Cultura del acceso y la transparencia
Países como
Guatemala
legislaron a favor
del acceso a la
información.
POR ricardo trotti
Desde épocas inmemoriales, los gobernantes y
los gobernados han estado en un tiro y afloje
sobre el derecho a saber, a estar informados
sobre la cosa pública. América Latina ha vivido
épocas de oscurantismo, fomentadas por
autocracias caudillistas, botas militares o, más recientemente,
por democracias chúcaras que patalean cuando
los ciudadanos y los medios las quieren fiscalizar.
Sin embargo, gracias a las leyes de acceso a la información
pública, que se reproducen en toda la región,
esa cultura del silencio se desvanece y da paso a una
saludable tendencia a la apertura. El histórico lema de las
revoluciones independentistas: “el pueblo quiere saber de
qué se trata”cobra fuerza e instala al ciudadano como
protagonista y soberano, mientras obliga al funcionario a
rendir cuentas sobre lo que se le ha
dado en comodato.
La tendencia es notable. Un
lustro atrás, el acceso a la información
pública era incipiente o
casi desconocido. En las últimas
semanas, Guatemala y Chile sancionaron
leyes, y se sumaron a
Antigua y Barbuda, Belice, Canadá,
Ecuador, Honduras, Jamaica,
México, Panamá, Perú, República
Dominicana, Nicaragua, Trinidad
y Tobago, tomando como modelo
el Freedom of Information Act, que Estados Unidos
adoptó en 1966. En otros países, como Argentina, Barbados,
Brasil, Colombia, El Salvador, Guyana y Uruguay,
existen fuertes presiones para que sus congresos aprueben
o retomen proyectos de ley al respecto.
Latinoamérica ya no está a la retaguardia de un club que
en el mundo lo conforman 85 países con este tipo de
legislación. Está, incluso, por delante de España, sobre el
que un informe de la organización Access Info Europe
declara que el ciudadano peticionario recibe de su gobierno
un “silencio administrativo” como respuesta.
En la ceremonia de clausura de la asamblea de la
Sociedad Interamericana de Prensa, en Madrid, y tras
reclamar a España para que adopte un marco legal “de
inmediato”, bajo preceptos de “rapidez, gratuidad y eficiencia”,
como 22 de los 27 países de la Comunidad
Europea, el presidente del Gobierno, José Luis Zapatero,
no dejó pasar un minuto. Se comprometió con introducir
una ley, durante la actual legislatura. Fue ovacionado.
Las leyes de acceso latinoamericanas no son la panacea,
distan de ser perfectas. Pero, al menos, han comenzado con
un proceso, sin fin, para crear una nueva cultura de la
transparencia. Estados Unidos, que posee la mejor, acaba
de reformarla, pues atendió reclamos de mayor publicidad
por las fotos de féretros traídos desde Irak, que el
Pentágono trató de censurar.
En Perú, la ley es muy buena, sirvió para obligar al
Estado a que revele operaciones antiterroristas contra
Sendero Luminoso en la década de 1980; sin embargo, no
puede hacer que los propios legisladores que la dictaron
rindan cuentas sobre sus salarios y gastos operativos. La de
República Dominicana exige presentar las solicitudes por
escrito, mientras que, en otras naciones, los trámites de
petición son muy onerosos o no existe un tribunal que
solucione el conflicto entre el peticionario y el funcionario,
o penalice a éste último, en caso
de que se niegue a informar oportuna y
adecuadamente.
No muchos países cumplen todavía
con los principios sobre “máxima divulgación,
transparencia y publicidad”,
que la Corte Interamericana de Derechos
Humanos estableció, bajo la presunción
de que toda información debe ser accesible
a los particulares, con un sistema
restringido de excepciones, como puede
ser la seguridad nacional.
Los Estados no solo tienen que adoptar
este tipo de leyes, sino desplegar su vocación pedagógica,
con campañas de educación y permitir trámites
cada vez más fáciles y expeditos. México es un claro
ejemplo. El IFAI, organismo encargado, gasta millones de
dólares en publicidad y programas educativos sobre los
mecanismos de petición, y no es casualidad que la administración
pública haya recibido más de 80 mil solicitudes
el año pasado, y contestado, en forma satisfactoria,
el 80 por ciento de ellas, como la que obligó a la
Procuraduría a divulgar archivos del ex presidente Echeverría,
sobre la masacre de estudiantes en Tlatelolco en
1968.
Al Estado no le queda otra opción que erradicar la
cultura del silencio. Su mandato es asumir un papel
proactivo, al ofrecer un andamiaje legal y jurídico, para que
todos puedan acceder a la información pública. Así se
construirá la democracia.
info@ricardotrotti.com |