Preparación
para la
nueva vida
Los ritos funerarios varían según la religión. Éstos son algunos
de ellos.

Por ROBERTO VILLALOBOS
Pese al temor que genera en algunos y, aunque es desconocida, la muerte llega de forma inminente a todos los seres. Quienes quedan en este mundo dan el último adiós a sus muertos, y cada cual lo hace según la doctrina que profese, pero todos los funerales coinciden en un aspecto: la derrota de la muerte, pues más allá del cuerpo inmóvil, la vida continúa.
Para muestra, he aquí las creencias y rituales practicados por los budistas y por los tres credos “abrahámicos”: cristianismo, judaísmo y el Islam.
Fuentes consultadas en Guatemala: Mezquita Aldaawa Islámica, Casa Tíbet, Comunidad Judía y catholicweb.com
Sencillez en el Islam
Cuando un musulmán tiene a un familiar o amigo moribundo, se le ayuda a éste a rezar ciertos textos del Corán, para que su alma abandone con facilidad su cuerpo. En la agonía, se hace un lavado corporal y se evita que personas sin higiene estén cerca del enfermo o mujeres en su período menstrual.
Al fallecer, se practican rituales específicos. Se inicia con un lavado —Al-Ghusul—, que sirve para eliminar los pecados del cuerpo y para que el difunto se reúna con Alá en un estado de pureza. La persona que lava pronuncia: “En el nombre de Alá”, y empieza con el proceso: primero el cabello, luego la cara y barba —a los hombres—, después la parte superior —de derecha a izquierda—, y por último la parte inferior, en el mismo orden. Si es mujer, se le hacen tres trenzas en el cabello.

El rito continúa con el envoltorio del cadáver. Se usan sábanas blancas, perfumadas, llamadas kafan; tres para los hombres y cinco para las mujeres. No se les viste con ningún tipo de traje. Esta tradición dicta que el cuerpo se entierre lo antes posible —incluso en menos de 24 horas, por lo que no hay velatorio— y sin usar ataúd.
En Guatemala es obligatorio utilizar un ataúd, por lo que los fieles del Islam que viven en este país optan por usar el más sencillo posible. Por ningún motivo se permite la incineración.
El cuerpo se entierra con la cara mirando hacia la ciudad de La Meca, Arabia Saudita, y descansa sobre su costado derecho. Es indispensable que la tierra no entre en contacto con el fallecido, por lo que en ocasiones se colocan tablas de madera.
En el “otro mundo”, los ángeles, entre ellos Azraíl, ayudan al alma del fiel musulmán a salir del cuerpo, y luego vivirá por la eternidad.
Despedida peculiar
El ritual funerario budista resulta impresionante a los ojos del mundo occidental: en el Tíbet pasan tres días sin que el fallecido sea manipulado, sin habérsele cambiado de ropa y mucho menos practicársele autopsia, pues sería irrespetar el cuerpo.
Mientras yace en la cama, por ejemplo, los lamas recitan pasajes del Libro de los Muertos, que lo conducirán a su próxima vida, y se espera a que su karma madure; es decir, que se asimilen los efectos de sus acciones en vida. Se esperan esas 72 horas para que se muestren los signos de que su mente ha salido de su cuerpo: que salgan líquidos blancos o rojos por los orificios del cadáver.
Al momento del deceso, un astrólogo determina el elemento con el cual se identifica la persona: agua, tierra, fuego o aire. Si es el primero, el cuerpo es lanzado a un río o al mar, por ejemplo, como se hace en la India o Nepal; si es fuego, es incinerado; si es tierra, se le sepulta, y si es aire… recibe un “entierro celestial”.
Este último ritual consiste en descuartizar el cuerpo: los huesos son reducidos a polvo y la carne es molida; todo se mezcla con harina de cebada, llamada tsampa. La mezcla se da a los buitres, que serán los encargados de enviar el cuerpo al cielo. Los budistas creen que el cuerpo es sólo un recipiente para el alma, por lo que no ven inconveniente en destruirlo. Los familiares presencian todo el ritual, con increíble tranquilidad. Al final, aquél ser reencarna en otro cuerpo.
Las misas
Antes de la muerte de una persona, existe la posibilidad de la extremaunción, sacramento que consiste en la unción, con óleo sagrado, a cargo del sacerdote, de los fieles que se hallan en peligro inminente de morir.

La vigilia o velatorio es el rito principal que los cristianos celebran después de la muerte de uno de sus miembros. Se efectúa, por lo regular, en la funeraria, hogar o parroquia, por la tarde, antes de la Misa de Difunto. Los familiares recuerdan a la persona fallecida y rezan por la misericordia de Dios.
La celebración de la misa incluye la recepción del cuerpo, la liturgia de la palabra y la Eucaristía.
Posteriormente, tiene lugar el rito de encomendación, que es el entierro del difunto, en el que se usa un ataúd. De esta forma concluye el funeral, y se celebra con la tumba abierta.
Es costumbre que los presentes vistan de negro para todas las actividades, y es común escuchar a gente entonando cánticos de oración, para pedir por el bienestar del alma de quien ha muerto, para que, así, pueda llegar al paraíso, junto a Dios.
Con tierra judía
Si hay tiempo, el agonizante debe confesar todos sus pecados a Dios, y el rabino —jefe espiritual judío— reza para que esas faltas sean perdonadas.

Al morir una persona, se ora y se inicia con las palabras Shma Israel, Adonai Elohenu Adonai ehad (Oye Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor).
Luego se le coloca en el piso; de donde procede, y se le ponen dos velas, que representan su alma. Luego, un grupo espiritual, los Gebra Kaddisha, se encarga de purificar al fallecido, en un acto conocido como taharah. Después se le viste con un sudario de algodón o lino, llamado tajrihim.
Dentro del ataúd —si vivía en el extranjero— se le echa tierra de Israel, pues para sus fieles es muy importante descansar con ella. Un funeral judío nunca se celebra en sábado. El entierro debe ser en un lapso máximo de 24 horas, y el cuerpo debe ser colocado de tal forma que su cabeza apunte hacia el oeste, para que cuando venga su mesías pueda levantarse viendo directo hacia Israel.
Los judíos creen en la reencarnación: todo depende del dictamen del juicio que la persona enfrente ante Dios.
Los que quedan en este mundo, sin embargo, rezan tres veces al día, durante 11 meses (lo que tarda el juicio), para que el difunto regrese a este mundo o que llegue con la presencia divina. |