Semanario de Prensa Libre • No. 223 • 12 de Octubre de 2008

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En tercera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D bebidas
   > D portafolio
   > D deporte
   > D fondo
   > D turismo
   > D mundo
   > D recomendación
   > D farandula
   > D viaje
   > D Punto final

 


D mundo

En la época de la América rusa
Durante más de un siglo, los zares reinaron sobre la tierra americana.

POR SÉBASTIEN PERROT-MINNOT

“El saber es una buena cosa, y el fundamento de todo el resto y, en cierta forma, la raíz, la semilla, y el primer principio de todo lo que es bueno y útil en la Iglesia como en el Estado.” Esta sólida convicción del zar Pedro I, el Grande influenció de forma profunda su largo y brillante reino (1682-1725). En 1724, el ilustrado reformador del Estado ruso fundó en San Petersburgo, la espléndida capital barroca que había hecho construir, la Academia Imperial de las Ciencias y las Artes. El filósofo francés Voltaire cuenta, en sus Anécdotas sobre el zar Pedro el Grande (1748), que el soberano “iba a menudo a la casa de un geógrafo, con el cual hacía mapas marítimos.” En estas condiciones, ¿cómo extrañarnos que este “Imperador de todas las Rusias ” haya estado al origen de la extraordinaria aventura que daría lugar a la América rusa?

El siglo XVIII fue marcado por la difusión planetaria de la filosofía de la Ilustración y un prodigioso desarrollo de las exploraciones científicas. En este contexto, la Academia de las Ciencias y las Artes de San Petersburgo y el zar Pedro el Grande no podían evitar sentir una creciente curiosidad por los misteriosos confines orientales del vasto territorio ruso. Y una pregunta acosaba sin cesar las mentes curiosas: ¿estarían conectados los continentes asiáticos y americanos?

En su último año de vida, el zar Pedro I ordenó una exploración del extremo oriente ruso, pero el gobernante rendiría su último soplo antes de la partida de la expedición, cuyo mando le correspondió al oficial danés Vitus Jonassen Bering.

En un periplo digno de una novela de Julio Verne, el capitán Bering y su reducida tropa de 33 hombres recorrieron en tres años los siete mil 200 km que separaban el resplandeciente San Petersburgo de la austera península de Kamchatka, situada entre el mar de Ojotsk y el océano Pacífico. Allí, Bering hizo construir un navío con el cual zarpó hacia el norte, rebasando el círculo polar ártico. Pudo constatar que Asia y América eran separadas por el mar, pero la niebla no le permitió divisar el Nuevo Mundo.

En 1732, el gobierno ruso montó una nueva expedición que tendría que dividirse en dos para reconocer, por un lado, las costas del mar de Ojotsk, y por el otro, las costas americanas hasta México. El equipo encabezado por Bering debería reivindicar para Rusia la parte noroeste de América.

El incansable capitán danés dejó Kamchatka en junio de 1741 y, un mes más tarde percibió, al fin, la tierra de Alaska. Tomó posesión, en nombre de su patria, del territorio y de varias islas cercanas. Poco después, un compañero de Bering, Aleksei Ilych Chirikov, exploró otra parte del litoral de Alaska, más al sur.

En noviembre, en el viaje de regreso a Kamchatka, el barco mandado por Bering encalló en una isla que sería la última morada del danés y 18 de sus hombres. Para las culturas orientales, el blanco es el color del luto. En medio del implacable invierno nórdico, la nieve se convierte rápido en una blanca mortaj.

Chirikov, no obstante, logró regresar a San Petersburgo y proveyó valiosas informaciones sobre el en adelante denominado “estrecho de Bering”, las comarcas exploradas y sus riquezas naturales, especialmente las pieles que no tardarían a atraer a ávidos comerciantes rusos. En 1784 fue fundada la primera colonia rusa en Alaska y en 1799 nació la Compañía Rusa de América. Siendo siempre laboriosos e interminables los viajes por tierra desde San Petersburgo, el zar Alejandro I ordenó, a principios del siglo XIX, una empresa audaz que resultaría exitosa: el reabastecimiento de las factorías por vía marítima. Para este propósito, los oficiales Lisiansky y Krusenstern efectuaron, de 1803 a 1806, una vuelta del mundo, partieron del mar Báltico y pasaron por el temido cabo Horn y las atractivas islas Hawái.

Los siguientes años vieron un desarrollo de la expansión rusa a lo largo de la costa noroeste del continente americano, en los territorios actuales de Canadá (Provincia de Colombia Británica) y Estados Unidos (Estados de Alaska, Washington, Oregón y California). El asentamiento más meridional de la “América rusa”, Fort Ross (“Fuerte Ross”), estaba situado a 150 Km al norte de la bahía de San Francisco. Se trataba, esencialmente, de una colonia agrícola destinada al sustento de las comunidades establecidas en la ingrata Alaska. Más allá de Fort Ross,se sabe que los rusos entablaron contactos con las misiones católicas españolas del sur de California.


La catedral San Miguel, construida en la isla de Sitka (Alaska) en 1848, es la primera iglesia ortodoxa de América del Norte (foto: M. Angerman).

Entre América y Asia, los rusos sentían un interés cada vez mayor por Hawái. Después de arduas negociaciones con los gobernantes indígenas, un agente alemán de la Compañía Rusa de América, Georg Antón Schäffer, pudo edificar una factoría y varios fuertes.

La América rusa se extendía, pero en medio de un sinnúmero de problemas. Regularmente estallaban violentos enfrentamientos entre los colonos y los indígenas y varios asentamientos rusos fueron destruidos. En 1817, los miembros y trabajadores de la Compañía Rusa fueron expulsados de Hawái. Además, las colonias estaban muy alejadas de los grandes centros económicos y políticos de Rusia; la distancia dificultaba seriamente la explotación y protección de los nuevos territorios.

A pesar de la construcción de una cuarentena de fuertes, aparecía progresivamente que las garras del águila ruso no podrían retener por mucho tiempo las posesiones americanas. En 1841, Fort Ross, que había perdido de su importancia, fue abandonado. Pero el golpe de gracia a la América Rusa fue dado en 1867, cuando el zar se resignó a vender Alaska a los Estados Unidos, por US$7.2 millones.

La aventura rusa en América, motivada por razones económicas, estratégicas y científicas, fue relativamente corta y se considera que la población de las colonias rusas nunca superó los 40 mil habitantes, entre los cuales había una mayoría de indígenas aleutas, empleados como mano de obra. Sin embargo, no se puede negar que al filo del tiempo se tejió un fuerte vínculo sentimental entre los rusos y sus indomables territorios del Nuevo Mundo. Se cuenta que durante la firma del tratado de traspaso de soberanía, el 18 de octubre de 1867, la esposa del último gobernador ruso de Alaska lloró desconsolada.

Los colonos olvidaron sus pretensiones americanas pero dejaron detrás de ellos un patrimonio que sigue narrando la historia de la América rusa. Declarado Monumento Histórico Nacional de los Estados Unidos en 1961, Fort Ross fue objeto de trabajos de restauración y reconstrucción. En Hawái se pueden apreciar todavía los vestigios de Fort Elizabeth, que la Compañía Rusa había empezado a construir en 1816-1817.

Pero como es de esperar, el legado más importante se encuentra en Alaska, más precisamente en la antigua capital rusa, Novoarkhangelsk, en la isla de Sitka. Allí se pueden visitar, en particular, el Parque Nacional Histórico de Sitka, la Casa del Obispo e iglesias ortodoxas que encierran maravillosos iconos, de los cuales algunos datan del reino de Pedro el Grande.

No solo el patrimonio material nos habla del pasado. En la actual Alaska no faltan las tradiciones y prácticas de origen ruso, y los nombres de Bering y Pedro el Grande siempre surgen en las conversaciones que un visitante puede tener con los habitantes. Las “raíces del saber”, evocadas por el ilustre zar, se hunden profundamente en el duro suelo del 49 estado de los Estados Unidos y siguen manteniendo viva la memoria de la América rusa.

(Agradecimientos a la Embajada de la Federación de Rusia en Guatemala y a Anna Ivanova (Moscú).


   

© Copyright 2008 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com