“¿Qué pasó con la línea férrea?”
Tortuoso recorrido en bus tras el robo de nuestra historia.

Por invitación de un amigo, tuve la oportunidad de conocer la aldea El Amatillo, de la cabecera de Chiquimula.
El viaje lo realizamos en bus, por lo que nos presentamos a La Terminal, a las 8.30 de la mañana, el viernes 8 de febrero.
Frente a las oficinas de los Transportes Santa Luisiana encontramos un autobús vacío. Un señor gordo, de lentes, de unos 45 años de edad, que resultó ser el piloto, nos indicó que pocos minutos antes otro bus que cubre la misma ruta había salido completamente lleno, y que el que teníamos a la vista saldría a las 9.30.
Decidimos esperar la hora que restaba porque no había otro transporte directo a Ipala donde sería nuestra parada, pues allí nos llegarían a traer para trasladarnos a nuestro destino final.
Cuando eran las 9.30, el mismo señor nos indicó que esperáramos otros minutos porque la salida sería a las 10; después, que las 10.30, y por último salimos a las 11. ¡Qué falta de seriedad!
Iniciamos el recorrido y, antes de llegar a Puerta Parada, el piloto encendió a todo volumen el equipo de sonido, con música evangélica y dos pantallas de video. Al principio fue más o menos soportable, pero después de dos horas ya era inaguantable. Estaría de acuerdo si hubiera sido una excursión con seguidores de esa religión, pero era un bus comercial, con personas de diferentes creencias que deben ser respetadas.
Por fin... con todas las incomodidades físicas (meten a tres personas en asientos de dos) y auditivas, llegamos a Ipala, donde nos esperaba un hermano de mi amigo. Al enfilar rumbo a El Amatillo, a la salida del pueblo, cruzamos a la izquierda hasta tomar un camino de terracería que me pareció curioso por la gran longitud de las rectas frente a nosotros. Me explicaron que esa era la vía del ferrocarril. La pregunta era obligada: “¿Qué pasó con la línea férrea?”
—Se robaron los rieles, los durmientes, las señales, los postes de las orillas que conducían los cables de telégrafo y todo lo metálico que conformaba la estructura de los pequeños puentes.
A plena luz del día cargaron en tráileres con todo lo que componía la línea del ferrocarril desde Zacapa hasta la estación El Manguito, frontera con El Salvador. Según parece, la mayor parte de esta depredación se encuentra en el departamento de Petén. Se ofrecían Q500 por cada riel. Pasamos delante de una finca y me señalaron: “Mire, allí hay unos rieles”. Eran la base de varias galeras de lámina.
Estoy seguro de que si hubiera dejado alguna máquina del ferrocarril también brillaría por su ausencia.
Los niños de este milenio y que habitan por esas regiones tendrán que venir al Museo del Ferrocarril para saber lo que era un tren, porque, sin duda, pronto empezará el robo de la línea férrea de Puerto Barrios.
Pedro José Guzmán
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