Miradores del cielo
Los observatorios astronómicos de Centroamérica aún son pocos y jóvenes.

por alfredo vicente
fotos: carlos sebastian
Hace más de un milenio, en lo que hoy es Centroamérica, un selecto grupo de habitantes se reunía de forma periódica a observar la bóveda celeste, con el fin de estudiar a detalle los fenómenos que allí arriba sucedían. Durante años erigieron estelas, efectuaron infinidad de cálculos y dedicaron grandes espacios y tiempo para desarrollar uno de los mayores legados que dejarían al planeta: el conocimiento astronómico. Los mayas elaboraron el calendario más exacto de todas las civilizaciones (es similar al actual, salvo por unos minutos), empleando observatorios sencillos de piedra. Sin embargo, ahora, en el 2008, el mundo astronómico avanzado no está ubicado precisamente en esta zona geográfica.
En pañales
Guatemala, y Centroamérica en general, se ha quedado atrás en la carrera astronómica, y de manera específica en lo que se refiere a observatorios, en comparación con otros países, como EE. UU., España, Chile y Argentina. No obstante, en años recientes se ha incrementado el interés por ver las estrellas más de cerca y empezar a construir estas herramientas con un propósito más serio. De hecho, en algunas universidades se imparten cursos de astronomía y se han formado clubes que pretenden fomentar la observación de los cielos. En Guatemala, el primer observatorio que se conoció de forma pública fue abierto en 1983, en el Cerrito del Carmen, por Aníbal de León, quien con el paso de los años lo cambió de locación. “Le permitía observar por el telescopio a las personas que mostraban interés”, recuerda este astrónomo aficionado. A mediados de la década de 1990, la astronomía tomó nueva fuerza, debido a que la Universidad de San Carlos (Usac) fue la anfitriona del Curso Centroamericano de Astronomía y Astrofísica, que cada año se imparte en algún país del área. Desde entonces, la astronomía se incorporó en el pénsum de la carrera de licenciatura en Física Aplicada, impartida en la Usac como curso optativo.
Por todos los avances que esta ciencia tiene en los países más desarrollados, y que es una materia que atrae a muchos jóvenes, se habló de construir un pequeño observatorio en dicha universidad. “Desafortunadamente, la situación económica y los intereses de las autoridades de la universidad nacional no concuerdan con los de las personas que desean impulsar la ciencia de la astronomía”, explica el astrónomo Eduardo Rubio, quien actualmente está a un año de obtener su doctorado de Ciencias Naturales con especialidad en astronomía, en la universidad de Ámsterdam (Países Bajos). Por lo tanto, poseer un observatorio formal ha quedado relegado a un segundo plano. En el resto de Centroamérica el problema es similar. Con sus debilidades, solo Honduras y Nicaragua cuentan con observatorios nacionales desde hace menos de una década, y en los demás países son las sociedades privadas o personas particulares quienes se interesan en adquirir telescopios. Tal es el caso de la Asociación Salvadoreña de Astronomía, que posee un telescopio en el observatorio de San Juan Talpa (San Salvador).
Universo variado
Ver el cielo a través de grandes telescopios, bajo una cúpula en un campo despejado lleno de estrellas, como se suele mostrar en las películas, no es la única manera de estudiar los cielos, y por ende, no es todo lo que hacen los astrónomos. Esta ciencia también se encarga del estudio de los astros y la interacción de éstos con el universo, y le competen temas como planetas, vida fuera de la Tierra, galaxias, agujeros negros, estrellas, nebulosas, el origen de la vida, etcétera. Los astrónomos, además, dedican gran parte de su tiempo a calcular, corroborar hipótesis y estudiar diversos fenómenos, según su especialización (tan variada como los objetos que hay en el universo).
Cuando se trata de observatorios, los hay de dierentes tipos: los modernos ya no solo se limitan a ver el cielo, sino a “percibirlo” con una batería muy completa de instrumentos, capaces de detectar los más mínimos cambios y destellos de los más distantes objetos, expone Rubio. La potencia de un telescopio se mide según su diámetro. Entre mayor sea éste, mayor será la distancia que se captará a través del lente. Se consideran telescopios pequeños todos aquellos con menos de un metro de diámetro (como los que hay en Guatemala), y profesionales los que superan esa medida. Con un telescopio pequeño se pueden observar más de 40 mil objetos, así como galaxias, planetas, asteroides, cometas, satélites, y nebulosas. También toman fotografías. Son computarizados, es decir que se controlan por medio de una máquina que se actualiza constantemente (una persona observa y la otra teclea las coordenadas). Tienen un costo que oscila entre los US$15mil y US$50 mil.
Región de oportunidades
Pese a la limitación por la falta de interés, este país tiene un enorme potencial para observar el universo. “En Guatemala podemos ver el 97 por ciento del cielo durante la época despejada, a diferencia de EE. UU., que sólo ve el 60 por ciento. Son sólo tres las constelaciones que no alcanzamos a observar, y tenemos una posición privilegiada por estar en el centro del Ecuador”, asegura el astrónomo guatemalteco Édgar Castro Bathen. “Pero no muchos lo saben, y por eso no se ha invertido en la astronomía”, afirma. En el Istmo, por lo general, los meses idóneos para ver las estrellas son entre diciembre y marzo, ya que el resto del año las lluvias impiden la correcta visualización.
En conjunto
Poseer observatorios gigantescos y de sumo aporte científico, como en otros países, no está lejos de la realidad. De hecho, la comunidad astrónoma centroamericana ha empezado a trabajar en un proyecto que pretende crear varios. De acuerdo con María Cristina Pineda, presidenta de Astrónomos de Centroamérica y directora del observatorio de Suyapa (Honduras), esto empieza a ser una realidad, luego de que a mediados del año pasado se inaugurara el primer Observatorio Astronómico en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. “No es muy útil para fines profesionales que solo haya un observatorio en un país de por aquí. El primer paso es que cada universidad de la región tenga uno, y comparemos las condiciones de observación”, comenta la experta, con tono optimista. Tal y como sucede en otros ámbitos, como el turismo y la agricultura, la astronomía no ha sido tomada en cuenta en todo su potencial. Dependerá de los educadores, los dirigentes y medios de comunicación el que la correcta divulgación del conocimiento convierta la observación de los cielos en una actividad de relevancia en el país. Con el trabajo en equipo y educación, poseer algunos de los observatorios más grandes del mundo podría ser una realidad en un tiempo no muy lejano. El 2009 ha sido declarado por la Unesco como el Año Internacional de la Astronomía, y se celebrarán los 400 años del nacimiento del científico Galileo Galilei. Para ello, las universidades y observatorios, alrededor del mundo, llevarán a cabo diferentes actividades. El observatorio Christopher Clavius, de la Universidad Rafael Landívar, estará abierto al público entre el 2 y 5 de abril, y espera recibir un millón de visitas. Si aún no se ha maravillado al observar el cielo con telescopio, el año que viene podría ser su oportunidad.
En la tierra del quetzal
Miles de guatemaltecos aún recuerdan cuando el cometa Halley apareció por última vez entre diciembre de 1985 y enero de 1986. Estas personas, gracias al astrónomo aficionado Rubén Romillo, pudieron presenciar el fenómeno a través de telescopios pequeños, desde un terreno perteneciente al Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Metereología e Hidrología (Insivumeh). Décadas después, el avance no ha sido muy notable, aunque sí palpable. Por el momento, no existe un sitio dedicado a observaciones astronómicas con fines científicos, y los dos observatorios más grandes pertenecen al sector privado. En el Tec de la Universidad Rafael Landívar se encuentra el Christopher Clavius, desde hace tres años, con un telescopio de 35.56 centímetros de diámetro, utilizado por los estudiantes del club de ciencias y astronomía. También está abierto al público en general para fechas especiales. De igual diámetro, el aficionado guatemalteco Aníbal de León posee uno. Existen también cinco asociaciones de astronomía, que desde hace varios años luchan por conseguir que se construya un observatorio nacional. Lo más cercano a ese sueño han sido ofrecimientos de Japón, pero no ha pasado de las negociaciones.
- Estos observatorios tienen, hasta el momento, los telescopios ópticos más grandes del planeta:
- Gran telescopio de Canarias (España). De 10.2 metros de diámetro.
- Keck I y Keck II (Hawái). 10 metros. Telescopios gemelos, situados en la cima de un volcán.
- Subaru Telescope (Hawái). 8.3 metros.
- Observatorio de Paranal (Chile). 8.2 metros. Son cuatro telescopios.
- Gemini (Hawái). 8 metros. También colocados en la cima de un volcán.
- Cabe mencionar que hay otro tipo de observatorios, no ópticos, dedicados a otras áreas, como radio, rayos x, rayos gamma, ondas gravitacionales y neutrinos.
Astrónomo chapín
Eduardo Rubio está a un año de obtener su doctorado de Ciencias Naturales con especialidad en astronomía, en la universidad de Ámsterdam (Países Bajos). Tiene acceso a telescopios de clase mundial, como el de las Islas Canarias, en la actualidad el más grande del mundo. A continuación una breve entrevista que nos ofreció vía electrónica.
¿En qué consiste su labor y en cuáles descubrimientos o proyectos ha participado?
Mi trabajo es buscar pulsares (estrellas de neutrones) nuevos, para el cual empleo el radiotelescopio de Westerbork, aquí en los Países Bajos (Holanda). Este tiene 14 antenas, de 25 metros cada una. Lo que hago es analizar los datos, crear software y métodos eficientes para poder procesar los datos. Para eso utilizo también dos supercomputadoras. Los datos conciernen a tres regiones diferentes del cielo, puesto que queremos ver cosas ligeramente diferentes. Aparte de todo esto, me ha tocado ser ayudante de cátedra en los cursos de la Maestría en Astronomía.
¿Por qué y desde cuándo se interesó en la astronomía?
Me interesé por la astronomía porque siempre he sido muy curioso, y me he sentido hechizado por tratar de entender, aunque sea una pequeñísima parte, el universo donde vivimos. Cuando era niño, mis papás, mi hermano y yo vivíamos en Bárcenas, Villa Nueva. En el parcelamiento no había electricidad, y mi padre solía despertarnos para ver las estrellas en la noche. Observar todos esos luceros allá arriba me pareció increíble. Al entrar en la universidad tenía claro que quería estudiar física pura, porque es necesaria para ser astrónomo. Para mi tesis de licenciatura tuve la oportunidad de hacer una investigación en el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) sobre estrellas variables en la constelación de Orión. Luego de graduarme, me mudé a Ciudad de México donde, gracias a una beca, logré terminar una Maestría en Ciencias con especialización en astronomía, con una tesis de maestría, sobre discos de acreción (crecimiento por adición de materia) alrededor de agujeros negros. En el 2005 vine a Holanda para empezar mi doctorado.
¿Cómo describiría su asombro al explorar el universo?
El asombro que dan las distancias y la magnitud de los eventos que ocurren allá arriba es algo incomparable, quizás semejante a la sensación de estar parado frente al mar, oyendo el oleaje y viendo lo gigantesco que es, o a estar parado en la cima de una alta montaña (como la del volcán de Acatenango) y ver el horizonte lejano. El asombro es como esas sensaciones, pero infinitamente superiores.
A estas alturas, ¿considera aún que exista vida fuera de este planeta?, ¿y vida inteligente?
Con tantas estrellas allá arriba en nuestra galaxia (unos 200 mil millones) y con tantas galaxias en el universo (unos cien mil millones) las posibilidades no son nulas. Creo que existe vida y quizás vida inteligente en otras partes del universo. El único factor que impide que podamos detectarlos, comunicarnos y vernos es, hasta ahora, las distancias tan enormes. Un hipotético ser de otro mundo tardaría dos millones de años en viajar entre la galaxia más cercana a la nuestra, la galaxia de Andrómeda, y nuestra galaxia, la Vía Láctea, viajando todo el tiempo a la velocidad de la luz, 300 mil km/s.
¿Existe alguna enfermedad que afecte específicamente a los astrónomos?
Esta pregunta me causa gracia, porque me puse a pensar, puesto que creo que solamente hay una, la soledad.
El más grande de Centroamérica
Sobre las colinas de Suyapa, dentro de la Universidad Autónoma de Honduras (UNAH), se encuentra el observatorio óptico con el telescopio más grande de Centroamérica, según lo que se conoce hasta el momento. Tiene 40.64 centímetros de diámetro y es empleado por los estudiantes y visitantes desde hace 10 años. El Observatorio Astronómico Centroamericano de Suyapa fue construido con la ayuda de esa institución junto con algunas entidades, y también gracias al impulso de la astrónoma María Cristina Pineda, su actual directora. Dentro de las actividades del lugar, además de la de observación y colaborar con centros de enseñanza, tres son las fundamentales: la académica (se imparten maestrías en astronomía y astrofísica desde hace cuatro años), la de distribución geográfica (observación y delimitación territorial) y la de la arqueoastrología, una rama de esta ciencia que estudia la relación de los observatorios de los antepasados con los cálculos que se llevan a cabo con el equipo moderno. De hecho, su logro más importante, hasta ahora, ha sido identificar y descubrir el primer reloj solar del mundo maya, en las ruinas de Copán. Después de Honduras y Guatemala, el tercer telescopio más grande (25.4 centímetros de diámetro) pertenece al observatorio de San Juan Talpa, en San Salvador. |