Recorrido de camioneta
Gente interesante, atmósfera única, experiencia diferente. El viaje en autobús ofrece aspectos cotidianos.

por Roberto villalobos
fotos: carlos Sebastián
“¡Centro, centro, Naranjo, centrooo!”, grita el ayudante de camioneta a temprana hora de la mañana, a eso de las 5.30. Una muchedumbre espera en la parada; el autobús todavía está vacío y los usuarios se percatan de eso, y todos quieren llegar a la puerta lo más pronto posible.
Entre empujones, machucones y el codo de un ejecutivo, la gente logra subir. Se paga el quetzalito, y a seguir corriendo para que no se agoten los asientos; pues si se duda por un instante, lo más seguro es que llegue una señora y se siente exactamente en donde uno pensaba. Claro que, los caballeros deben ceder el lugar a las damas. Dicen.
Con rapidez, la camioneta se llena luego de unos cinco minutos, mientras el piloto se estaciona cruzado entre dos carriles; en tanto que atrás, impacientados automovilistas le bocinan (y con razón). Lo peor de todo es que el chofer les dice “que pasen encima”, si acaso responden.
Adentro, el frío de la mañana se quita súbitamente y empieza un calor insoportable. La gente se impacienta por la espera; alguien de atrás golpea la lámina y reclama: “¡Vámonos!”, a lo que el conductor responde “mirá mijo, si no te gusta te podés bajar”. Ni modo, hay que aguantarse; sin embargo, luego el apoyo al que fue silenciado se vuelve más fuerte, y el piloto termina por ceder y arranca.
A algunos todavía se les nota la cara de que acaban de levantar de la cama: agarrados del tubo de arriba, bostezan y cierran los ojos. Duermen, recostados sobre un brazo.
Mientras tanto, señoritas se maquillan con una destreza admirable y se aplican el pintalabios, rímel y rubor. Quién sabe cómo le hacen para mantener el pulso entre tanto bache y cambios de velocidad repentinos.
También se observan señores, bien vestidos, pero además mañosos. Se acercan a la primera mujer bonita que encuentran al paso y, con hábil disimulo, la rozan. La acosada trata de empujar con su codo al libidinoso, pero éste no se aparta. Despreciable tenacidad. Mal concepto de masculinidad.
Al llegar al centro de la ciudad todos empiezan a bajar. Los que viajaban de pie, por fin tienen un lugar para descansar. Por cierto, quizás alguien, muy temprano, lustró sus zapatos, pero ahora que está sentado ve que lucen igual que ayer. El inconmensurable e insignificante absurdo de todos los días.
A las tres cuadras, alguien intenta tocar el timbre, pero éste no funciona. Prueba con otro, pero igual resultado. “¿Qué hago ahora?”, se preguntará. “¡Parada!”, dice con timidez; no le escuchan, y ya se pasó una cuadra. El semáforo está en verde y el autobús sigue su marcha. “¡Bajan!”, repite, esta vez con voz fuerte. “¡La parada era allá atrás, chavo!”, le indica el ayudante, así que el camionetero frena dos cuadras más adelante. El pobre sale del vehículo con visible enfado, y para rematar, el piloto acelera con brusquedad, y le rocía la impecable camisa blanca con el espeso humo negro.
Más tarde
Unas horas después, en el mismo autobús, a eso de las 10 de la mañana, suben los vendedores. Hay de todo.
“Oye hermano, que tengas una hermosa tarde. Sonríe, Cristo te ama. Oye amigo, salimos día a día a trabajar y esto no es fácil, pero gracias a Dios somos vendedores y no delincuentes”. El joven avanza por todo el autobús, tropezando, y entrega dulces a cada uno de los usuarios. Algunos le dicen que no, otros lo ignoran y otros los reciben con amabilidad. “El precio de los caramelos es de cuatro por Q1; si tú no cuentas con ese quetzal, entonces dame una sonrisa”, concluye.
La variedad de productos ofrecidos es extensa: chicles, cremas milagrosas, billeteras, lapiceros, libros para pintar, etc.

Algunos, con un hipnotizante poder de convencimiento, expresan acerca de su producto: “… Lo pueden encontrar en cualquier establecimiento por la cantidad de Q15, pero hoy, en labor de promoción, no estarás cancelando 15, ni Q10, sino que te lo puedes llevar por la mínima cantidad de 5 quetzalitos”. Muchos terminan por comprar.
En el trayecto suben otros. Esta vez son músicos; por lo general interpretan cánticos cristianos. Más adelante suben payasitos: como Caitío y Lunarcito. Al finalizar su presentación, dicen: “Esperamos que alguna persona con buen corazón nos obsequie una moneda; si no lleva sencillo, aceptamos tarjeta de crédito o cheques al portador, solo que no sean de Bancafé porque nos han baboseado muchas veces”.

Por la noche
Cansados, luego de un arduo día de trabajo, los usuarios llegan de nuevo a la parada de autobús. Es el mismo escenario que el de la mañana, sólo que esta vez hay más dormidos. Hay que tener especial cuidado con los dormilones, que, tratando de mantenerse despiertos, cabecean: de derecha a izquierda, o hacia delante o atrás; incluso, alguno puede quedarse recostado en nuestro hombro, y lo difícil es quitarlo con cuidado, para no espantarle el sueño.
Al menos, el paseo es más animado. La camioneta lleva estridente música del grupo Aventura, después de Bronco y un poco de reggaetón, aunque no falta un ancianito a quien le desagrada.
Las luces de adentro se apagan, y parece una disco rodante. Todos apretujados, de nuevo.
Luego de un recorrido lentísimo, por fin “la burra” llega hasta nuestro destino. Y al otro día, más sorpresas de camioneta. |