El magnetismo del cerro pintor
Texto y fotos: ana martínez
de zárate
Es un lugar donde personas de todas las clases sociales y de diferentes edades, los más pequeños de apenas cinco años y los más mayores de 80, se reúnen todos los domingos. El paisaje, tranquilo y bello, invita no solo a la creación, sino a la observación y al paseo. Los pájaros revolotean, las guitarras suenan, los niños ríen.
Esta situación, para algunos idílica, no es un sueño. Ocurre todos los domingos en el Cerrito del Carmen. El objetivo de esta especial reunión es pintar. Y entonces, una figura, un retrato o un paisaje, nacen. Las acuarelas y los lápices palpitan. Todos los estilos caben. Da igual. No hay límite de edad, ni siquiera de talento, ni mucho menos de dinero, ya que las clases son gratis. Sólo se requiere tener ganas de aprender a dibujar y traer sus propios materiales.

La clase de los más pequeños, impartida por Roberto Mux
Este movimiento es generado por la Escuela de Arte al Aire Libre del Cerrito del Carmen, “la cuna de los acuarelistas de Guatemala”, destaca el pintor Juan Manuel Sáenz, quien está muy emocionado por haber sido el que inauguró el espacio permanente en el que se muestran obras tanto de los maestros como de los estudiantes. Una vez al mes, la muestra estará dedicada a un solo artista.
Dentro de un tiempo será el turno de María Isabel Rosales, quien con tan solo 16 años es toda una artista experta en el retrato. Su secreto es que trata de captar la personalidad “para que el rostro tenga viveza”. No es extraño que haya sido de las primeras en conseguir vender uno de sus cuadros. Por ahora, se dedica a luchar por su sueño y a seguir formándose. Para Adán López, el director actual, músico, pintor y escultor, el fin es “que los artistas nos estimulemos”. Como media tienen unos 15 alumnos cada domingo, aunque “la cifra varía bastante de una semana a otra, sobre todo por el clima”.
Mamá,
quiero ser artista
El mismo deseo lo tienen más niños que con esmero pintan sentados en unas piedras, bajo la sombra de los árboles. Es pronto para saber si la vocación perdurará o desaparecerá dentro de unos años, pero Laura, de cinco años, parece convincente cuando asegura que “de mayor quiero ser pintora”, mientras dibuja unos árboles. Es la primera vez que viene junto con su hermana Jimena, de ocho, y les gusta tanto la experiencia que no sólo piensan volver cada domingo, sino que sueñan con dedicarse de forma profesional a este arte.
El tema de la pintura es, relativamente, libre. Siempre y cuando esté en el Cerro. El profesor de los más pequeños, Roberto Mux, colocó en el suelo y sobre una caja un jarrón, unas flores y otras dos figuritas para que los que quieran tengan un modelo para copiar y plasmar en el papel. No es el caso de Isabel, de siete años, que prefiere pintar un “señor con su guitarra”. No es fruto de su imaginación. Por allí, pululan grupos de músicos que aprenden a tocarla. Es otra rama de la propia escuela, impulsada por Adán López en 1980 y que ahora dirige Rogelio Cifuentes.
También se acercan al arte de la escultura. Byron Ramírez López, con más de 40 obras en su haber, en varias ocasiones ha dado talleres teóricos a los alumnos y los ha invitado a su estudio para enseñarles la técnica de esculpir.
Magnetismo
La Escuela fue fundada el 20 de octubre de 1971, por el artista Max Saravia Gual, el alcalde Manuel Colom Argueta y el escritor Enrique Noriega. En este lugar los artistas encontraron mucho “magnetismo” que, según Adán, se debe a la creencia maya de que en el periodo clásico (200 a 800 d. C.) el Cerro había sido una pirámide prehispánica.
Desde su nacimiento, y a pesar de épocas de bajones, siguen fieles a sus principios y no reciben ningún tipo de apoyo estatal, ya que, como dice López, “seguimos en este concepto de ayudarnos todos y nos gusta porque somos autónomos, no tenemos que rendir cuentas a nadie”. Tan sólo aceptan la colaboración de la Fundación Teoxche que aporta seguridad y que “está dejando al Cerro más bonito”.
Son buenos momentos. “El Cerro va por buen camino”, dice orgulloso Adán, encantado de haber sido elegido por sus compañeros, de nuevo, director, pues ya lo fue hace siete años.
Esta Escuela funciona gracias a la labor de los artistas. La mayoría de los profesores fueron alumnos antes. Y como lo recibieron, ahora lo dan. Con la misma generosidad. Ese es el caso de Roberto Mux, quien entró como aprendiz en 1976 y en la actualidad, además de maestro, trabaja haciendo miniaturas en Antigua.
Con seguridad, varios de los actuales discípulos -quizás Mario, que lleva tres años de sus cortos 11 yendo a la Escuela (domina las acuarelas)- continuarán la tradición y acabarán instruyendo, gratuitamente, a otra nueva generación, lo que a ellos les enseñaron por amor al arte.
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