Existe todo un mercado subterráneo de esto”, explicó Ariel.

El video del choque de Alarcón con los estudiantes fue filtrado a las cadenas británica BBC y la estadounidense CNN, y le dio al mundo un inusual atisbo de la inconformidad de los jóvenes hacia el sistema. Sus respuestas a las preguntas dieron la impresión de ser evasivas. Cuando le preguntaron acerca de la prohibición sobre los viajes, Alarcón sugirió que si todo aquel que lo quisiera tuviera autorización para viajar, no habría suficiente espacio aéreo para los aviones.

   

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