De volcanes y hombres
Desde tiempos inmemoriales, los colosos escupen su saliva de fuego.
Texto y Fotos: Sébastien Perrot-Minnot
“El camino que debimos recorrer hasta Santa Lucía (Cotzumalguapa) se extiende entre la cadena montañosa y el mar, y desde él es posible observar la mayor parte de los volcanes de Guatemala. La visión constante de éstos a lo lejos constituía un espectáculo maravilloso, difícil de olvidar…”.
Estas palabras son del relato que publicó el biólogo, geólogo y arqueólogo sueco Gustav Eisen de un viaje efectuado en Guatemala en 1882. Veinte años más tarde, el mismo prominente sabio tendría una percepción mucho más dramática del vulcanismo, al presenciar la dantesca erupción del Santa María (Quetzaltenango), una de las más violentas de la época moderna a escala planetaria. La explosión, que lanzó una columna de cenizas de 30 km de altura, devastó edificios y cultivos y segó miles de vidas.
Desde siempre, en esta convulsiva tierra de Guatemala, los hombres viven las consecuencias de un vulcanismo impetuoso, a menudo impredecible, que dio forma al territorio y dejó en el sur del país un ejército de más de 30 volcanes. Éstos pueden tener diversos tipos de actividad. Sólo algunos kilómetros separan al Volcán de Pacaya del de Fuego; sin embargo, el primero es “rojo” (expulsa mucha lava y sus explosiones son raras y limitadas); mientras que el segundo es decididamente “gris” (explota y lanza mucha ceniza y rocas).
Los archivos históricos permiten apreciar la impresión que hicieron las “montañas de fuego” a los conquistadores españoles, en el siglo XVI. El terrible capitán Pedro de Alvarado, que tanta destrucción causó a su paso, no pudo esconder su terror frente al “muy espantable” espectáculo producido por las erupciones. Del tiempo de la conquista data también un “mapa” del Lienzo de Quauhquecholan, dibujado por las fuerzas auxiliares (indígenas de México) de los ibéricos y donde se ve el Volcán de Fuego que escupe llamas.
La arqueología alumbra el impacto del vulcanismo entre los pueblos prehispánicos. Numerosos sitios de Guatemala están ubicados en las faldas de los volcanes o a la orilla de lagos y lagunas, cuya formación se debe a la actividad de la Tierra. Esta observación es particularmente válida para la cultura de Cotzumalguapa (Clásico Tardío, 600-900 d. C.), que parece “abrazar” celosamente la cadena volcánica, en un territorio de miles de kilómetros cuadrados.
Al excavar en sitios de las tierras altas o la costa sur de Guatemala, los investigadores ponen generalmente a luz antiguas capas de ceniza. Éstas resultan provechosas para los arqueólogos, al librar valiosas informaciones cronológicas y al proteger los vestigios sepultados. Probablemente, duermen en suelo guatemalteco lugares tan bien conservados, como Joya de Cerén, una antigua aldea cubierta, hacia el año 600 d. C., por la ceniza del volcán Loma Caldera, de El Salvador. Joya de Cerén, la “Pompeya de América”, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1993.
La ceniza es como la firma de un volcán. En los antiguos asentamientos de la zona de Cotzumalguapa se reconocen arenosos “estratos” (capas) depositados por el Volcán de Fuego. Éste, como lo recuerda el arqueólogo Oswaldo Chinchilla, “es uno de los más activos en el mundo”.
Las excavaciones arqueológicas efectuadas en la zona de Antigua Guatemala muestran que aquí también cayeron lluvias de ceniza, procedentes de las “cóleras” del Volcán de Fuego y, seguramente, del Acatenango.
Éste parece hoy profundamente dormido. No obstante, su última erupción sólo se remonta a 1972. El Volcán de Agua, en cambio, tiene mucho tiempo de haber dejado de escupir su saliva de fuego: al menos 6 mil años, según las observaciones de Shigeru Kitamura.
Este científico japonés publicó, en 1994, un estudio sobre la consecuencia de la actividad volcánica en la vida de la gran ciudad precolombina de Kaminaljuyú, situada hoy debajo de la capital de Guatemala. Explica el investigador que “el comienzo de la etapa eruptiva del Volcán de Pacaya, que ocurrió probablemente después de la construcción de Kaminaljuyú, debió crear un gran impacto psicológico e intranquilidad entre los antiguos mayas”.

En ciertos casos, las excavaciones revelan capas de ceniza procedentes de lejanos cataclismos… Así, hasta el suelo petenero guarda la memoria de la enorme erupción del Ilopango, que ocurrió en El Salvador, en el siglo V d. C, y que disparó al aire más de 20 km3 de materiales geológicos. En el lugar del antiguo volcán se extienden hoy las apacibles aguas del Lago de Ilopango.
Este caso fue estudiado por Payson Sheets, quien dirigió en 1978-80, en El Salvador, la primera gran investigación sobre arqueología y volcanismo en la Mesoamérica Suroriental. La monografía de estos trabajos empieza con recordarnos un punto elemental: “Los volcanes pueden ser tanto benéficos como perjudicantes a los hombres”.
Y los beneficios fueron considerables para las poblaciones prehispánicas, que empezaron con un elemento básico del desarrollo de las civilizaciones: la producción agrícola. Irresistiblemente, como el canto de las sirenas de la mitología griega, las fértiles tierras de los volcanes atraen a los cultivadores hacia alturas cada vez mayores. Ni siquiera las más terribles catástrofes volcánicas pueden alejar duraderamente a los campesinos.
Si los volcanes destruyen, ayudan también a construir, al proveer valiosos materiales usados en la arquitectura: basalto, andesita, toba, piedra pómez… Como los teotihuacanos del México central, los ingenieros de Kaminaljuyú usaron elementos volcánicos para obtener un tipo de cemento llamado “piedrín”.
Kaminaljuyú y muchas otras ciudades del sur de Guatemala brillaron por su prolífica producción de esculturas, para la cual se privilegió el uso de las piedras ígneas (volcánicas) duras, de grano fino y adecuadas para transmitir a través de los siglos los conceptos ideológicos y mitológicos.

Quiriguá, la ciudad maya del Motagua, famosa por sus imponentes esculturas, libró un altar muy particular que, desde su descubrimiento, en la década de 1920, ha despertado mucha curiosidad. El Altar V es del estilo de Cotzumalguapa, y la piedra es ígnea, a pesar de la distancia entre Quiriguá y la “Cintura de Fuego”… ¿Se trata de algún obsequio de la aristocracia cotzumalguapa a los mayas de Quiriguá? En todo caso, los escultores del sur no quisieron reproducir su característico estilo en otra piedra que la de los orgullosos volcanes.
Algunas piezas exhiben restos de pintura roja, el color de la sangre y la lava, producido gracias a los óxidos ferrosos dejados por la actividad volcánica. Ésta creó, incluso, un tipo de vidrio tremendamente cortante: la obsidiana, de la cual se sacaban navajas, puntas y hasta objetos con formas humanas, animales o abstractas.
Los artefactos de obsidiana son más discretos que las esculturas. Sin embargo, el control de los yacimientos garantizaba a los gobernantes mayas un importante poder.
Varios lagos y lagunas de Guatemala ocupan antiguos cráteres, “calderas” o cuencas creados por antiguos flujos de lava.
A pesar de los misteriosos caprichos de sus aguas (se han hallado ruinas sumergidas en el Lago de Atitlán), brindaban a los habitantes abundantes recursos de todo tipo.

En ciertos casos, las excavaciones revelan capas de ceniza procedentes de lejanos cataclismos… Así, hasta el suelo petenero guarda la memoria de la enorme erupción del Ilopango, que ocurrió en El Salvador, en el siglo V d. C, y que disparó al aire más de 20 km3 de materiales geológicos. En el lugar del antiguo volcán se extienden hoy las apacibles aguas del Lago de Ilopango.
Este caso fue estudiado por Payson Sheets, quien dirigió en 1978-80, en El Salvador, la primera gran investigación sobre arqueología y volcanismo en la Mesoamérica Suroriental. La monografía de estos trabajos empieza con recordarnos un punto elemental: “Los volcanes pueden ser tanto benéficos como perjudicantes a los hombres”.
Y los beneficios fueron considerables para las poblaciones prehispánicas, que empezaron con un elemento básico del desarrollo de las civilizaciones: la producción agrícola. Irresistiblemente, como el canto de las sirenas de la mitología griega, las fértiles tierras de los volcanes atraen a los cultivadores hacia alturas cada vez mayores. Ni siquiera las más terribles catástrofes volcánicas pueden alejar duraderamente a los campesinos.
Si los volcanes destruyen, ayudan también a construir, al proveer valiosos materiales usados en la arquitectura: basalto, andesita, toba, piedra pómez… Como los teotihuacanos del México central, los ingenieros de Kaminaljuyú usaron elementos volcánicos para obtener un tipo de cemento llamado “piedrín”.
Kaminaljuyú y muchas otras ciudades del sur de Guatemala brillaron por su prolífica producción de esculturas, para la cual se privilegió el uso de las piedras ígneas (volcánicas) duras, de grano fino y adecuadas para transmitir a través de los siglos los conceptos ideológicos y mitológicos.
Quiriguá, la ciudad maya del Motagua, famosa por sus imponentes esculturas, libró un altar muy particular que, desde su descubrimiento, en la década de 1920, ha despertado mucha curiosidad. El Altar V es del estilo de Cotzumalguapa, y la piedra es ígnea, a pesar de la distancia entre Quiriguá y la “Cintura de Fuego”… ¿Se trata de algún obsequio de la aristocracia cotzumalguapa a los mayas de Quiriguá? En todo caso, los escultores del sur no quisieron reproducir su característico estilo en otra piedra que la de los orgullosos volcanes.
Algunas piezas exhiben restos de pintura roja, el color de la sangre y la lava, producido gracias a los óxidos ferrosos dejados por la actividad volcánica. Ésta creó, incluso, un tipo de vidrio tremendamente cortante: la obsidiana, de la cual se sacaban navajas, puntas y hasta objetos con formas humanas, animales o abstractas. Los artefactos de obsidiana son más discretos que las esculturas. Sin embargo, el control de los yacimientos garantizaba a los gobernantes mayas un importante poder.
Varios lagos y lagunas de Guatemala ocupan antiguos cráteres, “calderas” o cuencas creados por antiguos flujos de lava. A pesar de los misteriosos caprichos de sus aguas (se han hallado ruinas sumergidas en el Lago de Atitlán), brindaban a los habitantes abundantes recursos de todo tipo. Hasta en la cercanía de la curiosa Laguna de Ixpaco (Santa Rosa), cuyas aguas de color blanco lechoso exhalan un gas azufrado de desagradable olor, el arqueólogo alemán Franz Termer (1894-1968) encontró montículos, vestigios de antiguos edificios precolombinos. En la actualidad, los lugareños atribuyen propiedades curativas a esta laguna situada en las faldas del volcán Tecuamburro.
Finalmente, los volcanes enriquecen también los terrenos de la cultura y la creatividad artística. Irrumpieron en las mitologías precolombinas y siempre manifiestan su presencia en la literatura moderna. Estas montañas, con sus súbitas convulsiones y sorprendentes propiedades, siempre dan la impresión se ser movidas por alguna voluntad fantástica, como en el Pop Wuj, el Memorial de Sololá o la Leyenda del volcán, de Miguel Ángel Asturias (1930).
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