Semanario de Prensa Libre • No. 223 • 12 de Octubre de 2008

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De viaje por un mundo plano y redondo
La historia evoluciona y cambia los puntos de vista respecto del Descubrimiento y la forma de la Tierra.


Imagen
Cristóbal Colón

por roberto villalobos y
juan carlos lemus

Cuando el hombre vio hacia el horizonte, seguramente se preguntó, muchas veces, qué habría detrás de aquella línea oceánica que tantos barcos se había tragado.

La inmensidad, desde tiempos remotos, estaba circunscrita al cielo, la tierra y el mar.

Durante la Edad Media —del siglo V al XV— se agudizaron los fundamentos de la religión cristiana para el mundo occidental. El libro del Génesis relata la historia de la creación, donde Adán y Eva, en el huerto del Edén, son el centro de la Tierra. Con el tiempo, sucedió la su expulsión del Paraíso, llegaron Caín y Abel, más tribus y razas, la Torre de Babel, el Arca de Noé, y la forma que tenía la Tierra siguió siendo un misterio.

Varias teorías y especulaciones, de lo más variopintas, motivaron la condena eclesiástica, pues era pecado que el ser humano investigara por su cuenta qué había más allá de lo que la Iglesia le diera a conocer.

Se ha llegado a afirmar que en tiempos de Cristóbal Colón se creía que la Tierra era plana, que reposaba sobre cuatro elefantes que, a su vez, estaban parados sobre una tortuga gigante. No obstante, la difusión popular de tales creencias, y algunos estudios en los últimos años, han comprobado que tanto el llamado Descubridor como otros exploradores ya tenían la idea clara de la redondez de la Tierra. Además, existe la probabilidad de que no haya sido Colón el descubridor de América. Antes de él, otros ya habían visitado estas tierras.

Para empezar, solo la página de la comunidad Ateísmo Ético (www.ethicalatheist. com) documenta más de 50 fuentes sobre el pensamiento histórico referente a la forma terrestre, desde hace siete mil años hasta el siglo XX.

El estudio es cronológico y explica puntos de vista en los que no necesariamente se habla de que la Tierra fuera plana, sino que muchos filósofos antes de Cristo postularon que podía ser esférica o cilíndrica.

Los sumerios, por ejemplo (actualmente el sur de Iraq) una de las primeras civilizaciones del mundo, desarrollaron el concepto de que el universo tenía muchas capas. Un escrito de aproximadamente cinco mil años a. C., dice: “La frontera entre el cielo y la tierra es un sólido (tal vez de estaño), una bóveda, y la Tierra es un disco plano. Dentro de la bóveda se encuentra un gas llamado ‘Lil’ o atmósfera. Su parte más brillante es la que forma a las estrellas, los planetas, el Sol y la Luna”. (Ontario Consultants, www.religioustolerance.org).

Thales de Mileto (circa 639-547 a. C.), considerado el primer filósofo de la historia y protector de Pitágoras, creía que la Tierra era plana. “Un disco circular flotando como un trozo de madera en el océano”. Su indagación racional permeó en su discípulo, quien introdujo el famoso concepto de “antípodas”. Es decir, Pitágoras fue el primero en afirmar que las personas podían vivir en el lado opuesto del mundo.

El estudio Pythagoras of Samos, de la Universidad de San Andrews, Escocia, afirma: “La primera postulación que se tiene, posiblemente, de que la Tierra es redonda, es a partir de Pitágoras (500 a. C.), quien enseñó que la Tierra era una esfera en el centro del Universo”.

De igual manera, Aristóteles y los astrónomos griegos en general sabían que la Tierra era redonda. Es muy posible que sus afirmaciones partieobservación de los eclipses, pero, además, el que al alejarse de la playa, un barco se perdía, pero sus velas permanecían visibles durante bastante más tiempo.

Eratóstenes, nacido en el 276 a. C., en su tratado titulado Geogra phika , calculó la circunferencia de la Tierra a unos 40 mil kilómetros. Una medida casi exacta. Esos y otros estudios, sin embargo, fueron negados muchas veces, años más tarde, como lo hizo Tito Lucrecio Carus (50 a. C.), al afirmar en su libro Sobre la naturaleza de las cosas que era imposible que la Tierra fuera redonda, puesto que “no puede caerse de la tierra al cielo”.

La Biblia habla de “los cuatro confines de la Tierra” (Isaías 11:12). En el Apocalipsis dice que cuatro ángeles estaban “en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra” (7:1). Las referencias abundan, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

El matemático y astrónomo Claudio Ptolomeo (aproximadamente 100-175 d. C.), compiló varios mapas que tuvo a su alcance en la legendaria biblioteca de Alejandría. Su obra muestra gráficas del mundo entonces conocido. Fue él, precisamente, quien utilizó términos tales como latitud y longitud, que se usan en la actualidad.

Se sabe que durante la Edad Media, fue ridiculizada y condenada la idea de que la Tierra podría ser redonda. Pero, además de eso, junto con la idea de que del otro lado podrían existir vegetaciones y lagos extraños, surge la idea de que era habitada por monstruos. Juan de Mandeville (nacido en Lieja y fallecido en 1372) aprovechó el disparate y escribió uno de los más interesantes libros de viajes encontrados en la historia de la literatura fantástica. Titulado Libro de las maravillas del mundo, describe su viaje que duró 34 años, en el cual “vio” monstruos en otros lugares del planeta. Según él, los confines —India, Asia y China— eran habitados por hombres con cabeza de perro; en otras islas vivían seres cuyas manos tenían seis dedos, y en la cara cuatro ojos y dos narices. Había un rey con más de mil mujeres. Cuenta de elefantes que cargaban castillos, desde los cuales combatían los guerreros; “todo esto que he visto yo lo he visto de mis ojos, lo cual tengo en mayor maravilla que otra cosa ninguna que haya visto yo en el mundo”.

Una de las narraciones, sobre la Tierra de los pigmeos, relata: “Las personas chicas no tienen sino tres palmos de alto y son gentiles y graciosos; y como son de medio año, engendran hombres y mujeres, y no viven sino seis años”.

También existen, según él, caníbales: “Una isla que ha nombre Milo, donde hay de las más malvadas gentes que pueden ser por el mundo, porque ellos no se deleitan en otra cosa sino batallar o guerrear y matar unos a otros, y especialmente en matar los indios y extranjeros, porque ellos comen más de grado carne de hombre que otra cosa alguna”. (Capítulo VI).

Hombres que comían culebras, elefantes azules, un lago que se formó de las lágrimas que derramaron, durante cien años, Adán y Eva desde que fueron expulsados del paraíso, y sitios en donde “el padre come al hijo y el marido a la mujer y la mujer al marido”, puesto que, si uno de ellos está enfermo, un capellán mandará sanarlo o devorarlo.

En la presentación al libro, editado por Estela Pérez Bosch, que se basa en la edición de Joan Navarro de 1540, se hace énfasis en la “huella de Mandeville (la del Libro de las maravillas del mundo) en la obra de Colón y sus anotaciones al margen del ejemplar que tuvo en su biblioteca”.

Teorías, fantasías, negaciones, todo cupo en la imaginación cuando se pensó en la forma que tiene la Tierra. Lo cierto es que con la llegada de Cristóbal Colón a América —quien no fue el primero en llegar, como veremos —, la historia de occidente cambia de rumbo.

El último en llegar

La historia de Cristóbal Colón y sus 90 hombres a bordo de tres carabelas, que juntos descubrieron el Nuevo Mundo, es de todos conocida como para volver a escribirla. Pero hay algunas especulaciones poco difundidas que giran alrededor del famoso almirante. Por una parte, algunos opinan que no era genovés —versión prácticamente ya muy conocida—, sino que era portugués; otros investigadores, incluso, aseguran que era catalán, pues todos sus escritos están en esa lengua.

Lo cierto es que Colón no descubrió América; al contrario, fue el último en llegar, pero, irónicamente, ostenta el título de ser el primero. De hecho, antes de él, llegaron —hace miles de años— los nómadas que cruzaron el congelado estrecho de Bering y empezaron la población del continente. De igual manera, otras teorías aseveran que fenicios, romanos, chinos o africanos se le adelantaron.

Así como hay conjeturas acerca de los primeros descubridores, también hubo sabios que, con base en estudios científicos, supusieron la esfericidad de la Tierra y, por lo tanto, se podía llegar desde Europa a Las Indias a través del mar.

A pesar de los numerosos pueblos que afirman haber tocado tierra americana, lo cierto es que nunca se tuvo conciencia de su descubrimiento. Colón, así, se convertiría en leyenda y héroe de la importante hazaña aventurera.

El descubridor anónimo

Hay un Cristóbal Colón que vive en la leyenda y en la poesía, y otro en la realidad y en la historia, menciona el investigador David Vela en su libro El mito de Colón (Guatemala, colección Encuentro de dos mundos, volumen 3).

Basados en documentos del siglo XVI, los historiadores afirman que el navegante estaba seguro de que llegaría a Las Indias porque tenía información secreta de otros navegantes.

Se cuenta que había un piloto desconocido —quizás portugués, vizcaíno o andaluz— que ya había estado en el Caribe; algunos sostienen que su nombre era Alonso Sánchez.

Aunque se desconozca su verdadero nombre —si es que es cierta la leyenda —, este piloto anónimo, en 1484, viajó de España a las Islas Canarias y Madera, pero a mitad de viaje fue sorprendido por un fuerte temporal que duró 28 ó 29 días. Sin rumbo, llegó a una isla desconocida, se supone que pudo ser a algún lugar de República Dominicana y Haití.

A su regreso a las Canarias, solo sobrevivían entre cuatro y seis hombres. Al final, el piloto anónimo llegó a Portugal, en donde entonces residía Colón, quien se hizo cargo del enfermo y moribundo —quizás por sífilis— hasta el final de sus días. En agradecimiento, le entregó al genovés los documentos del viaje. “En el tiempo en que vivió el buen Alonso Sánchez (o el piloto anónimo), le dio cuenta a Colón de todo lo que había pasado en la ida y vuelta, y de la isla donde había llegado, entregándole papeles, que en el viaje había hecho”, se narra en la obra de Fernando Pizarro y Orellana en su libro Varones ilustres del Nuevo Mundo, escrito en 1603.

Se dice, además, que Sánchez conocía a la congregación dominica de La Rábida, adonde, posteriormente, había llegado Colón a pedir ayuda para obtener una audiencia con los reyes Fernando e Isabel. Asimismo, los investigadores explican que Colón había tenido otras cartas de navegación por medio de su suegra, cuyo esposo era un importante navegante.

Los historiadores, refuerzan sus teorías apoyándose en el hecho de que Colón, si hubiera navegado en línea recta desde el puerto de Palos, habría atracado en las costas de Estados Unidos. Sin embargo, bajó a las Canarias y aún descendió ligeramente hacia el sur, como le habría mencionado el piloto desconocido. Lo que Colón buscaba, en realidad, era Cipango (Japón), una región rica en oro. El almirante desconocía que ese territorio era la isla de La Española.

Nuevas enfermedades

El encuentro de los descubridores europeos con los nativos americanos dejó un resultado médico desfavorable para ambos. De esa cuenta, Colón y sus hombres trajeron al Nuevo Mundo el tétanos, el tifo, la tifoidea, la difteria, la influenza, la neumonía, la tos ferina, la disentería y la viruela; asimismo, durante las campañas de la conquista, introdujeron la malaria y la triquinosis. Mientras tanto, los españoles contrajeron el bacilo de la sífilis, una enfermedad que estaba expandida entre los indígenas americanos desde hacía varias generaciones. Por esa razón, la sífilis se propagó por toda Europa, siendo un problema para la salud pública durante unos 400 años.

Además de las enfermedades, los europeos al mando de Colón fueron crueles, sanguinarios. Mientras los nativos los recibían con obsequios de todo tipo —entre oro, animales exóticos o productos inexistentes en el Viejo Continente, como el cacao, el tomate o el chile—, los invasores les cortaban las manos o hacían concursos para ver quién podía partir en dos, de un solo sablazo, a algún indígena. Algunas crónicas también apuntan que los recién nacidos eran lanzados a los perros.

Enfermo de sífilis —según muchos historiadores —, Colón aún tuvo fuerzas para regresar a Las Indias, y ser precursor de otras barbaries como decapitar y sacrificar en hogueras a miles de nativos. Engrilletado después de su tercer viaje, llegó a España mostrando signos de demencia, semejantes a la sífilis en su etapa terciaria. Durante su cuarto y último viaje (1502), casi no tenía fuerzas y aseguraba tener visiones divinas. Antes de morir, estuvo postrado en cama con parálisis en las extremidades, hinchazón corporal, desvaríos mentales y daños cardiovasculares; signos clásicos de la enfermedad venérea.

Debido a los tintes de reverencia que se le quisieron atribuir a Colón, su grave caso clínico fue ignorado por los historiadores; sin embargo, de encontrarse la verdadera osamenta de Colón —que algunos dicen que está en Sevilla y otros que en Santo Domingo, República Dominicana— daría la prueba definitiva de su padecimiento.

Chinos en América

En el libro Liangshu (Historia de la dinastía Liang), en el año 412 de nuestra era, dice que un monje budista (quizás Hui Shen o Fa Hsieng) y otros religiosos desembarcaron en las costas americanas, tal vez en lo que hoy es Acapulco.

Las crónicas chinas narran que emprendieron un viaje hacia la India con el fin de visitar otros templos budistas. A su regreso, en el mar de China meridional, un tifón ocasionó que la embarcación llegara hasta el este. El texto y otras referencias chinas mencionan un territorio denominado como Fusang (país del este), quizás América.

Invasión vikinga

Al noruego Erick El Rojo se le atribuyen atrocidades en Islandia, razón por la cual fue desterrado de aquel territorio junto con sus hombres. Con su precipitada huida, llegó a Groenlandia y, desde allí, navegó hasta las costas orientales de América del Norte, entre 985 y 990 d. de C. Según los historiadores, los escandinavos llegaron a Labrador y Terranova (Canadá) y las costas de Massachusetts, Estados Unidos.

Aventureros africanos

Gao, un sultán musulmán de Guinea (África), mandó a construir una flota para averiguar si había tierra al otro lado del Océano Atlántico. Nunca regresó. Esta referencia procede de Mussa, el sucesor de Gao. Esto sucedió alrededor de 1300.

El cronista español Fernández de Oviedo, contemporáneo de Colón, aseguró que los nativos llamaban quevi a los caciques. Dicha palabra, en árabe, significa “grande”. Además, el escritor afirmó que aquellas personas rezaban en mezquitas. ¿Algún día llegó Gao a las tierras americanas?

Al mismo tiempo que el sultán de Guinea, el pueblo mandinga de África occidental se lanzó a idéntica aventura, con el rey Abubakari II al frente de dos mil canoas. Se cuenta que llegó hasta Recife, en Brasil. De ser cierto, ése sería el primer éxodo masivo de negros a América.

Como las citadas, hoy día muchas otras hipótesis continúan siendo investigadas. Lo cierto es que, así como finalmente se pudo probar la redondez de la Tierra, también es verdad que solo después de los viajes de Colón el mundo supo de la hasta entonces desconocida y exótica América.

  • Arqueólogos descubrieron la presunta presencia de fenicios cerca del 100 a. C., en Mount Hope, Rhode Island (EE. UU.).
  • Entre el siglo I a. C. y el IV de nuestra era, los romanos pudieron haber navegado hasta América. La teoría se sustenta en el descubrimiento de monedas romanas acuñadas en ese tiempo en México, Costa Rica y Venezuela.
  • En la zona arqueológica de Tecaxic-Calixtlahuaca (México) se descubrió una pequeña cabeza de barro de origen romano, que data del 200 d. C.
  • El mapamundi de Martellus —hecho en 1489 por el cartógrafo al servicio del Vaticano, el alemán Henricus Martellus— es un raro documento en el que se muestra una “cuarta península asiática”, muy semejante al perfil de América. La autenticidad del mapa aún se discute.
  • En 1998 se descubrió en Cuba un esqueleto que fue datado en el 800 d. C. Los médicos forenses afirmaban que aquella persona había padecido lepra. Lo curioso es que en la América de ese tiempo no existía esa enfermedad.

   

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