Bailando con las estrellas
Cuando se mezcla la política con el espectáculo, vivimos en una cultura light, afirma el escritor Mario Vargas Llosa.
POR ricardo trotti
Atendí el teléfono y era Matt Damon. Me impresioné. “¿Este actor me llama a mí? ¿Cómo sabe mi número?”, pensé. Antes de que terminara su primera frase, me pidió que votara por Barack Obama. Volví a la realidad. Corté. Con gesto hollywoodense le dije a mi mujer: “Era Matt… me convenció”.
No estoy seguro de si cambiaría mi voto por esa llamada. Tampoco si los endosos públicos de celebridades, como Halle Berry y Scarlett Johansson para Obama, o los de Daddy Yankee y Sylvester Stallone para John McCain, influirán en los indecisos o torcerán la intención de quienes ya están definidos.
El impacto de las estrellas de Hollywood sobre la intención de voto no se ha estudiado a profundidad. Sin embargo, esta práctica que se remonta a la presidencia de Harding, en 1920, y que traspasó épocas con binomios populares como los de Richard Nixon —John Wayne—, John Kennedy —Frank Sinatra—, Ronald Reagan —Charlton Heston—, Jimmy Carter —Roberta Flack—, demuestra que los políticos siempre se beneficiaron de esa estrategia propagandística que convierte a la riña proselitista en un cuasi certamen de Bailando con las estrellas.
Esta dualidad entre política y espectáculo le permitiría a Mario Vargas Llosa fundamentar su teoría crítica de que vivimos en una “cultura light”, en el que los modistos y los chefs han alcanzado el grado de influencia que antaño poseían científicos e intelectuales, con quienes los políticos preferían posar para la foto.
Sin embargo, no todo es superficial como lo muestra el escritor peruano. Un estudio de Washington State University concluyó que los endosos de las celebridades, si bien no determinan una preferencia electoral por un candidato, motivan el compromiso cívico de los jóvenes.
La investigación se basa en la afluencia mayor y elevada a las urnas del grupo de 18 a 24 años de edad, después de que en la carrera electoral del 2004, los cantantes Beyoncé, Cristina Aguilera y P. Diddy efectuaron conciertos en los campus universitarios, en televisión y por Internet, para que los jóvenes fueran a votar. Un sondeo de Pace University muestra que el 43 por ciento de esa población permanecería activa en cuestiones políticas.
En estas elecciones, Obama es quien más se beneficia de los endosos del espectáculo, tanto en cantidad como en calidad. McCain no obtuvo mucha “gasolina” con Daddy Yankee, ni buena pegada con un Rocky retirado. Además, cometió la torpeza de tirarse arriba a Paris Hilton, al pegar a Obama su hueca celebridad, con lo que la rubia, ni lerda ni perezosa, lanzó su propia campaña presidencial por YouTube, con altos índices de aceptación.
Obama —con el favor de un Hollywood tradicionalmente demócrata— no solo cuenta con el respaldo de estrellas de todos los colores, medidas, géneros y edades como Jessica Alba, Forest Whitaker, Danny Glover, Will Smith, Jessica Biel, Halle Barry, Robert de Niro, sino con lo más importante: el “factor O”.
Oprah Wingfrey, “O”, es sin dudas la mujer más influyente de EE. UU., así la ponderó la revista Time en seis oportunidades. Forbes la calificó de personalidad más poderosa en el 2007, año en que amasó US$270 millones. Un estudio de Pew Research Center compara su influencia con la de Bill Gates, al establecer que el 60 por ciento de la gente cree que fortaleció la candidatura de Obama, siendo un imán para el grupo más apático: 18 a 29 años de edad.
Hillary Clinton sabe de su influencia. Cuando Oprah optó por Obama en las primarias —la primera vez que endosaba a un candidato desde que inició su programa televisivo en 1986—, Hillary contaba con el apoyo de otra mujer de peso, Barbra Streisand.
“La batalla de las divas”, como la calificó el New York Post, la ganó Oprah. Un estudio reciente de University of Maryland calculó, mediante fórmulas matemáticas, que ella generó para Obama un millón 15 mil 559 votos. No es sorpresa. Al recomendar la lectura de El amor en tiempos de cólera, las ventas del ejemplar subieron cien veces, y cuando dijo que no comería hamburguesas por miedo a la “vaca loca”, la venta de carne bajó 10 por ciento.
Más allá de que guste o no la afiliación política de una celebridad, lo importante es que ayudan a que la democracia sea más participativa y responsable. El voto cuenta.
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