De viaje por un
mundo plano
y redondo
La historia evoluciona y cambia
los puntos de vista respecto
del Descubrimiento y la forma de la Tierra.

Cristóbal Colón
por roberto villalobos y
juan carlos lemus
Cuando el hombre vio hacia
el horizonte, seguramente
se preguntó, muchas veces,
qué habría detrás de
aquella línea oceánica que
tantos barcos se había tragado.
La inmensidad, desde tiempos remotos,
estaba circunscrita al cielo, la
tierra y el mar.
Durante la Edad Media —del siglo
V al XV— se agudizaron los fundamentos
de la religión cristiana para
el mundo occidental. El libro del Génesis
relata la historia de la creación,
donde Adán y Eva, en el huerto del
Edén, son el centro de la Tierra. Con el
tiempo, sucedió la su expulsión del
Paraíso, llegaron Caín y Abel, más
tribus y razas, la Torre de Babel, el
Arca de Noé, y la forma que tenía la
Tierra siguió siendo un misterio.
Varias teorías y especulaciones, de
lo más variopintas, motivaron la condena
eclesiástica, pues era pecado que
el ser humano investigara por su cuenta
qué había más allá de lo que la
Iglesia le diera a conocer.
Se ha llegado a afirmar que en
tiempos de
Cristóbal Colón
se creía
que la Tierra
era plana, que
reposaba sobre
cuatro
elefantes que,
a su vez, estaban
parados
sobre una tortuga
gigante. No obstante, la difusión
popular de tales creencias, y algunos
estudios en los últimos años, han comprobado
que tanto el llamado Descubridor
como otros exploradores ya
tenían la idea clara de la redondez de
la Tierra. Además, existe la probabilidad
de que no haya sido Colón el
descubridor de América. Antes de él,
otros ya habían visitado estas tierras.
Para empezar, solo la página de la
comunidad Ateísmo Ético (www.ethicalatheist.
com) documenta más de
50 fuentes sobre el pensamiento histórico
referente a la forma terrestre,
desde hace siete mil años hasta el siglo
XX.
El estudio es cronológico y
explica puntos de vista en los
que no necesariamente se habla
de que la Tierra fuera plana,
sino que muchos filósofos
antes de Cristo postularon que podía
ser esférica o cilíndrica.
Los sumerios, por ejemplo (actualmente
el sur de Iraq) una de las
primeras civilizaciones del mundo,
desarrollaron el concepto de que el
universo tenía muchas capas. Un escrito
de aproximadamente cinco mil
años a. C., dice: “La frontera entre el
cielo y la tierra es un sólido (tal vez de
estaño), una bóveda, y la Tierra es un
disco plano. Dentro de la bóveda se
encuentra un gas llamado ‘Lil’ o atmósfera.
Su parte más brillante es la
que forma a las estrellas, los planetas,
el Sol y la Luna”. (Ontario Consultants,
www.religioustolerance.org).
Thales de Mileto (circa 639-547 a.
C.), considerado el primer filósofo de
la historia y protector de Pitágoras,
creía que la Tierra era plana. “Un disco
circular flotando como un trozo de
madera en el océano”. Su indagación
racional permeó en su discípulo, quien
introdujo el famoso concepto de “antípodas”.
Es decir, Pitágoras fue el
primero en afirmar que las personas
podían vivir en el lado opuesto del
mundo.
El estudio Pythagoras of Samos, de
la Universidad de San Andrews, Escocia,
afirma: “La primera postulación
que se tiene, posiblemente, de que la
Tierra es redonda, es a partir de Pitágoras
(500 a. C.), quien enseñó que la
Tierra era una esfera en el centro del
Universo”.
De igual manera, Aristóteles y los
astrónomos griegos en general sabían
que la Tierra era redonda. Es muy
posible que sus afirmaciones partieobservación de los eclipses, pero,
además, el que al alejarse de la playa,
un barco se perdía, pero sus velas
permanecían visibles durante bastante
más tiempo.
Eratóstenes, nacido en el 276 a. C.,
en su tratado titulado Geogra phika ,
calculó la circunferencia de la Tierra
a unos 40 mil kilómetros. Una medida
casi exacta. Esos y otros estudios,
sin embargo, fueron negados
muchas veces, años más tarde, como
lo hizo Tito Lucrecio Carus (50 a. C.),
al afirmar en su libro Sobre la naturaleza
de las cosas que era imposible
que la Tierra fuera redonda,
puesto que “no puede caerse de la
tierra al cielo”.
La Biblia habla de
“los cuatro confines de
la Tierra” (Isaías 11:12).
En el Apocalipsis dice que
cuatro ángeles estaban “en pie sobre
los cuatro ángulos de la tierra” (7:1).
Las referencias abundan, tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento.
El matemático y astrónomo Claudio
Ptolomeo (aproximadamente
100-175 d. C.), compiló varios mapas
que tuvo a su alcance en la legendaria
biblioteca de Alejandría. Su obra
muestra gráficas del mundo entonces
conocido. Fue él, precisamente,
quien utilizó términos tales
como latitud y longitud, que se
usan en la actualidad.
Se sabe que durante la Edad Media,
fue ridiculizada y condenada la idea
de que la Tierra podría ser redonda.
Pero, además de eso, junto con la idea
de que del otro lado podrían existir
vegetaciones y lagos extraños, surge
la idea de que era habitada por monstruos.
Juan de Mandeville (nacido en
Lieja y fallecido en 1372) aprovechó el
disparate y escribió
uno de los más
interesantes libros
de viajes encontrados
en la historia
de la literatura fantástica.
Titulado
Libro de las maravillas
del mundo,
describe su viaje
que duró 34 años, en el cual “vio”
monstruos en otros lugares del planeta.
Según él, los confines —India,
Asia y China— eran habitados por
hombres con cabeza de perro; en
otras islas vivían seres cuyas manos
tenían seis dedos, y en la cara cuatro
ojos y dos narices. Había un rey con
más de mil mujeres. Cuenta de elefantes
que cargaban castillos, desde
los cuales combatían los guerreros;
“todo esto que he visto yo lo he visto
de mis ojos, lo cual tengo en mayor
maravilla que otra cosa ninguna que
haya visto yo en el mundo”.
Una de las narraciones, sobre la
Tierra de los pigmeos, relata: “Las
personas chicas no tienen sino tres
palmos de alto y son gentiles y graciosos;
y como son de medio año,
engendran hombres y mujeres, y no
viven sino seis años”.
También existen, según él, caníbales:
“Una isla que ha nombre Milo,
donde hay de las más malvadas gentes
que pueden ser por el mundo, porque
ellos no se deleitan en otra cosa sino
batallar o guerrear y matar unos a
otros, y especialmente en matar los
indios y extranjeros, porque ellos comen
más de grado carne de hombre
que otra cosa alguna”. (Capítulo VI).
Hombres que comían culebras, elefantes
azules, un lago que se formó de
las lágrimas que derramaron, durante
cien años, Adán y Eva desde que fueron
expulsados del paraíso, y sitios en
donde “el padre come al hijo y el
marido a la mujer y la mujer al marido”,
puesto que, si uno de ellos está enfermo,
un capellán mandará sanarlo o
devorarlo.
En la presentación al libro, editado
por Estela Pérez Bosch, que se basa en
la edición de Joan Navarro de 1540, se
hace énfasis en la “huella de Mandeville
(la del Libro de las maravillas
del mundo) en la obra de Colón y sus
anotaciones al margen del ejemplar
que tuvo en su biblioteca”.
Teorías, fantasías, negaciones, todo
cupo en la imaginación cuando se
pensó en la forma que tiene la Tierra.
Lo cierto es que con la llegada de
Cristóbal Colón a América —quien no
fue el primero en llegar, como veremos —, la historia de occidente cambia
de rumbo.
El último
en llegar
La historia de Cristóbal
Colón y sus 90
hombres a bordo de tres
carabelas, que juntos
descubrieron el Nuevo
Mundo, es de todos conocida
como para volver
a escribirla. Pero hay algunas especulaciones
poco difundidas que giran
alrededor del famoso almirante.
Por una parte, algunos opinan que no
era genovés —versión prácticamente
ya muy conocida—, sino que era portugués;
otros investigadores, incluso,
aseguran que era catalán, pues todos
sus escritos están en esa lengua.
Lo cierto es que Colón no descubrió
América; al contrario, fue el último en
llegar, pero, irónicamente, ostenta el
título de ser el primero. De hecho,
antes de él, llegaron —hace miles de
años— los nómadas que cruzaron el
congelado estrecho de Bering y empezaron
la población del continente.
De igual manera, otras teorías aseveran
que fenicios, romanos, chinos o
africanos se le
adelantaron.
Así como hay
conjeturas acerca
de los primeros
descubridores,
también hubo
sabios que,
con base en estudios
científicos,
supusieron
la esfericidad de la Tierra y, por lo tanto, se podía llegar
desde Europa a Las Indias a través del
mar.
A pesar de los numerosos pueblos
que afirman haber tocado tierra americana,
lo cierto es que nunca se tuvo
conciencia de su descubrimiento. Colón,
así, se convertiría en leyenda y
héroe de la importante hazaña aventurera.
El descubridor anónimo
Hay un Cristóbal Colón que vive en la
leyenda y en la poesía, y otro en la
realidad y en la historia, menciona el
investigador David Vela en su libro El
mito de Colón (Guatemala, colección
Encuentro de dos mundos, volumen 3).
Basados en documentos del siglo
XVI, los historiadores afirman que el
navegante estaba seguro de que llegaría
a Las Indias porque tenía información
secreta de otros navegantes.
Se cuenta que había un piloto desconocido
—quizás portugués, vizcaíno o
andaluz— que ya había estado en el
Caribe; algunos sostienen que su nombre
era Alonso Sánchez.
Aunque se desconozca su verdadero
nombre —si es que es cierta la leyenda —, este piloto anónimo, en 1484,
viajó de España a las Islas Canarias y
Madera, pero a mitad de viaje fue sorprendido
por un fuerte temporal que
duró 28 ó 29 días. Sin rumbo, llegó a una
isla desconocida, se supone que pudo
ser a algún lugar de República Dominicana
y Haití.
A su regreso a las Canarias, solo
sobrevivían entre cuatro y seis hombres.
Al final, el piloto anónimo llegó a Portugal,
en donde entonces residía Colón,
quien se hizo cargo del enfermo y moribundo
—quizás por sífilis— hasta el
final de sus días. En agradecimiento, le
entregó al genovés los documentos del
viaje. “En el tiempo en que vivió el buen
Alonso Sánchez (o el piloto anónimo), le
dio cuenta a Colón de todo lo que había
pasado en la ida y vuelta, y de la isla
donde había llegado, entregándole papeles,
que en el viaje había hecho”, se
narra en la obra de Fernando Pizarro y
Orellana en su libro Varones ilustres del
Nuevo Mundo, escrito en 1603.
Se dice, además, que Sánchez conocía
a la congregación dominica de La Rábida,
adonde, posteriormente, había llegado Colón
a pedir ayuda para obtener una audiencia
con los reyes Fernando e Isabel.
Asimismo, los investigadores
explican
que Colón había tenido
otras cartas de
navegación por medio
de su suegra, cuyo esposo
era un importante
navegante.
Los historiadores,
refuerzan sus teorías apoyándose en el
hecho de que Colón, si hubiera navegado
en línea recta desde el puerto de Palos,
habría atracado en las costas de Estados
Unidos. Sin embargo, bajó a las Canarias
y aún descendió ligeramente hacia el
sur, como le habría mencionado el piloto
desconocido. Lo que Colón buscaba, en
realidad, era Cipango (Japón), una región
rica en oro. El almirante desconocía
que ese territorio era la isla de La
Española.
Nuevas enfermedades
El encuentro de los descubridores
europeos con los nativos americanos
dejó un resultado médico desfavorable
para ambos. De esa cuenta, Colón y sus
hombres trajeron al Nuevo Mundo el
tétanos, el tifo, la tifoidea, la difteria, la
influenza, la neumonía, la tos ferina, la
disentería y la viruela; asimismo, durante
las campañas de la conquista, introdujeron
la malaria y la triquinosis.
Mientras tanto, los españoles contrajeron
el bacilo de la sífilis, una enfermedad
que estaba expandida entre
los indígenas americanos desde hacía
varias generaciones. Por esa razón, la
sífilis se propagó por toda Europa, siendo
un problema para la salud pública
durante unos 400 años.
Además de las enfermedades, los europeos
al mando de Colón fueron crueles,
sanguinarios. Mientras los nativos
los recibían con obsequios de todo tipo
—entre oro, animales exóticos o productos
inexistentes en el Viejo Continente,
como el cacao, el tomate o el
chile—, los invasores les cortaban las
manos o hacían concursos para ver
quién podía partir en dos, de un solo
sablazo, a algún indígena. Algunas crónicas
también apuntan que los recién
nacidos eran lanzados a los perros.
Enfermo de sífilis —según muchos
historiadores —, Colón aún tuvo fuerzas
para regresar a Las Indias, y ser precursor
de otras barbaries como decapitar
y sacrificar en hogueras a miles de
nativos. Engrilletado después de su tercer
viaje, llegó a España mostrando signos
de demencia, semejantes a la sífilis
en su etapa terciaria. Durante su cuarto y
último viaje (1502), casi no tenía fuerzas
y aseguraba tener visiones divinas. Antes
de morir, estuvo postrado en cama
con parálisis en las extremidades, hinchazón
corporal, desvaríos mentales y
daños cardiovasculares; signos clásicos
de la enfermedad venérea.
Debido a los tintes de reverencia que
se le quisieron atribuir a Colón, su grave
caso clínico fue ignorado por los historiadores;
sin embargo, de encontrarse
la verdadera osamenta de Colón —que
algunos dicen que está en Sevilla y otros
que en Santo Domingo, República Dominicana—
daría la prueba definitiva de su padecimiento.
Chinos en América
En el libro Liangshu (Historia de la
dinastía Liang), en el año 412 de nuestra
era, dice que un monje budista (quizás
Hui Shen o Fa Hsieng) y otros religiosos
desembarcaron en las costas americanas,
tal vez en lo que hoy es Acapulco.
Las crónicas chinas narran que emprendieron
un viaje hacia la India con el
fin de visitar otros templos budistas. A
su regreso, en el mar de China meridional,
un tifón ocasionó que la embarcación
llegara hasta el este. El texto y
otras referencias chinas mencionan un
territorio denominado como Fusang
(país del este), quizás América.
Invasión vikinga
Al noruego Erick El Rojo se le atribuyen
atrocidades en Islandia, razón
por la cual fue desterrado de aquel
territorio junto con sus hombres. Con
su precipitada huida, llegó a
Groenlandia y, desde allí, navegó hasta
las costas orientales de América del
Norte, entre 985 y 990 d. de C. Según
los historiadores, los escandinavos
llegaron a Labrador y Terranova (Canadá)
y las costas de Massachusetts,
Estados Unidos.
Aventureros africanos
Gao, un sultán musulmán de Guinea
(África), mandó a construir una flota para
averiguar si había tierra al otro lado del
Océano Atlántico. Nunca regresó. Esta
referencia procede de Mussa, el sucesor de
Gao. Esto sucedió alrededor de 1300.
El cronista español Fernández de
Oviedo, contemporáneo de Colón, aseguró
que los nativos llamaban quevi a
los caciques. Dicha palabra, en árabe,
significa “grande”. Además, el escritor
afirmó que aquellas personas rezaban
en mezquitas. ¿Algún día llegó Gao a las
tierras americanas?
Al mismo tiempo que el sultán de
Guinea, el pueblo mandinga de África
occidental se lanzó a idéntica aventura,
con el rey Abubakari II al frente de dos mil
canoas. Se cuenta que llegó hasta Recife,
en Brasil. De ser cierto, ése sería el primer
éxodo masivo de negros a América.
Como las citadas, hoy día muchas
otras hipótesis continúan siendo investigadas.
Lo cierto es que, así como
finalmente se pudo probar la redondez
de la Tierra, también es verdad que solo
después de los viajes de Colón el mundo
supo de la hasta entonces desconocida
y exótica América.
- Arqueólogos descubrieron la presunta presencia
de fenicios cerca del 100 a. C., en
Mount Hope, Rhode Island (EE. UU.).
- Entre el siglo I a. C. y el IV de nuestra era,
los romanos pudieron haber navegado hasta
América. La teoría se sustenta en el descubrimiento
de monedas romanas acuñadas
en ese tiempo en México, Costa Rica y Venezuela.
- En la zona arqueológica de Tecaxic-Calixtlahuaca
(México) se descubrió una pequeña
cabeza de barro de origen romano, que data
del 200 d. C.
- El mapamundi de Martellus —hecho en
1489 por el cartógrafo al servicio del Vaticano,
el alemán Henricus Martellus— es un raro
documento en el que se muestra una “cuarta
península asiática”, muy semejante al perfil
de América. La autenticidad del mapa aún se
discute.
- En 1998 se descubrió en Cuba un esqueleto
que fue datado en el 800 d. C. Los médicos
forenses afirmaban que aquella persona había
padecido lepra. Lo curioso es que en la América
de ese tiempo no existía esa enfermedad.
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