Semanario de Prensa Libre • No. 224 • 19 de Octubre de 2008

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En tercera persona

En memoria de Luis y Rosario
La tormenta Stan se los llevó, como a miles más

Imagen
Foto Prensa Libre: Pedro Xeché

El 5 de octubre de hace tres años, en Santiago Atitlán, el municipio donde vivo, aconteció una de las grandes tragedias de su historia, cuando el cantón Panabaj quedó soterrado por el paso de la tormenta Stan . Otros de los cantones afectados fueron Tzanchaj, Pachichaj y Ch’uul.

En esta oportunidad, quiero compartir, en pocas palabras, lo que sucedió el día del desastre, una fecha que para mí se define como amarga, triste, desolada, de llanto y grito. Un día gris en el que las voces quedaron en silencio. Yo laboraba en la escuela de Panabaj como maestro de segundo grado primaria, tenía a 31 alumnos a mi cargo. Antes de la tragedia, cantaba con ellos, bailábamos, reíamos, inclusive, gritábamos de emoción. Además, la escuela efectuó una actividad estupenda para celebrar el Día del Niño, y al final de ésta, a cada alumno se le dio almuerzo, pero sin tener la menor idea de lo que iba a suceder. Un día antes de la tragedia, decidimos suspender clases, porque la lluvia no cesaba y, cada vez, tomaba más fuerza. Las correntadas eran muy grandes, por lo que regresamos a los patojos a sus casas.

Al día siguiente (5 de octubre del 2005), muy de madrugada, mi familia me dijo que las casas en Panabaj ya estaban inundadas y muchas personas huían. Me preocupé tanto que decidí ir al cantón, pero lo que encontré fueron las casas soterradas, incluso, la escuela; grandes correntadas obstruyeron accesos, trozos de árboles y piedras estaban amontonadas por todos lados, cuerpos humanos sin vida, y otros moribundos; niños temblando de frío y susto, personas que pedían auxilio y cargaban sus pocas pertenencias. En ese momento no contuve las lágrimas y dije: “¡Dios mío, no puede ser!”

La historia vivida es larga. Yo sé que muchos durmieron para siempre, y otros aún siguen contando la tragedia. Este pequeño relato lo escribo en memoria de Luis y Rosario, mis dos alumnos fallecidos en el desastre, y por los niños de la escuela en general, no cabe la menor duda de que gozan en el Paraíso. Ahora, la escuela funciona en una construcción provisional.

(JS)

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