La importancia de ser vicepresidente
El ciudadano de a
pie prefiere votar
por la apariencia y
no por la razón.
POR ricardo trotti
La historia de la presidencia de EE. UU. es
trágica. Cuatro presidentes fueron asesinados,
cuatro murieron por enfermedad, en sus cargos,
y uno debió renunciar por inepto, de ahí la
importancia de este puesto que ahora disputan,
ante los ojos de todo el mundo, Joseph Biden y
Sarah Palin.
Ante más de 85 millones de televidentes solo en
Estados Unidos, el único debate entre los candidatos a
vicepresidentes, en el que el demócrata Biden publicitó
su veteranía senatorial y la gobernadora republicana
Palin demostró que puede arrastrar con su sonrisa
telegénica, terminó en empate.
La prensa viene crucificando a Palin por sus constantes
torpezas en las escasas entrevistas que su partido
le permitió ofrecer. Pero el debate
pudo haber ayudado a borrar
sus anteriores respuestas
tragicómicas, como que de Alaska
puede ver a Vladimir Putin
cuando levanta la cabeza. En
cuanto a su imagen, y a pesar de
periodistas y políticos, el ciudadano
de a pie no suele votar
siempre con la razón, sino por
apariencias. Dos hechos lo podrían
confirmar: se dispararon las ventas de anteojos sin
armazón y aumentó la circulación de las revistas del
corazón .
La experiencia indica que los vicepresidentes pueden
estar obligados a asumir el máximo liderazgo, ya sea
porque el presidente se muera de un infarto, sea
asesinado o lo destituyan por incapaz o mentiroso. De
un total de 43 jefes de Estado, desde que asumió George
Washington en 1979, 14 vicepresidentes tuvieron que
sentarse en el Salón Oval.
La historia no fue siempre sombría. Hubo cuatro
vicepresidentes que saltaron a la presidencia por sus
dotes innatas, como uno de los próceres más venerados,
Thomas Jefferson, quien secundó primero a John
Adams, quien a su vez acompañó de segundo al primer
presidente de todos: George Washington.
Dadas estas tramas, no es descabellado pensar que
Palin o Biden terminen de comandantes en jefe. El
hecho de que McCain sea viejo y Obama afroamericano,
son aditamentos especiales para pensar en una enfermedad
o una conjura.
McCain sería, a sus 72 años, el presidente más viejo
en la Casa Blanca, y aunque su salud es excelente, a esa
edad los achaques suelen acelerarse. En ese grupo la
historia presidencial cuenta a Warren Harding, quien
murió en 1923 y fue sucedido por su vicepresidente
Calvin Coolidge, y a Franklyn Delano Roosevelt, quien
falleció al poco de asumir su cuarto período presidencial,
en abril de 1945, después de haber sufrido una
hemorragia cerebral. Le sobrevivió su vicepresidente
Harry Truman. En el siglo XIX otros dos jefes murieron
en pleno poder, William Harrison (1841) y Zachary
Taylor (1850), y asumieron sus segundos, John Tyler y
Millard Filmore.
Obama, si bien muy joven, tiene en su contra un
asunto controversial en el país: racismo. No es un tema
políticamente correcto, por lo que no se debate en los
medios (los votantes ocultan su intención),
pero sale a relucir en la
intimidad de las charlas de café animadas
por la experiencia de fatalidades
en la Casa Blanca. El temor a
que algún fundamentalista se atreva a
atentar contra su vida es latente.
Cuatro presidentes fueron asesinados,
dos en el siglo XIX, Abraham
Lincoln (1865) y James Garfield (1881),
y dos en el siglo XX, William McKinley
(1901) y John Kennedy (1963). Sus sucesores fueron
sus vicepresidentes, Andrew Johnson, Chester Arthur,
Theodore Roosevelt y Lyndon Johnson.
Otros segundos tuvieron que ponerse a la altura de la
circunstancias, como George Bush padre, cuando Ronald
Reagan sufrió un atentado; Gerald Ford, que agarró
las riendas después del escándalo de Watergate que
cobró la vida política de Richard Nixon —quien, a su vez,
había sido el segundo de Dwight Eisenhower—, y Al
Gore, que casi se queda con el puesto de Bill Clinton
después de un asunto de faldas, manchadas, por cierto.
Queda demostrado así que la vicepresidencia no es
un cargo decorativo. Sirve de fogueo para aspirar o para
verse obligado a ocupar el máximo sillón de la calle
Pennsylvania. Dadas las circunstancias, la mirada no
debería estar solo puesta en lo que los vicepresidentes
contribuyen a sus fórmulas, sino a que en sus destinos
puede estar oculto el llamado a ser el líder máximo.
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