Solo
El personaje de Robinson Crusoe, perdido en su isla, no deja de fascinar.

Artilleros de Hoy (1939) Recinos hizo diversos dibujos con escenas de batallas, como éste.
Por Sébastien PERROT-MINNOT
“Encontrándome a salvo en la orilla, elevé los ojos al cielo y le di gracias a Dios por salvarme la vida en una situación que, minutos antes, parecía totalmente desesperada. Creo que es imposible expresar cabalmente, el éxtasis y la conmoción que siente el alma cuando ha sido salvada, diría yo, de la mismísima tumba.”
El marino inglés Robinson Crusoe, protagonista de la famosa novela publicada, en 1719, por Daniel Defoe, acaba de alcanzar una isla desierta del Caribe, tras un naufragio causado por una tormenta. Estamos en 1659. Robinson tiene apenas 27 años. Es el único sobreviviente de una expedición que se dirigía al África.
Antes de la fatal expedición, el joven Robinson ya había tenido una vida rocambolesca. En 1651, decidió, contra la voluntad de sus padres, dejar Inglaterra y aventurarse por los mares. Después de un ataque de piratas, fue vendido como esclavo a un mauro, en África, pero logró escaparse y llegar a Brasil, donde se volvió dueño de una plantación.
Aquella tormenta arruina todos sus proyectos. Robinson permanecerá 28 largos años en la isla que bautiza “Desesperanza”. Se construye una habitación, caza animales, cultiva el trigo, cría cabras… A la vez, lee la Biblia y cultiva tercamente sus facultades intelectuales, valores morales y sociales. La soledad de Robinson concluye con la venida de un indígena que ha escapado de un grupo de caníbales que visitan periódicamente la isla. Robinson nombra a su nuevo compañero “Viernes”, por el nombre del día en el cual lo encontró; le enseña inglés y lo convierte al cristianismo.
El aislamiento de Robinson y Viernes tiene un turbulento desenlace. Un barco inglés se acerca de la isla, pero una tormenta agita su tripulación. Ésta se ha sublevado contra el capitán y pretende ahora abandonar al infortunado en la “isla de la desesperanza”. Sin embargo, Robinson y Viernes prestan su apoyo al capitán y, todos juntos, logran retomar el barco y regresar a una isla bien diferente, la añorada patria de Robinson Crusoe: Gran Bretaña. Viernes seguirá siendo el fiel servidor de Robinson, el cual se volvería rico gracias a los beneficios de su plantación en Brasil.
Robinson se marchó de su isla tropical, pero la isla literaria que acondicionó no tardaría en llenarse de una multitud de émulos. La novela de Defoe apasionó, desde su época, a la opinión pública, la élite aristocrática, los escritores e intelectuales, más allá de las costas de Inglaterra. Este entusiasmo se confirmaría en los siglos siguientes. Como lo recalcó la Academia francés Paul Hazard, en 1949: “En el mundo entero, hubo pocos libros más famosos”.
En realidad, se explotó tanto el tema de Robinson que se dio lugar a un género literario propio designado por el —poco elegante— término de “robinsonada” (inventado en 1867, por el rígido Karl Marx, que veía en la historia del británico una ilustración del nacimiento de la economía capitalista).
Entre las robinsonadas más ilustres, cabe mencionar: El Robinson de los jóvenes, de Joachim Heinrich Campe (1779); El Robinson suizo, de Johann David Wyss (1812); El Robinson del Pacífico, de James Fenimore Cooper (1835); El Señor de las Moscas, de William Golding (1954); y Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier (1967). Pero estos títulos solo son una pequeña parte de la inmensa producción literaria que nació de la semilla sembrada por Defoe en una isla de la imaginación humana.
Ya en 1888, en el prefacio de la novela Dos años de vacaciones, Jules Verne admitía: “Muchos Robinsones han despertado ya la curiosidad de nuestros jóvenes lectores. Daniel Defoe, en su inmortal Robinson Crusoe, ha puesto en escena al hombre solo; Wyss, en su Robinson Suizo, a la familia; Cooper, en El Cráter, a una sociedad con sus múltiples elementos, y yo en La Isla Misteriosa he presentado a algunos sabios luchando con las necesidades de su penosísima situación. Se ha escrito también El Robinson de doce años, El Robinson de los hielos, El Robinson de las niñas, etc.” En Dos años de vacaciones, la fértil imaginación de Verne pondría en escena un “internado de Robinsones”.
Las razones no faltan para explicar el éxito de estas historias. Primero, naturalmente, los náufragos nos invitan a una fascinante aventura. El título completo de la novela de Defoe empezaba con estas elocuentes palabras: “La Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe”. Las pruebas que reservan las islas salvajes suelen hacer resaltar las personalidades y la grandeza moral de los supervivientes. El lado aventurero de la robinsonada ancla firmemente este género literario en el corazón de los niños y los adultos.
Por otra parte, la suerte de un náufrago olvidado tiene consecuencias intelectualmente interesantes. La vida solitaria, el alejamiento de la civilización y el silencio pueden inspirar a la mente el alivio, la libertad y hasta el encantamiento (el siempre muy positivo Robinson suizo disfruta su “soledad encantada”). O al contrario, la tristeza, la depresión y el terror.
En la isla, el complejo laberinto de la soledad permite a los náufragos (o a la grupos de éstos) conocerse mejor a sí mismos, en situaciones de supervivencia. Y a menudo, este laberinto los conduce, algún día, al intrigante encuentro con individuos de otras culturas o costumbres (como Viernes o, en un registro diferente, el capitán Nemo, un amargado misántropo cuya odisea concluye en la Isla Misteriosa).
Otros aspectos despiertan la curiosidad intelectual en las aventuras al estilo Robinson: la exploración de una isla desconocida permite abordar cautivantes cuestiones geográficas y físicas, y la insólita situación puede crear un anhelante suspenso. En La isla misteriosa, Jules Verne quiso reunir una gran cantidad de conocimientos científicos de su época, y a la vez, nos presenta una isla geográficamente improbable, un tipo de resumen del universo que encierra un angustiante secreto.
La robinsonada ha inspirado numerosas reflexiones sobre la relación del hombre con la naturaleza, la soledad y la civilización. Michel Tournier asevera con razón que el tema de Robinson es “altamente filosófico”. En el siglo XVIII, el Siglo de la Ilustración, el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau veía en la novela de Defoe “el más feliz tratado de educación natural”. La “isla misteriosa”, en cambio, recibe a un grupo de personajes deseosos de colonizar y civilizarla, en un siglo marcado por la Revolución Industrial y deslumbrantes avances científicos. A menudo, la robinsonada permite al autor reflexionar sobre lo que podría ser una sociedad utópica.
Pero Robinson no es solamente una creación literaria o filosófica. No faltan las verdaderas historias de naufragados que tuvieron que sobrevivir años en una isla desierta. Sabemos que Defoe se inspiró en la vida de un rudo e irascible marino escocés, Alexander Selkirk. En 1704, este hombre, en conflicto con su capitán, pidió ser abandonado en una isla desierta del Océano Pacífico, a unos 700 km de las costas chilenas. Permanecería más de cuatro años en este boscosos y montañoso lugar.
Desde 1966, la isla lleva el nombre de Robinson Crusoe. Los turistas pueden apreciar, en este apacible santuario natural, una reconstitución de lo que fue el refugio de Selkirk. Pueden tratar de experimentar, por un instante, la curiosa mezcla de sentimientos que invade el alma de un individuo olvidado en una isla que, al igual que la diosa Calipso con el héroe griego Odiseo, puede ser acogedora y generosa, y al mismo tiempo, peligrosamente posesiva.
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