Corredores de la muerte
Por ahí, en los cementerios, se pasean los difuntos, y los vivos los
recordamos con comida, licor y rezos. Sobretodo, con licor.

por roberto villalobos
fotos: carlos sebastian
Está tan oscuro que apenas se pueden ver las calles de asfalto del Cementerio General, en el centro de la capital. Un guardia nos abre los altos portones de aquel lugar, un viernes, a las 23 horas. Acto seguido, nos toman los datos de identificación (a los dos reporteros y al fotógrafo), por si nos perdemos en el aterrador sitio. “Cigarros, por favor. Si nos dan cigarros, los acompañamos a dar una vuelta, de lo contrario, vayan ustedes solos”, nos dicen, amablemente, varios centinelas.
El aire sopla fuerte, la lluvia es fina y las nubes apenas dejan pasar la luz de la Luna. De inmediato, los guardianes empiezan a fumar, y nos presentan el hogar de los muertos.
Sala de autopsias
Todos los difuntos están cubiertos de pies a cabeza con una sábana blanca, en la morgue del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif), a un costado del Cementerio General.
Degollados, tiroteados, atropellados, intoxicados o muertos por causa natural. Aquí están todos los cadáveres, en espera de su turno para que por fin el forense confirme que, en efecto, han fallecido. Para los familiares que quedan en este mundo, claro, la espera —que tarda varias horas— es tediosa y dolorosa.
Las almas de otros cuerpos, sin embargo, permanecen algunos días con el deseo de que alguien los recuerde y les dé sepultura. No sucede, por lo que se etiquetan como “XX” (no identificado), y se les entierra en silencio. Incluso, Lucas Ramírez, cuidador del cementerio de la cabecera de Zacapa, dice que “no se les entierra muy bien que digamos”.
Llegar a la morgue, ahora, es obligatorio. Antes de la Conquista, simplemente se enterraban a los difuntos en las cercanías de la casa, y el cuerpo se colocaba en ollas de barro, no en una caja. En otras ocasiones se les envolvía en un sencillo petate. Muchos años antes, durante el apogeo del reino maya, al difunto se le depositaban ornamentos de concha de mar, objetos de jade, collares de hueso, astas de venado, carbón y madera.
Con los españoles, vinieron nuevas costumbres: eso de los cementerios es una tradición del Viejo Continente.
Viaje al más allá
Hay una tradición en la provincia en la que cada vez que nace alguien hay una gran celebración. El cordón umbilical se entierra junto con algunos cabellos, rodeado de frescas flores y el fuego de candelas. Familiares y amigos se reunen y beben licor hasta caer al suelo; pues eso es un buen augurio para el niño. Así se hace en pueblos como San Pablo Rabinal, Baja Verapaz, aunque su práctica es cada vez menor.
En cambio, cuando alguien está a punto de morir, se manda a llamar a un chamán, para que rece por su alma. Miembros de la cofradía se presentan con candelas y acompañados de una marimba; el Baile del Torito se practica hasta una veintena de veces alrededor del desahuciado.
Al morir, los deudos arreglan un altar con la comida que más le gustaba, para que la disfrute en el más allá. Se le viste con sus mejores ropas y se le ponen sus caites. Dentro del ataúd, algunos centavitos, candelas y medallas benditas; también un plato, taza, cuchillo, tenedor y cuchara. Otros, como en Cajolá (municipio mam de Quetzaltenango), acostumbran a colocarle el machete, hacha y mecapal a los hombres; en cambio, si son mujeres, hilo y agujas. Si no lo hacen, el alma regresará para avisar que le faltan sus herramientas. De esa cuenta, aparecen los espantos.
Asimismo, ciertos familiares piden que se les corten las uñas, pues creen que bajo ellas está el maligno.
Los llantos y gritos son normales durante un funeral. En la provincia, algunas veces, se ofrece licor a los asistentes para que encuentren consuelo. Por eso, al entierro, hombres y mujeres llegan ebrios.
En el último adiós, se reza para que parientes ya fallecidos conduzcan al nuevo espíritu hasta el más allá. Según la creencia, si esto no se hace, el alma deambulará perdida en el reino de los vivos.
La señal.
La lluvia arrecia por momentos en el Cementerio General. La piel se eriza, no por frío, sino por el miedo que se experimenta al observar los miles de mausoleos y nichos. Flores, cruces, imágenes de ángeles que parecen que voltean a ver. Allí descansan los restos de Miguel García Granados, Justo Rufino Barrios, Raúl Aguilar Batres o Mario Monteforte Toledo; en una sencilla tumba, el novelista José Milla y Vidaurre. Otra celebridad es Ignacio Zamora, el primer difunto enterrado en el lugar, el 1 de julio de 1881. Tenía 38 años de edad y era originario de Sololá.
Mientras contemplamos el lúgubre sitio, el guardia Víctor Aguilar empieza a contar historias, pero confiesa que nunca ha visto ni escuchado nada, en sus 20 años de laborar allí. Sin embargo, sabe de algunos que comentan sus experiencias: perros que desaparecen de un momento a otro, de un taxista que falleció al enterarse de que una señora que lo abordó estaba muerta; niños que corren y que desaparecen, o de mapaches que parecía que conversaban con la voz de dos mujeres.
Los cementerios también son refugio para ladrones e “inmorales”. Para unos aterrador, para otros excitante. Se afirma que muchos hombres llevan allí a sus mujeres para tener relaciones sexuales. Aguilar dice que en el General ya no sucede. Quién sabe, pero en cementerios como el de la cabecera zacapaneca pasa. “Esto ya lo agarraron de prostíbulo”, comenta Obed López, uno de los cuidadores.
Son las 12 de la noche, el umbral entre un día y otro, cuando se supone que asustan. Silencio completo; los difuntos no tienen ganas de presentarse. Al estar a solas, el golpeteo de las gotas de lluvia contra el metal aceleran el corazón. Pero nada.
Llegamos al otro extremo del cementerio, y todo normal. Al regresar, por fin, aparece una señal: de un árbol sin hojas, sale volando un zopilote y tira su excremento. Las ánimas no dieron ninguna bienvenida, pero sí despedida. Aquella cosa blanca y de mal olor cae en la cabeza del reportero Alfredo Vicente, quien maldice al ave. Una broma de mal gusto, sin duda. A partir de entonces, como a la una de la madrugada, cesa la lluvia.
El cementerio muerto
A la entrada del cementerio de la cabecera de Zacapa nos recibe el administrador. El hombre canoso y añejas arrugas, advierte con su voz profunda: “Yo no sé nada”. Mal carácter, pero hay que recordar que es el administrador de la morada de los muertos.
Es un día atípico de oriente, pues la lluvia se torna fuerte por momentos. En el cementerio hay varios cuidadores que comentan de lo que han visto o escuchado, como “muertos” que gritan con desesperación para que los saquen de donde están o de sombras que vuelan y desaparecen con rapidez.
Algunos mausoleos están bien cuidados, principalmente los de la entrada. Los nichos del fondo se derrumban; algunos dejan a la vista los huesos.
El camino es de tierra; fangoso cuando llueve. En el cementerio, palos de morros, unos árboles sembrados por cualquier lugar, sin un orden concreto. Algunas raíces parecen estar incrustadas en la cabeza o el abdomen de un difunto.
Al fondo de uno de los escabrosos caminos, bolsas de plástico negras, donde podría caber una persona. En efecto, alguien tiró un cadáver, que ya no estaba allí, solo su putrefacto hedor. Acercarse es oler la muerte. Entre el agua de la lluvia flota una sustancia amarillenta, despedida por el difunto. En las orillas del nailon, pequeños gusanos se regocijaban con los fétidos líquidos. “¿Chicharrón con yuca?”, invita uno de los cuidadores. Luego de ver y aspirar tal cosa, no se antoja la carne.
Gran ceremonia
“Nunca había visto algo parecido, tan colorido, con música extraña y con rezos en un dialecto raro”, expresa la española Cristina Bonillo, en relación con una ceremonia ancestral presenciada en Rabinal.
En la entrada del camposanto hay una antigua capilla, oscura por dentro, pero alumbrada por un centenar de candelas. El cofrade Julio Sánchez preside el rito. Los rezos en dialecto achí —en los que solo se atina a descifrar el “Dios bendito”—, se mezclan entre los ritmos del adufe y el violín. “Es el son de las almas”, explica Sánchez.
Mientras se hacen las plegarias, alguien más esparce aguardiente alrededor de las candelas ubicadas en diferentes puntos; el cofrade palpa el fuego durante tres o cuatro segundos, sin quemarse. Asimismo, se enciende el incienso, para que los rezos se eleven al cielo. En esa ocasión, se celebraban los 14 años de la muerte de un poblador. En similares ceremonias, también es costumbre llevar marimba —con o sin orquesta— y, últimamente, hasta “disco”.
En los dos cementerios del lugar se respiran aires de tranquilidad y religiosidad. Con esmero, familiares limpian las tumbas, antes de los dos días de grandes celebraciones (1 y 2 de noviembre), en que los muertos tienen permiso de regresar y compartir de nuevo con los vivos.
Misteriosa fiesta
Están todos enterrados. Los gusanos se comen el corazón, el estómago, los ojos o la lengua del cuerpo sin vida. En tanto, las uñas y el cabello continúan con su macabro crecimiento. Solo la inscripción de la lápida permite saber quién era el vivo.
Los familiares acuden al cementerio para remozar las tumbas, quizás unos treinta días antes del 1 de noviembre, tal como lo hace Juan Estrada y Estrada (74), oriundo de Rabinal. Su padre murió hace 55 años y su madre hace 35. A pesar del tiempo, siempre recuerda a sus viejitos, cuenta.
El Día de Todos los Santos es una auténtica fiesta: “Pobrecito, no tiene ningún muerto para poder celebrar estos días”, dicen algunos.
En Sumpango y Santiago, Sacatepéquez, vuelan los barriletes gigantes que, según la leyenda, ahuyentan a los malos espíritus y a la vez guían a los muertos hasta el mundo de los vivos. Muy popular, también, el Pojoy Nayé, una ceremonia prehispánica en la que se quiebra cerámica. Los peteneros (San José), realizan la procesión de las Tres Calaveras, una costumbre precolombina de los itza’es; algunos explican que representan a príncipes mayas, otros, a frailes españoles.
En cambio, en Todos Los Santos Cuchumatán, Huehuetenango, se hace la pintoresca Carrera de las Ánimas, un ritual con características maya-cristianas. Desde el 31 de octubre, los hombres beben aguardiente hasta la embriaguez, como si fuera una despedida.
En la región oriental del país acostumbran a llevar mariachis y organizan una que otra pelea de gallos.
En otros lugares, además del fiambre, se llevan tamales, elote, ayote dulce, jocote, güisquil, camote, chuchitos, atol, licor y horchata. Y más licor. Hay que llevar comida y bebida en abundancia, para que el alma no regrese con hambre o con sed. Además, si no se les da suficiente, las cosechas serán malas. Dicen.
Eso sí, por ninguna razón, los vivos deben consumir lo que se ha ofrecido a los fallecidos.
En los diferentes cementerios, los pobladores llegan desde la madrugada del primer día de noviembre. De esa cuenta, los camposantos se vuelven enormes terrenos con tiendas de campaña improvisadas. Adentro solo se escuchan los murmullos de gente que le cuentan a su muerto todo lo que ha pasado, un brindis tras otro. También se fuma, para inhalar y exhalar el alma del ánima. Más tarde, los rezos.
Otros oran en las capillas, en donde se siente el rico aroma del pom (incienso). Durante toda la jornada, música de marimba. Y otro octavo de aguardiente.
Para los primeros rayos de luz del día siguiente (2 de noviembre), se observan a los vivos semienterrados con sus difuntos. Es el resultado del licor. Sin duda, han pasado un alegre día con sus muertos. Las ánimas regresan por donde vinieron y a los de este mundo les sobreviene la resaca, pero es lo de menos. Valió la pena.
Precisamente hoy, los últimos “octavitos”, para quitarse la “cruda”.
Si te vi...
Muchos centinelas de cementerios no han visto nada, ni fantasmas ni movimientos extraños. “Los muertos no tienen permiso de espantar a nadie”, según Manuel Rivera, un zacapaneco. Han escuchado anécdotas, claro. Y muchas. Pobladores de Jacaltenango (Huehuetenango), incluso, aseguran haber visto bailar a sus finados. Quién sabe. Pero por historias como esa, y por lo solitario de un camposanto, es que éste se vuelve tétrico y frío.
No hubo espantos en nuestro recorrido por algunos cementerios del país, pero comprendimos que la muerte se acerca a cada segundo que pasa. Un día estaremos en una de esas tumbas. Llegaremos a morir, ¿o acaso a vivir?
Otras fuentes consultadas:
Folklore, supersticiones y leyendas de Guatemala.
Nab’ab’l Qtanam.
La memoria colectiva del pueblo mam de Quetzaltenango.
Reyes, tumbas y palacios.
La historia dinástica de Uaxactún.
Centro de Estudios Folklóricos (Cefol), de la Usac.
|