El enviado de Dios
Kapuscinski ha sido considerado el mejor periodista del siglo XX.
por ana martÍnez de zaratÉ
fotos: archivo
Así era como llamaban a Ryszard Kapuscinski: el mejor periodista del pasado siglo. El enviado de Dios fue uno de los apodos que tenía, en concreto se lo atribuyó el escritor inglés John Le Carré, quien como la mayoría de las personas que lo conocieron destacan del polaco su bondad. En una época en la que esta cualidad está denostada, él tenía claro que para ser un buen periodista se debía ser, antes que nada, “una buena persona”. En una época en la que el titular de la noticia sería que todavía hay buenas personas que son periodistas, es muy reconfortante leerlo. Porque a pesar de haber presenciado doce guerras —la primera a la edad de siete años en su Polonia natal—, 27 revoluciones y ser cuatro veces condenado a muerte, él siempre creyó en ellos, en nosotros, en él, en el ser humano con mayúsculas. Y así hasta el final de sus días, cuando lo que no pudo ningún hombre, ninguna bomba, ningún soldado loco, ni la malaria que sufrió en África, lo pudo un maldito cáncer.
Su objetivo fue siempre “cruzar la frontera”, pero no solo la geográfica, también atravesar las “barreras del idioma, de las creencias, de los sentimientos y las psicológicas”, decía en una entrevista con motivo del reconocimiento Honoris Causa de la Universidad Ramón Llull en Barcelona, con una voz suave, tranquila y en un español casi perfecto, pero que a pesar de dominar siete idiomas, le delataba como originario de Europa del este.
Este pequeño deseo, cruzar la frontera, lo expresó en 1955, con apenas 23 años de edad, en la redacción del periódico donde trabajaba, Estandarte de la Juventud. Entonces solo pensaba en Checoslovaquia. “Cruzarla y volverme enseguida”, reconoce en su libro Viajes con Heródoto. Lo importante no era el fin, “sino el mero acto, casi místico y trascendental de cruzar la frontera”. Sin embargo, su redactora jefe, Irina Tarlowska, un año más tarde decidió mandarlo a la India. Y hacia allí partió un asustado Kapuscinski sin saber nada de ese país y sin conocer siquiera el idioma inglés. Pero no se fue solo, Irina le había regalado Historias del considerado primer historiador del mundo, Heródoto. Fue a partir de este libro, con el que llegó a tener una relación de amistad, y de este viaje cuando Kapuscinski encontró el sentido de la vida y de su oficio. En realidad, su vida era el periodismo. Una forma de existencia poco convencional, pero en la que poco podía hacer contra la enorme curiosidad por conocer, por intentar interactuar y entender al otro, y en consecuencia al universo. Una actitud que impregnaba todo lo que hacía, desde una mera conversación hasta cada libro, reportaje, poema o fotografía que efectuaba.
El tema que más le interesó fue el tercer mundo y su proceso de descolonización. Por eso, si a algún continente está ligado Kapuscinski es África. O mejor dicho, a los “continentes” de África, pues, como escribió en uno de sus mejores libros, Ébano, la complejidad africana no se puede simplificar bajo una denominación tan sencilla. Porque nunca se quedó con lo fácil. Siempre buscó las explicaciones. “Para escribir una página debemos haber leído cien”, sostenía en Los cinco sentidos del periodista. Por eso, no le gustaba la mayoría del periodismo actual, al que calificaba como superficial y comercial. Tampoco estaba de acuerdo en cómo los medios habían creado un mundo que distaba mucho de la realidad: “nos muestran un mundo atrapado por la política”, sin embargo, según él, “para entender a la sociedad es preferible entrar a un museo que hablar con cien políticos”.
Debido a los pocos fondos económicos de la Agencia Nacional Polaca, donde trabajó dos décadas hasta 1981, en coberturas sobre todo de África, Kapuscinski se vio obligado a laborar de forma muy diferente a la del resto de sus compañeros. Esta carencia de recursos le permitió alojarse con familias en sus poblados, en sus pobres casas, donde, en ocasiones, no había ni luz eléctrica. Comía y bebía lo mismo que ellos, hasta llegar a identificarse con sus problemas y hacerlos suyos. Entonces se convertía en su portavoz. El polaco siempre tuvo claro que el deber de los periodistas es “meterse adentro”, pensaba. E implicarse: “Para mí, una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir los dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue”, expresó en uno de sus numerosos talleres que impartió.
Incluso, a la hora de cubrir las guerras hay que “escoger bando”, ya que, según él, es “cuestión de vida o muerte”, asegura en El Mundo de hoy, pero sin “caer en la ceguera y el fanatismo”, escribe en su lenguaje característico: sencillo y preciso, evitando caer en la “incontinencia verbal” que tanto odiaba. Muchos le consideran creador de un género literario nuevo, difícil de clasificar, pero que él definía como “ensayización” del reportaje.
El periodismo implica también muchos sacrificios. Hay que ser conscientes del riesgo que se corre, dice Kapu —como le llamaban sus amigos— “porque a veces esta profesión es extremadamente peligrosa y desgasta tanto que puede llegar a hacer auténticos estragos en la persona que la ejerce”. Pero los sacrificios también salpicaron a su familia, porque él siempre se negó a viajar acompañado. Se desconectaba tanto del mundo exterior que permaneció sin comunicarse más de 50 meses con su esposa, una pediatra, quien con una paciencia infinita siempre lo esperó en Varsovia. “No le escribo cartas ni la llamo por teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puedes estar pensando en tu familia”, dijo en una entrevista al periódico mexicano La Nación.
También estuvo presente en Latinoamérica. Fue corresponsal de la región durante cuatro años y cubrió el conflicto entre Honduras y El Salvador que posteriormente plasmó en su libro La guerra del fútbol. También escribió Cristo con un fusil al hombro, no traducido a otras lenguas, pero en donde muestra los conflictos armados de Iberoamérica y también de este país. “En unas condiciones como las de Guatemala (durante la guerra fría), toda discusión acerca de la legitimidad o ilegitimidad de los métodos del llamado terror individual carece de sentido, porque en aquel país es el único método de lucha posible, más aún, es la única forma de autodefensa”.
Aún cuando Gabriel García Márquez lo llamaba “maestro”, él no quería ser considerado ningún erudito o experto, pues otra de las características que indicaba para poder desempeñar este oficio era la humildad. Él, sin duda, la tenía. A pesar de haber sonado como candidato al premio Nobel y de los innumerables reconocimientos que obtuvo, quería que se le reconociera como un simple periodista. Aún así aguantaba estoicas preguntas, como si él tuviera la clave para entender absolutamente todo, y de nuevo daba, otra lección magistral cuando respondía: “Nuestra imaginación no está preparada para vivir en este mundo, tenemos que cambiar nuestra imaginación para poder entenderlo”. A veces, tampoco entendía y no le importaba aceptarlo.
Lo que él hizo con Heródoto, todo buen periodista tiene que hacer lo mismo con él, es decir, tenerlo como referente. Viajar con él. Pero, no solo para los reporteros. A todo el mundo, y sobre todo a los políticos, les viene muy bien recordar que lo más importante es el ser humano, el otro, y que estamos condenados a entendernos. Que esa es la riqueza que tiene el hombre. Porque, a menudo, esto se olvida. Y ya no está Kapuscinski en persona, pero tenemos su enorme y valioso legado, sus 21 libros, no todos, desgraciadamente, traducidos al castellano.
- Nació en 1932 en Pinsk, hoy Bielorrusia.
- Tuvo una infancia y adolescencia muy pobre, marcada por la Segunda Guerra Mundial.
- Estudió Historia en la Universidad de Varsovia, a pesar de que su deseo hubiera sido estudiar Filosofía.
- A partir de la década de 1980 comenzó a colaborar en medios internacionales como Time, The New York Times y Frankfurter Allgemeine Zeitung.
- Entre sus libros traducidos al español destacan El Emperador, El Sha, El Imperio, Ébano, Lapidarium IV, La guerra del fútbol, Los cínicos no sirven para este oficio, Un día más con vida, El mundo de Hoy y Viajes con Heródoto.
- Participó como profesor en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada en 1994 por Gabriel García Márquez. Sus reflexiones están reunidas en el libro Los cinco sentidos del periodista.
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