Obamanía: imágenes y percepciones
Barack, el encantador de masas, no se podrá dar el lujo que tuvieron otros presidentes electos de tener una transición parsimoniosa.
POR ricardo trotti
La impresionante victoria de Barack Obama, este 4 de noviembre, es histórica en muchos sentidos, no solo porque ganó en Estados Unidos, sino en el mundo entero. Rompió paradigmas y estereotipos. Impuso récords y superó pronósticos.
El senador por Illinois ha merecido adhesiones de gobernantes con ideologías de A hasta la Z y ha cosechado simpatías de las masas que lo vitorearon y celebraron en la Kenia de su abuela paterna, y en pueblitos de China, Japón, Líbano, Brasil o México.
No hubo portada de diario ni editorial, ni sitio de Internet, ni cadena de televisión en cada continente que se haya resistido a la “obamanía”. En gran medida, la buena imagen creada del presidente electo ha servido para profundizar y castigar la percepción negativa y decadente de George Bush.
Obama se ha transformado en una marca. La fuerza de sus palabras lo han convertido en un natural encantador de masas. La proyección de una personalidad equilibrada, sobria e inteligente, y el apoyo de un aparato propagandístico soberbio, lo transformaron en un icono casi a la altura de lo que representan Juan Pablo II o Lady Di, aunque con la particularidad sorprendente de que aún no ha hecho mucho en su corta carrera, ya que solo ganó procesos electorales y aún restan tres meses para su primera orden ejecutiva.
La potencia y atracción que genera la imagen de Obama en el mundo no es por lo que hizo o creó, sino por la expectativa de lo que hará. En el exterior, su elección despierta la esperanza de que Estados Unidos reformará su liderazgo, borrando estos años en que se tejieron dos guerras y una crisis financiera con devastador efecto dominó. En lo interno, la expectación es restablecer el crédito, crear empleos, impedir que la recesión sea profunda y fortalecer la seguridad ante el terrorismo.
No se puede negar la inteligencia de Obama y la de su equipo para crear su aureola. Fue exitoso en desafiar al establishment de Washington, y alimentó su campaña con promesas tangibles. Pero su virtud mayor fue la forma de hacer política, modificándola totalmente en el proceso. Si bien se benefició del apoyo de la prensa tradicional, utilizó con éxito las nuevas tecnologías para encandilar a jóvenes que lo vieron por YouTube, lo leyeron en sus celulares por medio de mensajes de texto, chatearon con él en Facebook y lo inundaron de donaciones de entre US$5 y US$10 cada una, con lo que desplegó la campaña política más costosa y efectiva de la era moderna, permitiéndole derribar rivales de talla como Hillary Clinton y John McCain.
Más allá de la creación de la imagen, gracias a su natural condición étnica —no por los hechos, ya que lo había desafiado Jesse Jackson por su indiferencia a enarbolar los principios del movimiento de los derechos civiles de la década de 1960, y fue manchado por el racista pastor Jeremiah Wright—, Obama encarna la esperanza para morigerar el racismo y la discriminación de las minorías, y da así continuidad a las luchas que eternizaron Martin Luther King, Malcolm X, Rosa Parks y el mismo Jackson, personajes a los que incluso ya sobrepasó en notoriedad y popularidad.
Los desafíos para Obama son grandes y no solo están basados en la realidad de una crisis económica e internacional apremiante. No se podrá dar el lujo que tuvieron otros presidentes electos de tener una transición parsimoniosa. La reacción de los mercados en estos primeros días demuestra que, aunque las imágenes pueden ser positivas y reflejar optimismo, todo se mueve de acuerdo con las percepciones y, en este caso, con la perspectiva de cambio, principal lema de su campaña. En una época perturbadoramente acelerada, se pretenden cambios repentinos.
Obama lleva un lastre muy pesado, porque más allá de la realidad que tiene que afrontar, su imagen se ha sobredimensionado casi hasta una idolatría mesiánica e irreal. Como cualquier producto del márquetin, el éxito y la lealtad a la marca dependerán de cómo podrá satisfacer las expectativas creadas.
Lo importante, sin embargo, es que la “obamanía” mundial representa un voto de confianza para él y para el país, y existe la esperanza de que el cambio se proyecte más allá de las fronteras.
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