De difuntos y placeres
Para quienes creen en Cristo, la muerte es ganancia. Para aquellos que no, todo termina; pero tanto para los que esperan vivir en el Paraíso o para los que la existencia simplemente llegó a su fin, su última morada en la Tierra estará, por lo general, en un cementerio.
Allí, en el último condominio, las clases sociales también se hacen notar, pero solo para los vivos, porque para los que descansan en paz, un nicho es igual a un mausoleo y una flor de papel no se diferencia de un estrafalario buqué. Es por eso que a la hora del festín (1 y 2 de noviembre) todos, ricos y pobres, vienen del más allá para visitar a sus familiares. Se podrán enterar de lo sucedido en el último año, serán convidados con fiambre y mucho licor, pero por sobre todo, se reirán, al lado de los vivos, de los chistes que, sin duda, se contarán durante toda la jornada.
En un país convulso como el nuestro, que vive tiempos trágicos y violentos, el pueblo aún se mofa de la muerte. El Día de los Muertos, de origen incierto, representa en muchos lugares un importante sincretismo religioso, que aúna los ritos prehispánicos con las costumbres católicas, lo que dice mucho de la personalidad del guatemalteco que festeja con llantos y entierra con chistes.
Es en estas fechas, los únicos días del año, que las necrópolis no se visualizan como terrenos fríos y lúgubres; todo lo contrario, los vendedores ambulantes encuentran un espacio para su comercio, mientras los visitantes adornan a los condóminos y el dios Baco se regocija. Con tantos placeres, habrá quienes crean que ciertas ánimas deambulan en el lugar y, una que otra vez, asustan a un tímido parroquiano. Para constatar tales historias, el periodista Roberto Villalobos estuvo en algunos cementerios del país, pero durante su recorrido, ningún difunto se hizo presente. No obstante, los cuidadores relataron sus cuentos, de esos de ultratumba. Algunos de éstos forman parte del reportaje D fondo de esta edición.
Viviana ruiz
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