Semanario de Prensa Libre • No. 203 • 25 de mayo de 2008

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D cultura

Tambor... de feria
Algunos instrumentos musicales de juguete son reproducciones
a escala y su sonoridad es buena.


por Paulo Alvarado

Uno de los atractivos para las niñas y los niños que visitan una feria —además de chucherías, golosinas, juegos mecánicos, tiro al blanco y variedad de videojuegos— es la infinidad de baratijas que se ofrecen en diversos puestos de venta. Dentro de ese cúmulo de mercaderías se cuenta una categoría peculiar: los instrumentos musicales de juguete.

Artesanías de larga estirpe, algunos de los mejores artefactos sonoros populares constituyen fiel reducción a escala del instrumento que les ha servido de modelo y, aunque posean una sonoridad mucho menor, mantienen sus características operativas.

Una diminuta marimba diatónica de octava y media, por ejemplo, no tiene por qué resultar desafinada ni sorda, si se ha seguido el patrón constructivo del original.

Aparte de eso, sirve como decoración u obsequio. Lo mismo se puede decir de ciertas flautas, de variopinta procedencia, cuya hechura es mucho más sencilla que la de una marimba, pero que producen un sonido agradable si se les construye con cuidado.

Las guitarras que se venden como recuerdo típico en un puesto de mercado, por contraste, no pasan de funcionar como adorno. A diferencia de un tambor de feria, que no tiene que dar un mi, un sol o un re, la fabricación de un instrumento de cuerda pulsada (o, más aún, de cuerda frotada, como un violín) requiere la aplicación de principios acústicos y una manufactura muy finas. De hecho, el primero, ese atabal de colores vivos, está confeccionado con un bote de leche en polvo, y eso le basta.

Fascinantes resultan los efectos que se obtienen con otro tipo de artesanía, en que la frotación de un hilo de rafia, amarrado a un palillo parcialmente cubierto de resina, se transmite a una lámina de papel tensada sobre un extremo de un tubo de cartón, que actúa como resonador, el llamado ronrón. O los que se consiguen con el “chajalele”, un pequeño disco perforado y atravesado por un par de cuerdas.

Sometido a rotación, cuando las cuerdas se estiran y encogen produce un silbido y entretienen a los chiquillos durante un buen rato, mientras que aprenden a jugar con él.

Un tercer juguete que suena cuando se le hace rotar es el tamborcillo, del que cuelgan un par de cuerdas rematadas con cuentas de cera. Típico de las ferias, sigue siendo producto de artesanía el espantasuegras, un tubo provisto de una lengüeta en un extremo y una vejiga en el otro. Inflada la vejiga, no suena sino hasta que se destapa la punta y se libera el aire, para causar un sonido chillón, a fin de espantar... a dicha señora.

En otra versión, el espantasuegras consiste en una vainilla enrollada de papel que se extiende al soplar por la lengüeta. Suele incluirse entre los numerosos artículos que venden las piñaterías para completar las sorpresas que se entregan a los asistentes en las fiestas de cumpleaños, evocativas de antaño.

Muchos otros son miniaturas plásticas made in China, de útiles sonoros como castañuelas, manitas, clackers, matraquitas, flautitas de pan, silbatos de guardia, megáfonos y sirenas, que se soplan, en forma de boca.

Una pandereta de juguete ejemplifica ese proceso de transmutación del instrumento tradicional, en el que originalmente se conjugan tres materiales de índole muy distinta: la membrana de piel (animal), el bastidor de madera (vegetal) y los cascabeles de lata (mineral).

En manos de un percusionista diestro, las variaciones por temperatura y humedad, a las que están sujetos los materiales naturales, agregado a la sonoridad del metal, le permiten posibilidades musicales que van más allá de lo obvio a primera vista en un instrumento en apariencia simple. En cambio, la expresividad se limnita en extremo en el pequeño tamborín de feria, fabricado en serie, hecho de puro plástico.

Por supuesto, la lista se prolonga indefinidamente con cosas que
pueden adquirirse en ventas no especializadas. Algunas tienen calidad suficiente para que las utilicen músicos profesionales, ya sean quenas, chirimías, ocarinas, zampoñas, caracoles marinos, pajaritos de barro y gorgoritos de agua; o como el tun, la tortuga, los chinchines, la matraca, el palo de lluvia, el xate, las pezuñas, la quijada de burro; más una interminable cantidad de campanillas, sapitos, violincillos, arpitas, trompetillas.

Dónde y cuánto

  • Tanto en la provincia como en la capital, las ferias donde se venden útiles sonoros y juguetes musicales dependen de las fechas en que se celebran las fiestas patronales.
  • En Ciudad de Guatemala se pueden encontrar en el Mercado Central, en las ventas de piñatas cercanas al Parque Colón y en el Mercado de Artesanías.
  • Según sus dimensiones y grado de elaboración, un tamborcito, una guitarra o una marimbita de artesanía cuestan entre Q20 y Q150. La docena de juguetes plásticos oscila entre Q15 y Q18.
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