Semanario de Prensa Libre • No. 218 • 07 de septiembre de 2008

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Editorial

Madres a distancia

Muchas mujeres viven la experiencia de haber llegado a la cárcel por una mala decisión: tráfico, robo o asesinato. Otras, a la vez, comparten el dolor de haber sido abandonadas por el padre de sus hijos.

Para cierto grupo, su máxima condena no es cumplir con 5, 10 ó 15 años de prisión sino estar alejadas de sus hijos, algunos de los cuales nacieron en las instalaciones de la cárcel y estuvieron con ellas los primeros cuatro años de su vida; los niños mayores de esa edad no tienen cabida allí, según las leyes actuales del sistema penitenciario. Los infantes son enviados con algún familiar (padre, abuela, tía), y si no lo hubiera, son remitidos a una casa-cuna del Estado.

Minutos son lo que tienen para llamarlos por teléfono. Es el único momento en que pueden conversar con ellos y tratar la manera de cumplir su papel. Claro, también tienen visitas los sábados y domingos, pero es insuficiente para expresar toda la fuerza del amor maternal.

Estas mujeres reciben ayuda psicológica para sobrellevar su doble pena: el encierro y estar alejadas de sus hijos, y si bien es cierto que habrá quienes no les interesa nada en la vida, incluso el bienestar de sus pequeños, la mayor parte de las reclusas ruega a diario por ellos, para que no tomen una mala decisión, como ellas en su momento. Estas madres esperan con ansias el día en que puedan salir de prisión y compensar el tiempo perdido.

Sobre cómo hacen su papel de madre siendo presidiarias trata el tema Dfondo de esta edición, a cargo del periodista Roberto Villalobos.

Viviana ruiz
editora


   

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