Semanario de Prensa Libre • No. 195 • 30 de marzo de 2008

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D fondo

Ojos y oídos al acecho
Orejas, espías o agentes encubiertos han desarrollado labor de espionaje a lo largo de la historia.

Por Íngrid Roldán Martínez
Foto: Carlos Sebastián y Archivo

Transcurría 1916. En Europa se libraba la Primera Guerra Mundial y se sospechaba que agentes alemanes se encontraban en América para establecer una base de apoyo al combate en submarino por Centroamérica.

Fue entonces cuando la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos reclutó a Sylvanus Morley, (1883-1948), jefe del Programa Arqueológico Carnegie, quien efectuaba trabajos de investigación arqueológica en Mesoamérica.

Amparado en su labor, recorrió más de mil millas de la costa norte del Istmo y el sur de México. Morley reclutó a otros arqueólogos, a quienes les asignó territorios específicos para ejercer una vigilancia constante.

El grupo no encontró evidencia de incursión alemana en el territorio, pero produjo unas 10 mil páginas de reportes de inteligencia que incluían datos detallados de la región.

De este caso da cuenta el libro El arqueólogo era un espía (The Archaeologist was a Spy: Sylvanus G. Morley and the Office of Naval Intelligence, 2003), de Charles Harris y Louis Saddler.

Este episodio también es comentado en el reportaje Antropología y Contrainsurgencia: La historia extraña de su relación curiosa, de
Montgomery McFate, publicado en Military Review (2005) que también se refiere a las críticas que recibió Morley en su momento.

Ambas publicaciones los califican como probablemente el mejor agente secreto de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial.

Conocer esa etapa en la vida de Morley desconcierta a más de un arqueólogo e historiador, quienes lo admiran por sus estudios de la civilización maya y prefieren destacar sus méritos e importantes aportes en el desciframiento de los jeroglíficos mayas y al descubrir muchos sitios en Yucatán, Petén y Belice.

Hizo sus principales investigaciones en Uaxactún, Copán, Chichén, Itzá, Uxmal, Piedras Negras, Yaxchilán y Quiriguá.

Dos de sus publicaciones más importantes fueron The Inscriptions of Petén y The Ancient Maya. Recibió la Orden del Quetzal en Guatemala, en 1939 y la medalla al mérito de la Sociedad de Geografía e Historia en 1942.

En 1964, el Museo de Tikal le fue dedicado, 50 años después de que visitó el sitio por primera vez.


“Orejas” o espías

La historia de Guatemala no ha sido ajena a la actividad de agentes encubiertos, principalmente durante las dictaduras.

En el gobierno de Manuel Estada Cabrera, que abarcó de 1898 a 1920, los sistemas de vigilancia de la población alcanzaron niveles elevados.

La Historia General de Guatemala registra que durante esa dictadura los policías secretos conocidos como ‘orejas’, ‘oidores’ o ‘espías’, se encontraban por todas partes. “No era fácil identificarlos, ya que no vestían uniforme, no tenían ocupación en particular, y podían ser ricos o pobres, mujeres o niños”, cita el texto. Se ubicaban en las plazas, mercados, teatros y cafés.

Muchos de ellos cumplían también funciones policíacas y hacer arrestos, provocar disturbios, matar si fuera necesario y catear casas, oficinas o fincas. Cita como funcionarios importantes de la Policía Secreta a Felipe Márquez, Manuel López (alias el Chulo), Eduardo Anguiano, Juan Viteri y un hombre conocido como el de la Perita, por el tipo de barba que usaba.

Pero no fue Estrada Cabrera quien inauguró los servicios de espionaje en Guatemala. La Historia General registra que, en algunos momentos de la Colonia, los españoles tenían informantes dentro de la población para mantenerse al tanto de lo que pensaba, comentaba y planeaba la gente.

Después de la Independencia, también se dio esta práctica. Justo Rufino Barrios se apoyó, en gran medida, en un grupo de informantes para mantenerse en el cargo.

Otro gobernante que utilizó los servicios de espías para ejercer control en la población fue Jorge Ubico. Estableció la Policía de Investigación para la vigilancia y supresión de los opositores al régimen.

La población le llamaba la Gestapo a esta institución por los temibles métodos que utilizaba; la comparaban con la Policía secreta de la Alemania nazi. Disponía de 600 agentes fijos y una extensa red de colaboradores formada por telegrafistas, empleados de Correos, choferes de taxis y autobuses, prostitutas, empleados de hoteles y comercios, oficinistas, funcionarios, ciudadanos prominentes y hasta diputados de la Asamblea. “Según parece, a finales del Gobierno de Ubico uno de cada 10 guatemaltecos actuaba como espía político de los demás, a los que se llamaba comúnmente ‘orejas’. Podría afirmarse, quizás con un poco de exageración, que allí donde se encontraban varias personas reunidas, alguna de ellas era agente secreto del gobierno”, agrega la Historia General de Guatemala.

Agentes secretos enviados por Ubico espiaban a los exiliados guatemaltecos en México e informaban con detalle acerca de las actividades de éstos.

Venidos de fuera

A mediados del siglo XX, Guatemala vivió la “Primavera Democrática”, en período recordado por los trascendentales avances para el país. El abrupto fin del gobierno de Jacobo Árbenz cambió el panorama.

La Operación PB Success (conocida como Operación Éxito), de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA, por sus siglas en inglés) para derrocar a ese gobernante marcó el inicio de un largo y tortuoso período para Guatemala. A nivel internacional ya se sentían los calores de la Guerra Fría.

El libro Operación PB Success, escrito por Nicholas Cullather después de la desclasificación de documentos de la CIA, detalla que “en método, escala y concepción no tuvo precedente y su triunfo confirmó la creencia de muchos durante la administración de Eisenhower, de que las operaciones encubiertas ofrecían un seguro y económico sustituto de la resistencia armada contra el comunismo en el Tercer Mundo”.

Parte de los datos contenidos en esa publicación registran que en 1948 los oficiales de la CIA estaban preocupados por las reformas que había impulsado el gobierno de Juan José Arévalo, principalmente en el tema laboral.

La Oficina de Coordinación de Políticas (OPC), dependencia de la CIA, incluyó a Guatemala en un programa para contrarrestar propaganda y subvenciones comunistas y recibieron la autorización para enviar un agente para inscribirse en el Instituto de Antropología e Historia, donde localizaría “personal indígena guatemalteco adecuado” para llevar a cabo proyectos creados por ellos. El texto no especifica el nombre del agente.

Para obtener información de lo que ocurría en el país, la Operación PB Success se valió de informantes dentro de las esferas del Ejército y en los campos diplomático y político.

Menciona a un agregado comercial panameño, Jorge Isaac Delgado, quien ofreció información a Árbenz sobre el movimiento para derrocarlo, dirigido por Carlos Castillo Armas con apoyo de la CIA. Su función real era de agente doble.

La Operación Éxito logró su cometido: Árbenz fue derrocado y expulsado del país. Asumió el poder Carlos Castillo Armas. “Con Castillo Armas se crea un sistema de vigilancia con asesoría directa de la CIA”, comenta el coronel retirado Mario Mérida.

En este período comenzaron a llegar a Guatemala varios antropólogos estadounidenses. La participación de algunos de ellos como posibles agentes o informantes es un secreto a voces del que nadie se atreve a hablar abiertamente ni a citar nombres.

Incluso en la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala se llegó a acuñar el término de Antropología de la Ocupación para describir la corriente que buscaba el conocimiento de la sociedad guatemalteca, particularmente rural, pero también lograr la polarización de la sociedad en dos sectores: indígenas y ladinos.

“Esta forma de antropología es entendida ‘como política de contrainsurgencia’ en tanto está ‘vinculada con un proyecto político progresista”, refiere el libro La Antropología en Guatemala (1960-1995), de Ricardo Sáenz de Tejada Rojas.

El autor habla en uno de sus capítulos del trabajo de los arqueólogos estadounidenses durante el siglo XX. Cita a Carol Smith, quien identifica tres generaciones de estos profesionales en el país, la última a partir de 1960, que corresponde a quienes estuvieron “influidos por una serie de procesos sociales que, en opinión de la autora citada, realizan otro tipo de antropología que desarrollará algún tipo de ‘compromiso’ con los pueblos en los que trabaja”.

El antropólogo guatemalteco Carlos René García Escobar también se refirió al tema en el artículo titulado Antropólogos gringos vrs antropólogos chapines (Diario La Hora, febrero de 1999). Dice: “Han sido siempre los antropólogos extranjeros los que han intervenido y penetrado en nuestras estancias para informar a sus instituciones sobre nuestro modo de vida en aras de a) obtener sus grados de Phd. en sus universidades, b) servir de agentes disimulados de información subvencionado o gratuito para las instituciones para las que trabajan y c) en su plan de turistas depredar el patrimonio cultural nacional adquiriendo por compra o por otros medios, autenticidades tradicionales materiales e inmateriales con fines personales y de lucimiento en el extranjero”.

García Escobar, en entrevista personal, se refiere también al trabajo del Instituto Lingüístico de Verano y el Cuerpo de Paz. De este último comenta: “De 1960 en adelante comenzaron a llegar enviados del Cuerpo de Paz que venían abiertamente como agentes oficiales y notorios de la penetración de las políticas de Estado de Estados Unidos en asuntos internos de Guatemala. Ambas instituciones, agrega, contrarrestaron el papel de los catequistas católicos a quienes consideraban a favor de la guerrilla.

Al calor del conflicto

Durante los 36 años que duró el conflicto armado interno, los trabajos de inteligencia fueron importantes.

Durante los gobiernos militares de la década de 1970, en pleno conflicto armado, la práctica estatal era de una organización de informantes casuales y sistemáticos a cargo de una región determinada: municipio, barrio, etc. El investigador Édgar Gutiérrez menciona el caso de Rabinal, Alta Verapaz, donde los informantes estaban asignados por cantón y por cuadra y observaban cada movimiento de la población. A finales de la década muchas personas portaban carné de comisionados aún cuando no ejercían la función y esto degeneró en impunidad y abusos.

El vocero del Ministerio de la Defensa, coronel Domínguez Estrada, es categórico al decir que el Ejército “sólo ha utilizado procedimiento establecidos por ley y que unidades como los comisionados militares o las Patrullas de Autodefensa Civil nunca tuvieron como objetivo ser entes de espionaje, sino que apoyaban para proporcionar seguridad”. Asegura que esa institución nunca utilizó agentes ocultos.

Sin embargo, los sistemas de inteligencia no les fueron ajenos. El libro Hacia un paradigma democrático del sistema de Inteligencia en Guatemala, escrito por Gutiérrez y publicado por la Fundación Myrna Mack en 1999, menciona que durante el conflicto armado interno las fuerzas armadas, como parte del entrenamiento para la unidad conocida como D2, seleccionaban a estudiantes de la Escuela Politécnica y el Instituto Adolfo V. Hall. “Sus primeras tareas consistían en espiar a sus propios compañeros y reportar a su oficial encargado”.

Esto les daba acceso a privilegios y posibilidades de ascenso en la carrera militar. El texto describe, además, cómo a finales de la década de 1970 las estrategias de inteligencia estatal se distanciaron de la política de Estados Unidos y propiciaron el desarrollo operativo autónomo. Recibieron asesoría de países como Israel, Argentina, Chile, Colombia y Taiwán.


   

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