Semanario de Prensa Libre • No. 227 • 9 de Noviembre de 2008

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D cultura

Valenti, magia y atrevimiento
El 15 de noviembre se cumplen 120 años del nacimiento del pintor.


Jaime Sabartes, óleo sobre madera.

por juan carlos lemus

Carlos Valenti es semejante a su propia obra: un océano de matices inatrapables.
Cualquier estudio sobre su vida o sus pinturas deberá abarcar contextos bastante amplios, tanto de la Europa del siglo XIX y principios del XX como de nuestro país, durante las mismas fechas.

El pintor fue traído de París, ciudad en la que nació, en 1888, a Guatemala, por sus padres cuando tenía tres años, en 1891.
Considerado uno de los grandes pintores del siglo XX, buena parte de su obra puede ser apreciada solo gracias a quien fuera el médico de cabecera de la familia Valenti Perrillat, Manuel Morales (1874-1969).

Tal como lo anota el doctor Luis Villacorta en el libro Carlos Valenti. Obra y vida, edición del 2000 (Adesca), Manuel Morales fue cónsul de Guatemala en Liverpool, Inglaterra, y amigo de Jaime Sabartés, el legendario secretario de Pablo Picasso.
Esta colección, que podrá ser apreciada en el Museo Casa Santo Domingo, da testimonio del trazo de un genio de la plástica, un misterioso dandi que se suicidó el 29 de octubre de 1912, en París.

Se trata de una colección de aproximadamente 50 piezas entre crayones, lápices, óleos, carboncillos y otras técnicas. Los temas también dan fe de un recorrido indagatorio entre lo figurativo y el impresionismo.
Los más reputados críticos internacionales del país, tal es el caso de Irma de Luján o Guillermo Monsanto, por mencionar a dos de ellos, han escrito suficientes documentos sobre la vida y obra del pintor, así como sus características técnicas y los valores artísticos y contextuales. Han brindado, además, varios aportes significativos para el escudriño apasionado del recorrido Valenti.

En lo concerniente a ese apasionamiento, a la subjetividad frente al cuadro, el público podrá apreciar la invasión de colores en los paisajes cuyas nubes viajan en los firmamentos haciendo rima y eco de la naturaleza ocre y verde.
Los trazos, veloces y breves, tienen una intensidad que se arremolina con árboles y maleza, pero, más que eso, se apretujan con sensaciones.
Cielo nuboso, Casa de finca entre árboles, Alborada, Árboles frondosos, Crepúsculo o Pinos raquíticos son algunos de los títulos en los que se puede apreciar un retrato de las emociones frente a los paisajes.

Valles oscurecidos con preludio a muerte, el cielo incendiado del Crepúsculo, todo provoca esa ilusión de navegar materia dentro, de viajar más allá de lo palpable hacia la eternidad y el éter que flotan en esos paisajes.
Mujer desnuda es un canto a la más desafiante estética, no por la técnica ni por la composición, que otros sabrán retorcer y expresar de mejor manera, sino por la gordura embutida en el tronco desparramado, por esa capacidad de ensangrentar los cánones estéticos donde la mujer (la de principios del siglo XX, por supuesto), mientras más pálida y flaca como un tenedor, era la más hermosa.
Sus figuras humanas tienen ese diablo seductor sexual, ciento por ciento acariciados por los difuminados, por el contorno que sueña y cae sobre su Desnudo de niña que llora o finge llorar en un vacío púbico.

Una de sus más famosas obras, Odette, es la visión de un gesto sensual en donde Valenti da magia a lo grotesco, donde labios como de hule y pecho en triángulo brindan una nueva belleza y seducción fuera de los parámetros anquilosados de la esbeltez.

Este pintor es admirable no solamente por su manejo de la técnica, que dominó a su antojo y honorable capricho, sino que, además, por su desafiante manera de pintar cuando el mundo exigía sobriedad, obediencia formal y registros visuales menos complejos. Recordemos que pintores como Monet, Cézanne o Renoir fueron considerados inútiles pintores frustrados. Es el caso de Valenti, los académicos lo saben bien, un pintor que no se detuvo a replicar la naturaleza con la fidelidad clásica, sino que se aventuró, a costa de parecer un idiota, dentro de los encorbatados círculos de la crítica calificada de los años de 1920.
El resultado de su audacia le valió no exponer en vida. Es por eso que sus cuadros, particularmente los de la denominada —desde hace ya casi cien años— Colección del Doctor Manuel Morales tienen el celo agregado de su conservación secular, que pronto será expuesta al público por tercera vez en casi un siglo.
También se incluyen varios de sus crayones y lápices sobre papel. Madre e hijo es todo un canto a la exploración de un niño frente a su pene. La madre, como un grito, cubierta de pies a cabeza, ve de reojo la desnudez de su hijo, que hurga y aprecia la clara mañana que lo acompaña.


Es la madre, en este pastel sobre papel, el esbozo de la caducidad empaquetada, tullida, casi asexual que, aunque posa en primer plano, parece relegada emocionalmente al confín de las emociones marchitas.
San Jerónimo I y II (que son el mismo santo) exponen esa languidez catártica de los santos atenazados por sus delitos. O quizá la exposición de sus carnes y huesos, con cierta vulgaridad, ensartados en la culpa.
Nadie más desnudo que este San Jerónimo, como nadie más avaro que El avaro, su tinta sobre papel. Esta última capta a cualquier personaje de la época (siglo XIX o XX) que tiene desde la frente hasta las sandalias el corazón miserablemente poseso de afecto por los tesoros materiales.

El pintor delineó a un ser hasta cierto punto repugnante, hasta cierto punto lastimero, que parece un pobre destinado a vivir su monstruoso afán por el dinero. Esa habilidad de capturar y trasladar tales emociones y sentimientos solo puede ser atribuido a un genio, a Valenti.
Algo semejante sucede con El brindis, donde la emoción del personaje sale fuera del cuadro y contagia el espacio de beodez, de alegría casi neurótica y de una correntada de felicidad que lo recorre gracias a los crayones que lo empujan frente a nosotros —los espectadores—, a una esquina del cuadro.
Sus témperas como Director de orquesta son aguadas que descubren una personalidad de naftalina. Sí, en Valenti lo viejo se siente viejo, lo ebrio, ebrio, y sus

Diabluras mitológicas son tan satíricas como caricaturescas, que habrán hecho vomitar a los más acérrimos críticos.
Igual podremos apreciar El Patahueca (óleo sobre tela), El artista (óleo sobre cartón), que parece haber ganado aún más textura y vetustez con el paso de tantas décadas, su extraña obra El beso: mezcla de un trino romántico (la Luna) sobre los cuerpos retorcidos casi dantescos.
Valenti murió demasiado joven. quizá habría producido cientos y miles de obras más, pero, qué podemos esperar de los caprichos del tiempo. Pintó lo suficiente como para impresionarnos aún en el siglo XXI, a 120 años de su nacimiento y a casi 100 de su muerte.

Tercera muestra
No obstante la inmensa calidad de la colección, fue expuesta solo una vez durante todo el siglo pasado, otra en el 2000, y esta será la tercera que será mostrada al público.
La primera fue póstuma que organizó la Academia Nacional de Bellas Artes, en 1928. La segunda, en Casa Mima, en el 2000, y la que viene, en el 2008, en Museo Casa Santo Domingo.
Se trata de la denominada Colección del doctor Manuel Morales, que será inaugurada el 15 de noviembre, a las 18 horas, en la Sala Marco Augusto Quiroa.

  • Carlos Valenti (París, 15 de noviembre de 1888; tres años más tarde, su familia se trasladó a Guatemala.
  • En sus inicios como pintor, se inclinó por el impresionismo, tal como Monet, Cézanne o Renoir.
  • Sus modelos eran amigos, parientes o pordioseros.
  • Viajó a Francia para continuar con sus estudios artísticos (1912). En ese país, se inclinó por el Art Nouveau. Conoció a artistas como Braque, Juan Gris, Léger, Modigliani, así como al holandés Piet Mondrian.
  • Se suicidó en su habitación en Francia, el 29 de octubre de 1912.

 


   

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