Los demócratas se atacan, los republicanos se organizan
John McCain analiza quién podría ser su compañero de fórmula para la Vicepresidencia.
Por Sergio
Muñoz Bata
Mientras que en el campo demócrata, los aspirantes a la candidatura presidencial continúan enfrascados en el “fuego amistoso”, el virtual candidato a la nominación republicana John McCain empezó el proceso de selección de su candidato por la Vicepresidencia.
Y aunque nunca se ha dado el caso de que los votantes escojan al presidente en función del vicepresidente, la selección es importante porque, según dicen los expertos en el tema, ofrece la primera muestra de la sensatez o insensatez de las decisiones del candidato, y ayuda a fijar el tono de la campaña.
En el caso de McCain, la selección del posible vicepresidente tiene gran significación dada la avanzada edad del actual senador por Arizona.
De ganar la Presidencia, McCain tendría 72 años al asumirla y, como él mismo ha dicho un poco entre bromas y veras, “los dos deberes fundamentales del vicepresidente son emitir el voto decisivo cuando hay empate en el Senado e inquirir diariamente sobre la salud del presidente, algo que en mi caso tiene especial resonancia”.
Aunque en la práctica la selección ha tenido muchas variantes, lo usual es que la nominación del candidato a la Vicepresidencia, al igual que la del aspirante a la Presidencia se haga durante la convención partidista. Y la fórmula que se ha utilizado últimamente es que el candidato propone y la convención reconfirma la selección.
Según McCain, el seleccionado será aquél que, a su juicio, “pueda tomar su lugar y comparta sus principios, valores, visión y prioridades”. Pero todo el mundo sabe que entre los criterios fundamentales para la selección, lo ideal es que el escogido compense algunas de las debilidades del candidato a la Presidencia o brinde equilibrios de tipo geográfico o ideológico a la fórmula electoral.
Dada su reputación de conservador moderado en el Senado, se especula que su compañero de fórmula debería ser un político más identificado con el ala la derecha de su partido. Y aunque se habla específicamente de alguien como el actual gobernador de Texas, Rick Perry, su problema sería que el índice de aprobación de George W. Bush, el último gobernador de ese estado que llegó a la Presidencia, está por los suelos.
También se menciona al sureño Mike Huckabee por sus ligas con la extrema derecha, pero su celo religioso y su retórica populista en temas económicos le hacen poco atractivo.
Si Barack Obama terminara siendo el candidato de los demócratas, se especula que el compañero de McCain debería ser alguien joven, como el gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford. Al igual que McCain, Sanford se ha distinguido por su constante denuncia del gasto excesivo y superfluo del Gobierno, pero no apoyó a McCain en la elección primaria en su estado.
También han sonado los nombres del general Colin Powell y de Condoleezza Rice, pero ambos han dicho que no están interesados en la oferta.
Si Hillary Clinton fuera la candidata de los demócratas, McCain podría escoger a la gobernadora de Alaska, Sarah Paulin. Su juventud, su reputación como una persona de enorme inteligencia y su altísimo grado de popularidad en su estado la hacen una buena candidata. Su problema es la falta de fogueo político y lo lejano que está Alaska del centro de la atención política.
La definición del puesto de vicepresidente establece que, además de los deberes ya citados, entre sus funciones está asesorar al presidente y asistirlo como una especie de secretario ejecutivo cuando éste quiere evitarse ir a funerales poco glamorosos o para tener a alguien que dé la cara por la Presidencia en temas controversiales. Su influencia depende de la persona y del poder que el propio gobernante le asigne.
Según John Nance Granier, uno de los tres vicepresidentes que Franklin D. Roosevelt tuvo, “el puesto no vale un balde de orina caliente”. Para otros, sin embargo la historia es totalmente diferente. Tal sería el caso, por ejemplo de Dick Cheney, cuya influencia sobre el actual presidente es mundialmente reconocida. También Al Gore le dio lustre al puesto al asesorar al presidente Bill Clinton en cuestiones del medio ambiente y en asuntos de política exterior.
El caso más extremo se dio en 1988, cuando no faltó quien asegurara que el candidato demócrata a la Vicepresidencia, el senador Lloyd Bentzen, estaba infinitamente mejor calificado que el candidato Michael Dukakis.
Lo que valdría la pena dejar bien claro es que la experiencia que se gana en el puesto es invaluable y puede ser, además, la gran plataforma para llegar a la Presidencia. De 1963 a la fecha, cuatro vicepresidentes la han ganado y tres más la buscaron, aunque la perdieron.
|