Semanario de Prensa Libre • No. 228 • 16 de Noviembre de 2008

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D viaje

El jardin del caribe milenario
En el Parque Nacional del Este (República Dominicana), el legado natural y cultural parece retener el tiempo.

Texto y fotos: SEbastien Perrot-Minnot

La República Dominicana, que comparte con Haití la Isla Española, en la Antillas Mayores, ofrece al ojo sorprendentes contrastes. Mientras el corazón histórico de Santo Domingo, admirablemente valorado, invita a la dolce vita, en otras partes, se observa una frenética actividad constructiva que da lugar a un sinnúmero de enormes complejos hoteleros y condominios. Al extremo oriental del país, en la zona conocida como Punta Cana, se pueden recorrer kilómetros sin acceder a las paradisiacas playas, al menos de ser huésped de alguno de los hoteles del litoral. Pero otros lugares de la costa este presentan un aspecto diferente.

Una guía turística publicada en 1997, y siempre a la venta en la República Dominicana, promete “días tranquilos” al visitante que quiera pasar un tiempo en el pueblo de Bayahíbe. En la actualidad, aunque este pueblo conserva un innegable encanto; la tranquilidad se ha vuelto muy relativa: a diario llegan más de un docena de autobuses de turismo, el pequeño puerto se llenó de lanchas que ofrecen viajes, las playas se cubrieron de sillas largas y florecieron las tiendas de recuerdos.
A menos de dos kilómetros al sureste de Bayahíbe, entramos al curioso Domínicus, que aparece como una colonia europea, más precisamente italiana. Este lugar de hoteles, comercios y residenciales cuenta también con un famoso casino. Desde la maravillosa playa de arena blanca de Domínicus se puede percibir, un poco más al sur, un paisaje que casi parece improbable: interminables extensiones verdes. Es el territorio del Parque Nacional del Este, un joyero del patrimonio, cuyos senderos nos encaminan a través del Caribe milenario y silencioso.

A 45 minutos a pie de Domínicus, llegamos a la caseta de Guaraguao, ocupada por dos empleados del Parque. Allí, varios rótulos nos presentan las características del área, sus riquezas naturales y culturales, y las actividades terrestres y náuticas (caminatas, campeo, visitas de cuevas con restos arqueológicos, baño, buceo, etc.) que se pueden efectuar, las cuales excluyen, afortunadamente, el uso de vehículos motorizados.
El Parque Nacional del Este tiene una superficie de 430 km cuadrados; ocupa una península y la isla Saona. Sus paisajes muestran manglares, cocotales, matorrales, bosque semi-húmedo y sabana. La diversidad natural se puede apreciar en un recorrido, de una hora, que suelen recomendar los guías; va de la caseta de Guaraguao hasta la Cueva del Puente, que encierra intrigantes representaciones rupestres de la época precolombina.

Guaraguao está a la orilla del mar Caribe. En esta zona se extiende, hasta donde alcanza la vista, una playa desierta encima de la cual se agachan indolentemente las palmeras. Un cuadro que no debe ser muy diferente al que divisó Cristóbal Colón cuando navegó por esta costa, en septiembre de 1494. Desde la playa, se entra a un bosque bajo, denso e infestado de voraces zancudos, pero los mismos casi desaparecen cuando empieza una leve pendiente. Aquí, un grupo de orgullosos y solemnes cactos dan la impresión de que anuncian la entrada a otro reino natural. Se nota, en el camino, una discreta pero abundante fauna, por lo cual ésta reserva de vida salvaje es la más importante de la República Dominicana. Las aves —de las que se han contabilizado 112 especies—, las serpientes y los mamíferos —que incluyen delfines y manatíes— no parecen preocuparse mucho de los atrevidos humanos que atraviesan su territorio. En estas inmensidades naturales, el visitante disfruta de una “soledad encantada”, al igual que El Robinson Suizo, novela de Johann Wyss (1812), en su idílica isla.
El sendero que seguimos desde Guaraguao deja ver un suelo rocoso y calcáreo perforado por una multitud de pequeños agujeros, creados por las infiltraciones de agua. Esto augura de la presencia, en el parque, de profundas cuevas, entre las que la Cueva del Puente ocupa un lugar destacado.

La visita de este oscuro espacio subterráneo, de una longitud de unos 500 m, hace necesario el uso de un foco. La fresca cueva, cuyo silencio solo es perturbado esporádicamente por el vuelo de los murciélagos, posee incontables estalactitas y estalagmitas. Todo recuerda algún antiguo santuario caído en el olvido. De hecho, las pinturas y los petrograbados, que muestran a enigmáticos personajes estilizados, indican que la cueva tenía una dimensión mítica para los pobladores prehispánicos (se pide no sacar fotos de las pinturas, las cuales se dañan con el flash).

El arte rupestre, que se manifiesta bajo la forma de pinturas o grabados plasmados en la roca natural, constituye un notable aspecto del legado precolombino caribeño. Aunque el significado y la datación de las representaciones permanezcan a menudo inciertos, se sabe que esta forma de expresión —que delata una relación particular entre el hombre y el medio ambiente— se perpetuó durante siglos, hasta la llegada de los conquistadores europeos. En el museo arqueológico de Fort-de-France, en la isla francesa de la Martinica, se presentan moldes de petrograbados de varias islas del Caribe (incluso, de la República Dominicana). El arte rupestre tiene, en toda la región, un considerable impacto cultural y turístico, y existe el proyecto de proponer una nominación transnacional del arte rupestre caribeño en la lista del patrimonio mundial a la Unesco.

Las modernas pinturas que se venden hoy a los turistas, en la República Dominicana, reproducen algunos de los motivos trazados, hace siglos, en la roca y las cuevas. En Domínicus, Bayahíbe, Punta Cana, Santo Domingo o cualquier otra ciudad del país, estos motivos aún evocan el resplandor del legado precolombino y la fascinación de las antiguas culturas caribeñas ante las creaciones de la naturaleza.

Cómo llegar

  • El Parque Nacional del Este está al sureste de la República Dominicana, en la provincia La Altagracia, a 125 km (dos horas en microbús) de Santo Domingo.
  • El Parque tiene una extensión de 430 km2, e incluye la isla Saona.
  • El costo de la entrada es de US$10; se recomienda comprar sus boletos en los distritos municipales Bayahíbe o Boca de Yuma.

   

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