En la época de la América rusa
Durante
más de un
siglo, los
zares
reinaron
sobre la
tierra americana.
POR SÉBASTIEN PERROT-MINNOT
“El saber es una buena cosa, y el
fundamento de todo el resto y,
en cierta forma, la raíz, la semilla,
y el primer principio de
todo lo que es bueno y útil en
la Iglesia como en el Estado.” Esta
sólida convicción del zar Pedro I, el
Grande influenció de forma profunda
su largo y brillante reino
(1682-1725). En 1724, el ilustrado reformador
del Estado ruso fundó en
San Petersburgo, la espléndida capital
barroca que había hecho construir,
la Academia Imperial de las
Ciencias y las Artes. El filósofo francés
Voltaire cuenta, en sus Anécdotas
sobre el zar Pedro el Grande
(1748), que el soberano “iba a menudo
a la casa de un geógrafo, con el
cual hacía mapas marítimos.” En estas
condiciones, ¿cómo extrañarnos
que este “Imperador de todas las
Rusias ” haya estado al origen de la
extraordinaria aventura que daría lugar
a la América rusa?
El siglo XVIII fue marcado por la
difusión planetaria de la filosofía de
la Ilustración y un prodigioso desarrollo
de las exploraciones científicas.
En este contexto, la Academia
de las Ciencias y las Artes de San
Petersburgo y el zar Pedro el Grande
no podían evitar sentir una creciente
curiosidad por los misteriosos confines
orientales del vasto territorio
ruso. Y una pregunta acosaba sin
cesar las mentes curiosas: ¿estarían
conectados los continentes asiáticos
y americanos?
En su último año de vida, el zar
Pedro I ordenó una exploración del
extremo oriente ruso, pero el gobernante
rendiría su último soplo
antes de la partida de la expedición,
cuyo mando le correspondió al oficial
danés Vitus Jonassen Bering.
En un periplo digno de una novela
de Julio Verne, el capitán Bering y su
reducida tropa de 33 hombres recorrieron
en tres años los siete mil
200 km que separaban el resplandeciente
San Petersburgo de la
austera península de Kamchatka,
situada entre el mar de Ojotsk y el
océano Pacífico. Allí, Bering hizo
construir un navío con el cual zarpó
hacia el norte, rebasando el círculo
polar ártico. Pudo constatar que Asia
y América eran separadas por el mar,
pero la niebla no le permitió divisar
el Nuevo Mundo.
En 1732, el gobierno ruso montó una nueva expedición que tendría
que dividirse en dos para reconocer,
por un lado, las costas del mar de
Ojotsk, y por el otro, las costas
americanas hasta México. El equipo
encabezado por Bering debería reivindicar
para Rusia la parte noroeste
de América.
El incansable capitán danés dejó
Kamchatka en junio de 1741 y, un mes
más tarde percibió, al fin, la tierra de
Alaska. Tomó posesión, en nombre
de su patria, del territorio y de varias
islas cercanas. Poco después, un
compañero de Bering, Aleksei Ilych
Chirikov, exploró otra parte del litoral
de Alaska, más al sur.
En noviembre, en el viaje de regreso
a Kamchatka, el barco mandado
por Bering encalló en una isla
que sería la última morada del danés
y 18 de sus hombres. Para las culturas
orientales, el blanco es el color
del luto. En medio del implacable
invierno nórdico, la nieve se convierte
rápido en una blanca mortaj.
Chirikov, no obstante, logró regresar
a San Petersburgo y proveyó
valiosas informaciones sobre el en
adelante denominado “estrecho de
Bering”, las comarcas exploradas y
sus riquezas naturales, especialmente
las pieles que no tardarían a atraer
a ávidos comerciantes rusos. En 1784
fue fundada la primera colonia rusa
en Alaska y en 1799 nació la Compañía
Rusa de América. Siendo
siempre laboriosos e interminables
los viajes por tierra desde San Petersburgo,
el zar Alejandro I ordenó,
a principios del siglo XIX, una empresa
audaz que resultaría exitosa: el
reabastecimiento de las factorías
por vía marítima. Para este propósito,
los oficiales Lisiansky y Krusenstern
efectuaron, de 1803 a 1806,
una vuelta del mundo, partieron del
mar Báltico y pasaron por el temido
cabo Horn y las atractivas islas Hawái.
Los siguientes años vieron un
desarrollo de la expansión rusa a lo
largo de la costa noroeste del continente
americano, en los territorios
actuales de Canadá (Provincia de
Colombia Británica) y Estados Unidos
(Estados de Alaska, Washington,
Oregón y California). El asentamiento
más meridional de la “América
rusa”, Fort Ross (“Fuerte Ross”),
estaba situado a 150 Km al norte de la
bahía de San Francisco. Se trataba,
esencialmente, de una colonia agrícola
destinada al sustento de las
comunidades establecidas en la ingrata
Alaska. Más allá de Fort Ross,se sabe que los rusos entablaron
contactos con las misiones católicas
españolas del sur de California.

La catedral San Miguel, construida en la isla de Sitka (Alaska) en 1848, es la primera iglesia ortodoxa de América del Norte (foto: M. Angerman).
Entre América y Asia, los rusos
sentían un interés cada vez mayor
por Hawái. Después de arduas negociaciones
con los gobernantes indígenas,
un agente alemán de la
Compañía Rusa de América, Georg
Antón Schäffer, pudo edificar una
factoría y varios fuertes.
La América rusa se extendía,
pero en medio de un sinnúmero de
problemas. Regularmente estallaban
violentos enfrentamientos entre
los colonos y los indígenas y
varios asentamientos rusos fueron
destruidos. En 1817, los miembros y
trabajadores de la Compañía Rusa
fueron expulsados de Hawái. Además,
las colonias estaban muy alejadas
de los grandes centros económicos
y políticos de Rusia; la
distancia dificultaba seriamente la
explotación y protección de los
nuevos territorios.
A pesar de la construcción de
una cuarentena de fuertes, aparecía
progresivamente que las garras del
águila ruso no podrían retener por
mucho tiempo las posesiones americanas.
En 1841, Fort Ross, que
había perdido de su importancia,
fue abandonado. Pero el golpe de
gracia a la América Rusa fue dado
en 1867, cuando el zar se resignó a
vender Alaska a los Estados Unidos,
por US$7.2 millones.
La aventura rusa en América,
motivada por razones económicas,
estratégicas y científicas, fue relativamente
corta y se considera
que la población de las colonias
rusas nunca superó los 40 mil habitantes,
entre los cuales había una
mayoría de indígenas aleutas, empleados
como mano de obra. Sin
embargo, no se puede negar que al
filo del tiempo se tejió un fuerte
vínculo sentimental entre los rusos
y sus indomables territorios del
Nuevo Mundo. Se cuenta que durante
la firma del tratado de traspaso
de soberanía, el 18 de octubre
de 1867, la esposa del último gobernador
ruso de Alaska lloró desconsolada.
Los colonos olvidaron sus pretensiones
americanas pero dejaron
detrás de ellos un patrimonio que
sigue narrando la historia de la
América rusa. Declarado Monumento
Histórico Nacional de los
Estados Unidos en 1961, Fort Ross
fue objeto de trabajos de restauración
y reconstrucción. En Hawái
se pueden apreciar todavía los vestigios
de Fort Elizabeth, que la Compañía
Rusa había empezado a construir
en 1816-1817.
Pero como es de esperar, el legado
más importante se encuentra
en Alaska, más precisamente en la
antigua capital rusa, Novoarkhangelsk,
en la isla de Sitka. Allí se
pueden visitar, en particular, el Parque
Nacional Histórico de Sitka, la
Casa del Obispo e iglesias ortodoxas
que encierran maravillosos iconos,
de los cuales algunos datan del reino
de Pedro el Grande.
No solo el patrimonio material
nos habla del pasado. En la actual
Alaska no faltan las tradiciones y
prácticas de origen ruso, y los nombres
de Bering y Pedro el Grande
siempre surgen en las conversaciones
que un visitante puede tener con
los habitantes. Las “raíces del saber”,
evocadas por el ilustre zar, se hunden
profundamente en el duro suelo
del 49 estado de los Estados Unidos
y siguen manteniendo viva la memoria
de la América rusa.
(Agradecimientos a la Embajada de la Federación de Rusia en Guatemala y a Anna Ivanova (Moscú).
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