Aura Cumes y Santiago Bastos
“¿Estamos en un multiculturalismo cosmético?”
¿Qué significa ser maya? ¿Y ladino? Esas son algunas de las preguntas a las que Aura Cumes y Santiago Bastos tratan de responder, tras cuatro años de investigación en comunidades de todo el país.
Por Gemma Gil
Fotos: Carlos Sebastián

“Si no comprendes las cosas, no puedes cambiarlas”, afirma el antropólogo Santiago Bastos. Junto a la investigadora Aura Cumes, acaba de terminar cuatro años de investigación con Flacso y Cirma sobre cómo se dan las relaciones étnicas en Guatemala.
¿Qué significa ser indígena, ladino, mestizo o, incluso, guatemalteco? Para responder a esas preguntas, los investigadores decidieron alejarse de los discursos oficiales y abordar la discusión desde la vida cotidiana de la gente.
Tras el estudio de 18 casos y 65 actividades públicas, el resultado se presenta en Mayanización y vida cotidiana, un texto que pretende sentar las bases para el debate desde el sentir de la gente. ¿Su aspiración? aportar un granito de arena para construir una sociedad multicultural, donde no solo se tenga en cuenta la diversidad, sino que se respete la diferencia y se reduzca la desigualdad.
¿De dónde parte la idea de Mayanización y vida cotidiana?
Santiago Bastos: Cada vez sabíamos más de lo que pensaba el movimiento maya a nivel institucional, pero no sabíamos qué estaba pensando la gente de la calle. Además, algunas organizaciones nos preguntaban por qué la gente no seguía sus ideas, por qué seguían votando a los partidos clásicos y la forma en que podíamos responder a esa pregunta era salir a preguntar a las comunidades.
¿Se puede contestar a la pregunta qué es ser maya?
Aura Cumes: El objetivo de la investigación era ver cómo percibe ese “ser maya” la gente que se define como indígena en su vida diaria. Lo maya es una construcción política; una elaboración que da un nuevo significado a qué es ser indígena, algo que antes estaba asociado al atraso y que ahora se reinterpreta desde el orgullo.
¿Ese “ser maya” no es una construcción intelectual que está desligada del día a día de la gente?
S. B.: Hay gente que se rige por conceptos muy mayanistas, aunque ellos no lo sepan. Lo que pasa es que ahora se dan nuevos significados para aspectos de la vida cotidiana; por ejemplo, el idioma ya no es sólo para comunicarse, es lo que te une a los antepasados. El hecho de que la gente en las comunidades se identifique por su grupo lingüístico es un síntoma de que lo multicultural está entrando. Eso, hace 20 años, nadie te lo decía.
Pero, ¿hay un divorcio entre la gente y los intelectuales mayas?
S. B.: Desde luego, hay unas cuantas formas oficializadas de ser maya. Por eso elegimos un frijol para nuestra portada, porque se considera que el símbolo de lo maya es el maíz, pero si vas a las comunidades mucha gente te va a decir que su semilla es el frijol. Aparte de la versión oficial, hay otras formas de entender lo maya.
De todos modos, asociamos el movimiento a los intelectuales capitalinos, pero hay mucha gente que a nivel local está empleando este discurso, incluso de una forma menos ideologizada o más apegada a lo cotidiano. Por ejemplo, muchos intelectuales no hacen referencia al Baile de la Conquista, porque vino con los españoles, pero cuando vas a Totonicapán son los propios mayanistas los que están rescatando todo eso, porque ya forma parte de la costumbre.
A. C.: Mucha gente no se identifica con la palabra maya, aunque el concepto coincide con la forma en la que se perciben como indígenas. Es cierto que es una construcción reciente, pero
entorno a ella se podría articular una nueva forma de unidad. La elaboración mayanista tiene reivindicaciones importantes en relación con derechos individuales y colectivos.
Sin embargo, ustedes expresan que la forma en que el Estado se apropia del discurso multicultural es, desde su punto de vista, eminentemente folclórico.
S. B.: Cuando, en 1992, Rigoberta Menchú gana el Premio Nobel de la Paz, coincide con el movimiento por el quinto centenario y con las luchas que se están dando en el seno de las Naciones Unidas por el Convenio 169. Todo esto obliga a los poderes a reaccionar y a irse apropiando de estas ideas, que es una forma de aparentar que las cosas están cambiando, y al mismo tiempo neutralizan el discurso.
A. C.: Lo multicultural se usa como una forma de hacer estético lo indígena, es una nueva forma de neofolclorismo. Son las lógicas del mercado. Hay una mercantilización de los símbolos.
S. B.: Nos quedamos en lo superficial, ahí está una licorera con su ron puro de sangre maya o el Inguat, con su eslogan “El alma de la tierra”, pero ¿y los cambios en la vida de la gente? ¿Estamos cayendo en un multiculturalismo cosmético?
Durante cuatro años investigaron en 18 zonas del país. ¿Cómo fue ese trabajo?
A. C.: Encontramos casos interesantísimos, por ejemplo el de Estanzuela, Zacapa, donde la gente se identifica como orgullosamente ladina. Ellos se sienten estanzuelenses, descendientes de españoles que se quedaron abandonados en una tierra que no era la suya. Yo esperaba encontrarme gente blanca, de ojos azules, como los habían descrito, pero cuando llegué me pareció ver más bien mestizaje, como en muchas otras partes. Ahí ves claramente que no son los rasgos físicos los que configuran la identidad, sino cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos posicionamos frente al otro.
S. B.: Este era un caso de identidad endógena. Están convencidos de que allí no hay indígenas, pero luego vas por la calle y los ves. También fue muy interesante el caso de los q’eqchi’s de Chisec, porque viven de una manera muy intensa su espiritualidad y, a pesar de ser gente campesina muy pobre, se sentían muy orgullosos de sí mismos.
A. C.: O el de San Bartolo Aguascalientes, Totonicapán, donde encontramos una población de indígenas comerciantes. Son un pueblo próspero, muchos han emigrado a Estados Unidos y están orgullosos de su raza k’iche’, pese a que no hablan el idioma.
¿Dónde queda la identidad del
ladino?
A.C: El planteamiento multicultural obliga a los no indígenas a replantearse su identidad. Aunque también hay gente que rechaza identificarse como ladina, porque se enmarca dentro de una historia de opresión.
En un taller, en Chiquimula, hubo dos señoras que muy efusivamente pidieron: “A mí no me ponga que soy ladina, porque yo no quiero ser ladina”.
S. B.: El poder crea un colectivo al que llama indígena. Al que tiene que nombrar es al otro, que además es inferior, y el que lo hace, piensa: “Y ¿yo? yo no soy nadie, yo soy normal”.
Guatemala es muy especial, porque es el único país de América Latina donde hay una etiqueta especial para el no indígena.
En otros países está el mestizo, que es una categoría que también incorpora al indígena.
A. C.: Mucha gente, al no querer analizar su identidad, está invalidando la construcción de identidad del otro. Es la gente que te dice: “A mí no me vengan a hablar de eso, somos todos guatemaltecos”.
¿Cómo se encuadra todo este proceso de identidades en la globalización?
S. B.: Lo que vivimos en Guatemala es parte de un proceso que se está dando en todo el mundo y que es poner en duda esa idea de que las naciones son homogéneas. En América Latina, los invisibles se han vuelto visibles. En Europa tienes casos como el de España o la ruptura de Los Balcanes. La emigración también ha traído cambios a sociedades que se creían homogéneas. En Guatemala la emigración internacional es reciente, pero en México las organizaciones indígenas más fuertes son binacionales; tienen a buena parte de su gente en Estados Unidos.
¿Es posible un etnonacionalismo de tipo ecuatoriano o boliviano?
S. B.: Ahora mismo no, porque el conflicto armado se llevó a todo el liderazgo indígena y dejó instalado el miedo. Además, la figura que aquí podría haber sido el equivalente a un Evo Morales, que es Rigoberta Menchú, ha dilapidado su capital político al trabajar con un gobierno neoliberal.
¿Estamos en un país racista?
S. B.: Sí, ¡eso publícalo en portada! El ser indígena no es algo que marque la participación, como ocurría en los espacios racistas clásicos, como en Norteamérica, donde había una construcción legal del apartheid. Aquí en teoría todos somos iguales, pero si ves qué determina que te ubiques dentro de una escala social, lo étnico es un factor clarísimo.
¿El Estado percibe la diversidad como problema?
A. C.: No, ahora lo que llega a las escuelas es que la diversidad es una riqueza. El problema es que todo queda a nivel de discurso; es decir, que no se cuestiona la desigualdad. Aquí hay que valorar la riqueza cultural, lo folclórico, el turismo y nada más. No se puede hablar de cómo está distribuida la tierra, de racismo o de derechos, porque ahí entramos en terreno peligroso.
¿Qué piensa la intelectualidad maya de este trabajo?
A. C.: Al principio algunos vieron que la investigación amenazaba al movimiento, porque atacaba ese ideal romántico de unidad. Poco a poco, muchos nos acompañaron en la investigación. Éstos son documentos que nos ayudan a ver qué está pensando a la gente. Entender por qué una mujer no usa su traje o por qué alguien no habla su idioma es más útil que condenarlos a partir de los parámetros de lo que “debe ser” maya.
¿Cómo ven el futuro de Guatemala como sociedad multicultural?
A. C.: Debe estar en las manos de los y las guatemaltecas, no solo de los indígenas. Le tengo miedo a la autocomplacencia. Debemos ser críticos para avanzar.
Quién es quién
Aura Cumes es kaqchikel. Licenciada en Trabajo Social por la Universidad Rafael Landívar y Maestra en Ciencias Sociales por Flacso Guatemala. Sus inquietudes en el campo de la investigación giran entorno a los estudios de etnicidad y género.
Santiago Bastos es español radicado en Guatemala. Desde 1988 es profesor investigador de Flacso Guatemala e investigador asociado de Cirma. Doctorado en Antropología Social por el Ciesas (México), su trabajo se ha centrado en el estudio de la dimensión étnica desde varios puntos de vista: la sobrevivencia de hogares indígenas en la capital, el movimiento maya y la transformación de las ideologías étnicas. |