Semanario de Prensa Libre • No. 228 • 16 de Noviembre de 2008

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En primera persona

“Caldo de zapato”
Nunca olvidaré a mi querida madre.

Imagen
Foto Eri Jordan

Hace varios años, cuando los deseos de los niños no podían cumplirse, por la pobreza en que se vivía, teníamos que comer —por obligación— lo que nuestros padres nos ponían en la mesa; por qué no decirlo, lo que conseguía con tanto esfuerzo nuestra madre, una excelente mujer que se sacrificó por criar una retahíla de patojos, más de seis niños y niñas, que ahora somos hombres y mujeres de bien, trabajadores.
Siempre inventaba nombres de platos, que, por cierto, tenían sabores tan especiales que cualquier chef se sentiría orgulloso de la exquisitez de los mismos. Entre ellos, recuerdo uno que no se me olvida, porque realmente es muy sabroso, el caldillo, que inmediatamente bauticé como “caldo de zapato”. En ese entonces, tenía 5 años posiblemente, era 1958. Mi mamá, que se llamaba Águeda de Jesús Jordán Cruz, se rió por mi ocurrencia y me dijo: “Mijo, de dónde te sacaste el nombre”; “Pura imaginación, mamá”, respondí.
Lo que quiero decirles es que ese nombre quedó en mi mente para la posteridad, ahora quiero compartirlo con ustedes. Quizá en la gastronomía guatemalteca y en otros lugares de mi hermosos país se deguste ese plato, que es tan sencillo y muy sabroso; la receta es ésta. Ingredientes: una libra de carne seca de res, tres huevos, tomate, cebolla, chile dulce, tomillo, laurel, pimienta, ajo, chiles picantes enteros (chile blanco) y sal al gusto.
Preparación. Asar la carne, luego machacarla y deshilacharla. Freír con un poquito de aceite, agregar el tomate, cebolla y chile dulce, en pedazos pequeños. Al estar sofrito, añadir sal y los huevos. Mezclar y añadir agua hasta cubrir la carne; agregar pimienta, laurel y tomillo. Al hervir, echar los chiles picantes y colocarlos enteros. Deje que se cueza durante 10 minutos.
En aquella época, era una plato que abundaba para servirlo en una mesa, especialmente si uno era pobre. Jamás dejé de llamarle “caldo de zapato”. Mi madre le enseñó a mi esposa, Gladis, a cocinarlo.
Mi mayor deseo es que no olvidemos la preparación del exquisito plato que nos enseñó nuestra bella madre, y que todos nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos recuerden a su bisabuela durante muchos años. Probablemente, algún lector pensará: “Pero eso también lo hace mi mamá, mi abuela y mi tía”... Que bueno. Esa es la manera en que estamos todos interconectados con esos tiempos, en los que no se conocía mucho de nuestra geografía, mucho menos que existían otras culturas y otras personas. Especialmente cuando yo era un niño y mi mundo era únicamente el patio de mi casa y hasta donde mis ojos alcanzaban a ver.

(JS)

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