Asalto “a mano hablada”
Los viajeros se llevan la mano a los bolsillos
para quedar bien con el terrorista.

Casi tres décadas atrás, la población era menos y, digamos, se valoraba más la vida. La delincuencia operaba con mentalidad menos criminal y despiadada. Los ladrones vaciaban las casas, sin que nadie se diera cuenta. En la calle, los carteristas le sacaban la billetera a los transeúntes con una maestría tal que la víctima se percataba del robo hasta horas más tarde. Abundaban los “manofina”. Los vehículos mal parados eran dejados “en trozos”, como se decía. Es decir, aquellos rateros “se tentaban el alma” para no hacer daño a sus víctimas.
Las cosas fueron cambiando, al grado que la saña y desfachatez de los malandros no tienen comparación. Ahora se utiliza toda clase de artimañas, y hasta la lengua se ha convertido en arma filosa para amedrentar con palabras retadoras a la gente buena y honrada. Ejemplo de ello son los asaltos a “mano hablada” cometidos contra los usuarios del transporte público urbano que, mediante un discurso amenazador y chantajista, son extorsionados.
Ejemplos: de forma intempestiva, un tipo tatuado se sube al autobús y desde la puerta grita: “¡Arriba las manos que este es un asalto!”, dejando con el ¡Jesús! en la boca a los pasajeros, mientras agrega: “Así, de esa manera, me subía yo antes a los buses, con una 9 mm, a quitarle sus pertenencias a la gente, pero ya no lo hago porque ahora soy un siervo de Dios, y mejor pido su ayuda”. La gente, que se ha puesto pálida y no termina de recobrar el aliento, busca entre sus bolsillos alguna moneda o un billete para entregárselo.
Otro terrorista de estos se sube por la 18 calle, antes de hablar, se quita la camisa para mostrar con orgullo su piel curtida de tatuajes y, con afán convincente, dice: “Señores y señoras, yo no vengo de ninguna casa-hogar, ni iglesia evangélica ni algún centro de rehabilitación. Yo soy ladrón. Tengo más de 10 años de robar aquí en la zona 1. He estado preso más de 35 veces, pero ya no quiero hacerlo, y estoy aquí para pedirles que me ayuden con una moneda. No me digan que no llevan, porque si en este momento saco una 38, nadie me la niega”. Los pasajeros asustados, sin quitar la vista del confeso ladronzuelo, buscan entre sus bolsillos un quetzal o una paloma —cualquier ave— y, presurosos, la entregan al terrorista para consumar otro asalto “a mano hablada”.
Por el Trébol y la Petapa, sube otro chantajista diciendo que él es un experto en armas de grueso calibre, que sabe desde tirar con onda pajarera hasta maniobrar una “cuerno de chivo” (AK-47), que en su haber cuenta con varios “ayotes” y que a él no le tiembla la mano para darle “agua” a quien sea, pero que esta vez lo que pide es una ayudita para viajar a Jutiapa, porque acaba de salir del preventivo de la zona 18. Los viajeros de nuevo repiten el acto reflejo de llevarse la mano a los bolsillos, para quedar bien con el terrorista y garantizarse la posibilidad de no ser asaltados. Y ante este tipo de asaltos a mano hablada, ¿qué hace la Policía?
Mario Rivero Nájera, escritor.
mrivero21@hotmail.co
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