A propósito
Espías
John Le Carré, Dashiell Hammett y Joseph Conrad pertenecen a un selecto grupo de escritores que, antes de ponerse a escribir novelas, se ganaron la vida en el mundo del espionaje: profesionales que, en un momento dado, decidieron utilizar el caudal de sus experiencias para hacer ficción.
Sin miedo a una represión, estos novelistas le han contado al mundo en cada una de sus páginas los detalles, no siempre glamorosos, de un hombre al servicio de dos amos. Sus narraciones han sido seguidas por miles y calificadas por la crítica como exitosas. En el caso de Le Carré, cuyo libro El espía que surgió del frío, es un relato que encierra toda la esencia del género y, en opinión del escritor Juan Bonilla, supuso para la novela de espionaje político lo que El halcón maltés (Dashiell Hammett) para la de detectives.
No todos los delatores, sin embargo, optaron por la decisión de estos tres hombres, pues la mayoría aún permanece en el anonimato. Por ejemplo, en Guatemala, solo un reducido grupo de intelectuales ha comentado la doble función de ciertos arqueólogos, que si bien hicieron innumerables hallazgos, su principal trabajo era infiltrarse en el país para conseguir información que luego pasaría a las manos de los agentes de los servicios secretos de Estados Unidos.
La periodista Íngrid Roldán Martínez, en el reportaje D fondo de esta edición, saca a la luz el nombre de uno de los principales confidentes de la Unión Americana y que trabajó dentro de nuestro territorio durante la Primera Guerra Mundial: Sylvanus Morley, quien tenía encomendado investigar sobre los movimientos de los alemanes en la región, trabajo que hizo a perfección mientras descubría muchos sitios arqueológicos en Mesoamérica.
Viviana Ruiz,
Editor
|