La plenitud del amor
Mi madre amó la muerte, y eso me ha hecho
reflexionar.
La muerte de mi madre me ha servido para aceptar el final que todos tendremos algún día. Ella era diabética, vivió más de 27 años con esta enfermedad, y durante ese lapso fue testigo y ejemplo de las maravillas que obra Dios en las personas, pues como Lázaro volvió a la vida; ella no lo hizo una, sino varias veces.
En febrero del 2007, por voluntad propia, no quiso la diálisis, un medio que le pudo haber prolongado su vida terrena. Una vez le pregunté sobre su decisión y me respondió: “¿Pensá, hijo, en el don más hermoso que Dios nos dio al nacer: la muerte? ¿Qué sería de nosotros si la muerte no existiera? ¡Cómo podríamos alcanzar la dicha de la vida eterna!”
Mi madre amó la muerte y la esperó como una fuente de esperanza y salvación, porque a ella le dio una divina liberación. Mi madre hizo con la vida que le quedaba un hermoso camino a la verdadera vida.
Los cantos y lecturas para su misa de cuerpo presente fueron escogidos por ella. Cada detalle de su funeral fue a su elección; incluso la hora de su muerte y entierro ¡Dios se lo permitió! En su velación, a la cual acudieron muchas personas, a pesar de que falleció a las cinco de la mañana y la enterramos a las cinco de la tarde de ese mismo día, se hablaba de los dolores que había sufrido por sus diversas enfermedades y su aceptación a éstas, pero no, ella las amó. Se hablaba de lo buena amiga que fue y del cariño sincero que demostró siempre a familiares y vecinos; aunque no todos le respondieron de la misma manera, pero ella de cualquier manera los amó.
El día de su deceso no se podía decir “murió”. Aunque la noticia fue una sorpresa para muchos, ella no deseaba un ambiente de tristeza.
En su esquela no escribimos murió, porque el amor no muere. Se colocó: “Marta Elena González Ochaeta de Hernández vino a la tierra el 23 de septiembre de 1957 ¡Amó…! y entró en la plenitud del amor el lunes 5 de noviembre del 2007 para seguir amando eternamente”.
Morir como mi madre no me da miedo, porque, como ella dijo pocas horas antes de su deceso: “Nos veremos en el paraíso”.
Luis José Hernández González
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