Madres
a distancia
Muchas mujeres viven la
experiencia de haber llegado a
la cárcel por una mala decisión:
tráfico, robo o asesinato.
Otras, a la vez, comparten
el dolor de haber sido
abandonadas por el padre de
sus hijos.
Para cierto grupo, su máxima
condena no es cumplir
con 5, 10 ó 15 años de prisión
sino estar alejadas de sus hijos,
algunos de los cuales nacieron
en las instalaciones de la cárcel
y estuvieron con ellas los
primeros cuatro años de su
vida; los niños mayores de esa
edad no tienen cabida allí, según
las leyes actuales del sistema
penitenciario. Los infantes
son enviados con algún
familiar (padre, abuela, tía), y
si no lo hubiera, son remitidos
a una casa-cuna del Estado.
Minutos son lo que tienen
para llamarlos por teléfono. Es
el único momento en que pueden
conversar con ellos y tratar
la manera de cumplir su
papel. Claro, también tienen
visitas los sábados y domingos,
pero es insuficiente para
expresar toda la fuerza del
amor maternal.
Estas mujeres reciben ayuda
psicológica para sobrellevar
su doble pena: el encierro
y estar alejadas de sus hijos, y
si bien es cierto que habrá
quienes no les interesa nada
en la vida, incluso el bienestar
de sus pequeños, la mayor parte
de las reclusas ruega a diario
por ellos, para que no tomen
una mala decisión, como
ellas en su momento. Estas
madres esperan con ansias el
día en que puedan salir de
prisión y compensar el tiempo
perdido.
Sobre cómo hacen su papel
de madre siendo presidiarias
trata el tema Dfondo de esta
edición, a cargo del periodista
Roberto Villalobos.
Viviana ruiz
editora |