César Augusto Hernández
Maestro de los Dedos de Oro
Aprendió a tocar piano al escuchar cómo lo hacían otros. Calcula que sabe de memoria miles de piezas.
Por Julieta Sandoval
F
otos: Carlos Sebastián

Su hogar muestra lo que César Augusto Hernández ha amado desde niño: la música. Las portadas de sus discos ocupan una pared, “y no están todas”, asegura, pues fueron 56 discos grabados, a los que considera su comunicación con el pueblo. “Antes, estaba en el anonimato porque tocaba en los hoteles, lo hacía sólo para una elite”, explica.
El piano, órgano y otros instrumentos de percusión complementan la sala continua, junto a sus principales libros escritos en Braille, que son la Biblia y el método para piano, en donde estudia tres o cuatro horas diarias, para tocar con facilidad algo de Chopin u otro de los grandes compositores a quienes admira.
A sus 62 años, en esta entrevista habla sobre cómo ha sido su vida desde el anonimato hasta el éxito y viceversa.
¿Cuándo empezó con la música?
Yo perdí la vista a los ocho años por una enfermedad. Entonces empecé a estudiar en una pequeña escuela de un seminario que tenían en la iglesia de Santo Domingo, ahí todo fue de memoria, porque no conocía el sistema Braille. Ahí también me inicié con la música, que creo que si no hubiera quedado ciego no hubiera sido músico, porque en la familia nadie lo era.
El maestro de capilla (de Santo Domingo) usaba un armonio. Cuando él se iba, yo tocaba lo que había escuchado, hasta que encontré el primer acorde, en ese entonces no sabía que así se llamaba.
Una vez, mientras el maestro daba su clase, yo me metí abajo del armonio y me quedé dormido, se fueron todos, me quedé solo. Empecé a tocarlo, entonces sentí un reflejo de luz, no la miraba, pero sí la sentía. A los padres les dio un susto, y al día siguiente el maestro me empezó a enseñar.
Después, cuando él se enfermaba, yo acompañaba en los cantos a los seminaristas, en ese entonces tenía 10 años.
Me siento favorecido con la música, que tiene un contenido espiritual. Creo que Beethoven, Bach y todos ellos fueron muy privilegiados por Dios. Ahora no es música, sino ruido, porque va en decadencia. Con ella he tenido muchas satisfacciones, pero también he superado obstáculos por la discapacidad.

¿Qué obstáculos ha superado?
En un concurso de órgano en el que participé en México, que se realizó para promover este instrumento entre la juventud, debía hacer un trozo melódico de temas que entregaron en tres categorías —fácil, medio y complicado—, pero estaba escrito en pentagrama. La maestra preguntó qué haría, y por qué enviaban a gente con discapacidad. Entonces un japonés se ofreció para leerme las notas, las cuales memoricé para pasar la prueba.
Había otra parte en donde se calificaba la digitación, qué tan rápido recorría el teclado, obtuve un segundo de ventaja sobre los demás, pues todos los días desde las cinco de la mañana practicaba, esa era mi gimnasia. Siempre oí que un pianista tiene tanta energía como un deportista. En ese concurso quedé en el cuarto lugar, en donde participaron representantes de toda Latinoamérica.
Otro obstáculo que superé fue el de continuar mis estudios. Al terminar la primaria en la Escuela de Ciegos ingresé a la Normal para cursar la secundaria, pero para ser aceptado hice un examen, el cual rechazó el Ministerio de Educación, porque estaba en Braille, y argumentaron que por eso no era válido. Tuve que repetirlo, pero debía usar una máquina de escribir, gracias a Dios que sabía mecanografía porque el director de la escuela tuvo la visión de enseñarnos.
¿Ganó el examen y siguió estudiando?
Sí, porque lo hice mecanografiado. Antes se estudiaba magisterio en seis años, después de los seis de la primaria. Pero ya no salí de maestro porque tuve necesidad de trabajar en la música, me quedé en el cuarto año. En todo ese tiempo hice mis tareas en la máquina de escribir. Creo que el sistema Braille debe ser incluido en la guía de estudio de los videntes, porque cualquiera puede perder la vista a cualquier edad. Ahora decidí estudiar música de los clásicos.
¿Por qué quiso aprender música clásica?
Antes de gustarme la música popular me gustó la clásica. Siempre estuvo en mi mente, quizá porque al maestro de capilla le gustaba mucho. Cuando íbamos a la Catedral, él tocaba ese órgano inmenso y se oía tan bien. Hasta ahora que estudié música, y tengo un libro de consultas, todo lo anterior lo aprendí a oído, nunca había tenido un profesor.
Una vez, alguien me dijo que yo le hacía hoyos al teclado para saber qué tecla tocar, como en el sistema Braille.
¿Por qué se le empezó a llamar el maestro de los dedos de oro?
Eso me lo puso Joel Villatoro, un locutor de Radio Sonora, cuando me presenté en un programa de televisión. Él dijo: “Ahora vamos a presentar a César Augusto Hernández, —y como tiene vena poética le salió— …el maestro de los dedos de oro” y así me quedó. Creo que fue a partir del cuarto disco que grabé cuando empecé a usarlo.
¿Qué le gusta más, el órgano o el piano?
Siempre he dicho que tengo dos personalidades: la del piano y la del órgano. El primero lo llevo como una forma académica, creo que es la biblia de la música, cualquier director de orquesta o maestro musical tienen que tener su base en el piano, es un instrumento que no hay que estar afinando, y todos los instrumentos se afinan con base en él, a la nota La. El segundo fue el que me metió al mundo de la discografía y me hizo popular.
Al regresar del concurso de México, aprendí técnicas que antes no se utilizaban. Eso me sirvió de base para poder grabar, porque todos tocaban al estilo de Juan Torres, quien era bueno, pero lo hacía de forma lenta. Nadie proponía la rapidez, lo que yo hice.
¿Cómo empezó a grabar discos?
Un día llegué a la casa disquera Fono Industria de Centroamérica, con un demo, o sea un casete, y pregunté si podía grabar la melodía Mi linda Kelly. El gerente me dijo que no muy les había gustado, pero creía que debía grabar porque a él sí le había gustado y por eso asumiría la responsabilidad.
Salió el primer disco, en el cual estaban las melodías Chichicastenango, Luna de Xelajú, Santa Cruz Comitancillo y otras. La primera radio que lo divulgó fue La Fabulosa, a los tres días estaba sonando en todo el cuadrante. Se empezaron a vender como pan caliente. Yo estaba asustado porque nunca había escuchado mi música en toda la radio. Hablaban de mí. Esa fue la puerta que me comunicó con el pueblo de Guatemala. Me sentí muy feliz.
Después empezó a buscarme la televisión, llegué al programa Campiña. Pero mi filosofía siempre fue de que esa fama no me mareara o embotara, porque las lisonjas hacen daño. Fue entonces cuando compré mi órgano y empecé a salir a todas partes del país. El primer lugar que visité fue Ipala, en Chiquimula. Hasta le hice una pieza, porque fue la primera actuación que di. Allí no cabía ni un alfiler. Las presentaciones eran a llenos completos y los discos, primeros lugares en las emisoras.
Una vez estaba actuando en el Parque de la Industria y había unas 25 mil personas. También actúo Fidel Funes, sucedió un medio zafarrancho, el salón tembló, me asusté y dije que ya no iba a estar en esos grandes lugares.
También me presenté en varios sitios de los Estados Unidos, como Miami, Washington y Los Ángeles. Son vivencias que quedan para eterna memoria, no tienen precio. Cuando las recuerdo a veces, no creo que las viví. Esto es la popularidad, y así como llegó también acabó. Ahora voy de salida. Pero mis 56 discos van a quedar.
Y ahora ¿qué hace?
Me presento en diferentes partes, especialmente en fiestas particulares. Pero está muy silencio el negocio, no como años atrás. La patojada ahora prefiere las discotecas. La culpa no la tienen ellos, pues no hay mucha promoción para conocer a sus artistas. Además, con la piratería ya no se puede seguir grabando; ese es un flagelo, porque los precios son unos y la piratería los da a Q5, no se gana nada.
En la actualidad, ¿hay música que usted no considera grata o rechaza?
Me da tristeza escuchar el regaetón, lo cual nunca será música, pues es mucho ruido, ahí no hay cultura. Sin embargo, en algunas oportunidades he tenido que aprenderme algunas cosas de éstas, pues los patojos me lo piden. Lo que le da el toque es la batería. Hay que adaptarse, porque de lo contrario no hay comida. Sigo adelante en lo que me gusta, aunque los tiempos ya no son los mismos.
Algo más
En sus 56 discos hay melodías de su autoría: 20 temas de música popular, 12 marchas cuaresmales y unas 10 sonatas y piezas clásicas.
En sus grabaciones lo acompañaban la percusión, la batería y las congas.
Una de sus mayores satisfacciones es haber tocado con la Orquesta Sinfónica Nacional para la inauguración del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, en 1978.
Tiene dos hijos. |