Semanario de Prensa Libre • No. 223 • 12 de Octubre de 2008

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Punto final

La importancia de ser vicepresidente

El ciudadano de a pie prefiere votar por la apariencia y no por la razón.

POR ricardo trotti

La historia de la presidencia de EE. UU. es trágica. Cuatro presidentes fueron asesinados, cuatro murieron por enfermedad, en sus cargos, y uno debió renunciar por inepto, de ahí la importancia de este puesto que ahora disputan, ante los ojos de todo el mundo, Joseph Biden y Sarah Palin.

Ante más de 85 millones de televidentes solo en Estados Unidos, el único debate entre los candidatos a vicepresidentes, en el que el demócrata Biden publicitó su veteranía senatorial y la gobernadora republicana Palin demostró que puede arrastrar con su sonrisa telegénica, terminó en empate.

La prensa viene crucificando a Palin por sus constantes torpezas en las escasas entrevistas que su partido le permitió ofrecer. Pero el debate pudo haber ayudado a borrar sus anteriores respuestas tragicómicas, como que de Alaska puede ver a Vladimir Putin cuando levanta la cabeza. En cuanto a su imagen, y a pesar de periodistas y políticos, el ciudadano de a pie no suele votar siempre con la razón, sino por apariencias. Dos hechos lo podrían confirmar: se dispararon las ventas de anteojos sin armazón y aumentó la circulación de las revistas del corazón .

La experiencia indica que los vicepresidentes pueden estar obligados a asumir el máximo liderazgo, ya sea porque el presidente se muera de un infarto, sea asesinado o lo destituyan por incapaz o mentiroso. De un total de 43 jefes de Estado, desde que asumió George Washington en 1979, 14 vicepresidentes tuvieron que sentarse en el Salón Oval.

La historia no fue siempre sombría. Hubo cuatro vicepresidentes que saltaron a la presidencia por sus dotes innatas, como uno de los próceres más venerados, Thomas Jefferson, quien secundó primero a John Adams, quien a su vez acompañó de segundo al primer presidente de todos: George Washington.

Dadas estas tramas, no es descabellado pensar que Palin o Biden terminen de comandantes en jefe. El hecho de que McCain sea viejo y Obama afroamericano, son aditamentos especiales para pensar en una enfermedad o una conjura.

McCain sería, a sus 72 años, el presidente más viejo en la Casa Blanca, y aunque su salud es excelente, a esa edad los achaques suelen acelerarse. En ese grupo la historia presidencial cuenta a Warren Harding, quien murió en 1923 y fue sucedido por su vicepresidente Calvin Coolidge, y a Franklyn Delano Roosevelt, quien falleció al poco de asumir su cuarto período presidencial, en abril de 1945, después de haber sufrido una hemorragia cerebral. Le sobrevivió su vicepresidente Harry Truman. En el siglo XIX otros dos jefes murieron en pleno poder, William Harrison (1841) y Zachary Taylor (1850), y asumieron sus segundos, John Tyler y Millard Filmore.

Obama, si bien muy joven, tiene en su contra un asunto controversial en el país: racismo. No es un tema políticamente correcto, por lo que no se debate en los medios (los votantes ocultan su intención), pero sale a relucir en la intimidad de las charlas de café animadas por la experiencia de fatalidades en la Casa Blanca. El temor a que algún fundamentalista se atreva a atentar contra su vida es latente. Cuatro presidentes fueron asesinados, dos en el siglo XIX, Abraham Lincoln (1865) y James Garfield (1881), y dos en el siglo XX, William McKinley (1901) y John Kennedy (1963). Sus sucesores fueron sus vicepresidentes, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt y Lyndon Johnson.

Otros segundos tuvieron que ponerse a la altura de la circunstancias, como George Bush padre, cuando Ronald Reagan sufrió un atentado; Gerald Ford, que agarró las riendas después del escándalo de Watergate que cobró la vida política de Richard Nixon —quien, a su vez, había sido el segundo de Dwight Eisenhower—, y Al Gore, que casi se queda con el puesto de Bill Clinton después de un asunto de faldas, manchadas, por cierto.

Queda demostrado así que la vicepresidencia no es un cargo decorativo. Sirve de fogueo para aspirar o para verse obligado a ocupar el máximo sillón de la calle Pennsylvania. Dadas las circunstancias, la mirada no debería estar solo puesta en lo que los vicepresidentes contribuyen a sus fórmulas, sino a que en sus destinos puede estar oculto el llamado a ser el líder máximo.

   

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