Semanario de Prensa Libre • No. 201 • 11 de mayo de 2008

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Punto final

Podemos ser tan listos como los murciélagos
Dos ecologistas suman esfuerzos para rescatar los bosques del
Amazonas.

Por NICHOLAS D. KRISTOF

Los murciélagos vampiro están notablemente bien adaptados al bosque tropical. Salen por la noche, y usan sensores de calor para encontrar una cabra, un niño u otro mamífero, del cual se alimentan solamente después de haber determinado, a partir de su respiración, que está verdaderamente dormido.

Si la presa es un animal peludo, los murciélagos vampiro usan dientes especiales para afeitar la piel. Después, usan sus incisivos para cortar la piel casi sin dolor; su saliva impide la coagulación, mientras ellos lamen la sangre.

Así que la pregunta es ¿podemos nosotros, los seres humanos, adaptarnos de una manera tan efectiva al bosque tropical como lo han hecho los murciélagos?
Todo parece indicar que no. En lugar de vivir en armonía con el bosque tropical —o solamente de manera parasitaria como, digamos, un murciélago vampiro—, nosotros estamos destruyendo la selva en formas que contribuyen enormemente al calentamiento mundial.

En algún lugar del mundo, nosotros, los humanos, talamos un área selvática del tamaño de un campo de futbol cada segundo de cada día, al tiempo que la deforestación actual contribuye, en la misma medida, al calentamiento global, más todo el carbono emitido por Estados Unidos. Con base en un cálculo, cuatro años de deforestación tienen el mismo impacto en carbono que todos los vuelos en la historia de la aviación hasta el año 2025.

Ese es el desafío que Douglas McMeekin y Juan Kunchikuy intentan resolver. Ellos integran un inusual par: McMeekin es un empresario estadounidense, de 65 años de edad, quien llegó a Ecuador después de haber quedado en la bancarrota en Kentucky, en tanto Kunchikuy es un naturalista, de 30 años, así como guía de una tribu indígena que creció en el bosque tropical con su cerbatana, sin usar nunca calzado o ver la electricidad, sino hasta que tenía 17 años de edad.

Ellos han sumado fuerzas a fin de proteger el bosque tropical mediante trabajos con los habitantes de la región, que pretenden crear incentivos para que ellos dejen los árboles de pie, al mismo tiempo que elevan los niveles de vida locales. Las calcomanías del tipo “ Salven el Bosque Tropical” no sostienen a esas familias, mismas que perciben ingresos de tan solo US$300 anuales, aproximadamente, y ven los árboles como una forma de impulsar sus ingresos.

“La gente tiene que ganarse la vida”, expresó McMeekin. “Sin embargo, pueden talar 20 hectáreas de bosque para hacer un pastizal, o pueden percibir los mismos ingresos al cortar dos hectáreas y plantar cacao”.

Así que su organización, la Fundación Yachana, está distribuyendo plantas de semillero de cacao de alta calidad a fin de impulsar a los agricultores para que administren pequeños lotes, que dejen intacta la mayor parte de la selva. Yachana también opera una fábrica, que compra el cacao y lo convierte en chocolate, que se vende bajo pedido y envía por correo.

Yachana también promueve la planificación familiar —la reducción de presiones de la población, que conducen a la deforestación— y dirige un nuevo bachillerato particular enfocado en la educación de jóvenes provenientes de todo el Amazonas ecuatoriano. Los 120 estudiantes en esta escuela reciben una educación soberbia, al tiempo que voluntarios estadounidenses les enseñan inglés; la primera generación se graduará en julio.

Uno de los objetivos radica en crear un núcleo de líderes indígenas, que puedan representar opiniones locales en el ámbito internacional, que a un tiempo también sirvan como agentes del cambio dentro de la región. Kunchikuy, quien habla inglés con fluidez y trabaja en el consejo de la Fundación Yachana, es uno de los prototipos. Después de todo, no hay muchos integrantes del consejo que se sientan tan a sus anchas con un micrófono como con una cerbatana, ni con cicatrices de murciélagos vampiros en la nariz.

Muchos de los estudiantes trabajan medio tiempo en la “ecoposada” de la Fundación en las inmediaciones de Yachana, que tiene 18 habitaciones, que ofrecen servicio a turistas estadounidenses, y genera una parte del dinero en efectivo para cubrir los gastos de la escuela.

A medida que se camina por las sendas selváticas de esta localidad, con una serenata de pájaros y monos arriba de los árboles, o el chapoteo de las tortugas en el río, el visitante queda maravillado ante esta tierra. El Amazonas es impresionante para colocar a los seres humanos, en nuestro lugar; hasta llegar a un claro talado, el hechizo se rompe, y nos damos cuenta de que después de todo, quizá no seamos tan insignificantes.

Uno de los enfoques con miras a salvar los bosques tropicales gira en torno a pagarles a los países pobres para que los conserven. La investigación deja entrever que al pagar US$27.25 a países tropicales, por cada tonelada de carbono que dejen de emitir mediante la destrucción de bosques, el mundo podría evitarse US$85 en daños, por cada tonelada de carbono.

Sin embargo, esto no puede ser meramente transacciones con gobiernos; con demasiada frecuencia, perdemos de vista a los habitantes de los bosques. Una vez, en una remota zona de la República centroafricana, encontró equipos de voluntarios occidentales dedicados a la preservación de gorilas, pero no había voluntarios que ayudan a los pigmeos del lugar, quienes morían de malaria.

Con Yachana, esta sociedad entre un empresario estadounidense en la bancarrota y un cazador amazónico, ahora tenemos un modelo de cómo conservar el bosque al ayudar a la gente que vive en él. La conservación del bosque tropical debería ser una de las prioridades, si tuviéramos el cerebro de un murciélago.

   

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