Semanario de Prensa Libre • No. 224 • 19 de Octubre de 2008

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D frente

Oswaldo el combatiente
Formó parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y combatió en las selvas de Petén durante 16 años.

por francisco mauricio marintez
fotos: carlos sebastian

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El nombre del psicólogo social Marco Antonio Garavito, quizá sea conocido para un grueso de la población, por sus análisis de salud mental que aparecen en los medios de comunicación. Lo que muy pocos saben es que durante poco más de 16 años formó parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de los cuales seis combatió en las selvas de Petén con el seudónimo de Oswaldo . Al momento de renunciar a la guerrilla, en 1986, integraba, junto a los comandantes Pablo Monsanto, Nicolás y María , la cúpula de dicha facción g uerrillera.

A continuación, un extracto de su vida revolucionaria, y una exposición propia de sus temores, depresiones y autoterapias.

¿Por qué eligió el mundo de la salud mental?

Tiene que ver con mí formación, pues soy güifa (estudiante de la Escuela Normal para Varones), donde me gradué de maestro. Allí me nació esa preocupación, porque se dio en el contexto de una sociedad en proceso revolucionario, en la década de 1960. En ese tiempo, la Escuela Normal era un centro muy activo, en cuanto a pensamientos nuevos, lo cual ocasionó que desde muy temprano me vinculara con el movimiento revolucionario, junto a otros compañeros. Esa militancia, más allá de lo político, era un sueño profundamente humano, que partía del ideal de un cambio en la sociedad, y eso pasaba por el concepto de salud mental.

¿Cuántos años estuvo dentro de la guerrilla?

Poco más de 16, y de eso seis en la montaña. En 1986, ya había una discusión muy fuerte dentro del movimiento, ya que algunos estábamos muy claros de que el proyecto de guerra había terminado por lo que había que trabajar alrededor de la lucha política, pero eso, a la luz de las concepciones de los comandantes, no pasaba. Eso me lleva a que el 24 de octubre de 1986 —siendo miembro de la Dirección Nacional de las FAR, junto a Pablo Monsanto, María y Nicolás — renuncié al proyecto, lo cual no significaba que me quedara fuera de la Revolución, porque la guerra era un concepto temporal, pero la misma, entendida como la necesidad de una sociedad nueva, se podía alcanzar desde otras vías y concepciones, en eso continuamos.

Vida académica y social

  • Nació en Purulhá, Baja Verapaz.
  • Es maestro de Educación Primaria, graduado en la Escuela Normal Central para Varones.
  • Licenciado en Psicología por la Universidad de San Carlos (Usac).
  • Cerró currículum de esta carrera en 1976, y debido a su militancia política se graduó 24 años después.
  • Máster en Psicología Social y Violencia Política
  • Director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental
  • Profesor de Antropología Socio-cultural, en la Escuela de Psicología, la cual pretende se convierta en Facultad en la Usac.
  • Desde hace 10 años, es coordinador del Programa de búsqueda y reencuentro de niñez desaparecida durante la guerra en Guatemala.
  • Profesor del Centro Universitario de Oriente, en Chiquimula. (1978-1980).

¿Cómo sobrevivió al retirarse?

Aunque ese proyecto terminaba, no suponía que el de mi vida acabara, por lo que había que reorientarlo, y durante los primeros dos años me dediqué a criar pollos. Desde luego fue difícil iniciar, porque jamás había criado estos animales, pero aprendí mucho, porque había que comer.

¿En qué región combatió?

Básicamente, en Petén, y lo que más recuerdo es la convicción de los campesinos por una vida mejor, por lo que se integraban al movimiento. Ahora me pregunto cómo era posible que uno sobreviviera con una bola de masa, que ni siquiera era tamal, y que muchas veces era el alimento que debía durar todo el día. La selva no tiene paredes ni cercos, pero es una gran cárcel que cuando uno recién llega genera profundos estados de soledad y depresión, y que cuando uno aprende a dominarla y quererla es distinto. Recuerdo épocas larguísimas de lluvia, con pocas carpas y mudadas de ropa, esa era la parte más terrible; sin embargo, se asume como lo más natural.

Después de todo eso que vivió, ¿cómo está su salud mental?

Yo digo que bien, aunque habría que ver (risas). Después de esa vida, creo que bastante estable comparativamente, porque conozco compañeros de esa etapa que se sienten terriblemente frustrados por lo que vivieron y por el tiempo que le dedicaron a la guerra, que, al final, no se ganó. Reencausar mi vida me ha dado muchas satisfacciones en el sentido personal, entonces, siento que estoy bien.

¿Siente algunos temores?

El temor a la traición y la lealtad. Yo no sé si sea temor, pero una preocupación muy fuerte, personalmente, es al fracaso; no soy perfeccionista, ni compulsivo, pero sí me preocupa hacer bien las cosas, creo que es una de mis características. No me doy mucho el lujo de fracasar.

¿Y sus debilidades?

Tal vez soy muy solitario. A pesar de que trabajo con mucha gente, mi vínculo social no es muy profundo y, quizá, se deba a que tuve un proceso de vida en el que logré dominar una timidez muy fuerte. Pocos me lo creen, pero de patojo era muy tímido, cuando llegaban visitas a mi casa, me escondía, y esa es mi esencia, porque aún disfruto muchísimo la soledad. Eso, a veces, es una debilidad, porque no permite expander mucho las relaciones sociales, que son necesarias para la vida. Entre ir a parrandear, salir con los cuates y ver televisión, prefiero lo último. Otra debilidad, desde esa personalidad introvertida, podría ser la frialdad emocional, porque me controlo mucho.

¿Se reprime algunas emociones?

A partir de la misma timidez, no soy dado a ser muy expresivo, y una de las cualidades del ser humano es la capacidad de comunicar y sentir, y ahí tengo limitaciones, lo cual me afecta, porque, en comparación con otras personas, uno dice: qué rico sería ser expresivo y darse. Como que tengo una área de mi vida que siempre debo tener para mí bajo control.

¿A sentido la necesidad de visitar un psicólogo?

No, pero sí de encontrar en ese ámbito de relaciones limitadas de amistades, hablar muy claramente de todo, porque, al final, creo que el trabajo de la salud mental no es privativo de los psicólogos, sino de la relación humana, la cual puede ser con un amigo, familiar, un cura o un pastor. En ellos uno encuentra un verdadero apoyo emocional. Ahora, si hablamos de males emocionales fuertes, entonces se necesita un especialista, pero en la problemática cotidiana la relación humana es lo que más resuelve.

¿Cuál es su mejor terapia para sentirse bien?

Tiene que ver con una reflexión diaria de lo que he hecho, dejado de hacer y qué tengo que hacer, lo cual hago antes de acostarme, porque no me duermo temprano. Como vivo en la Antigua, el viaje me sirve de terapia, ya que aprovecho el momento para pensar, de tal manera que cuando llego al punto, ya llevo una idea clara de lo que debo hacer.

¿Ha vivido estados depresivos?

Sí, claro, por ejemplo, durante mi época en la montaña, tuve períodos muy duros de depresión, ya que dejé a mi esposa y a mi hijo, que en ese entonces tenía tres años, y volví a vivir con él cuando ya tenía 12. Todo eso tenía un costo y una carga emocional fuerte, porque uno no es de palo, y esos fenómenos de tristeza, melancolía y depresión, desde luego que los he vivido. Hoy, no tanto, porque los procesos familiares y la vida en la ciudad lo que generan es estrés cotidiano, debido a que vivimos en un ambiente demandante.

“La selva no tiene paredes ni cercos, pero es una gran cárcel”.
 
   

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