Semanario de Prensa Libre • No. 218 • 07 de septiembre de 2008

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D frente

“Soy como un panal”
Junto a monumentos, paisajes y leyendas, este cronista quetzalteco es testigo de la historia de su ciudad.

Texto y fotos: alfredo vicente

Imagen

Sentado en su silla de ruedas, apoya la cabeza en su mano derecha, y tras un par de segundos levanta el dedo índice, inclina la cabeza, y sonriente exclama, con excitación: “¡Fue el 15 de julio de 195 7 ! ” Se refiere a la fecha que falleció Mario Camposeco López, conocido futbolista quetzalteco. La memoria fotográfica de Édgar Ricardo Arriola nunca falla. No es de extrañar que haya dedicado más de tres décadas a buscar y conocer personas, presenciar sucesos históricos y, sobretodo, a ser parte del ir y venir del palpitar quetzalteco. A sus 53 años, Arriola ha publicado libros sobre su ciudad, conoce los motivos de muchas hazañas (y tragedias) a manos de célebres personalidades, y ha estudiado hasta la saciedad libros de historia. Es de esas personas que tienen mucho que contar.

¿Cómo llegó a convertirse en
cronista de Quetzaltenango?

En mi época de estudiante del Instituto Normal para Varones de Occidente, tuve que trabajar porque la familia no tenía mucho dinero, y era hijo único. Conocía a los dueños de Radio Fraternidad, y éstos me dijeron que me fuera a trabajar con ellos en la primera emisora FM de Quetzaltenango, Estéreo Rey. Pero imagínese, yo era un joven de 16 años que amaba los Beatles, y pasar a música instrumental fue muy aburrido. Encontré que tenía mucho tiempo mientras operaba las máquinas y me puse a leer novelas de guerras. Un día me llamó mucho la atención una que trataba sobre una batalla entre ingleses y alemanes. De ahí nació mi curiosidad histórica. En 1971, empecé a investigar, a leer, y a hablar con las celebridades conocidas que había en mi vecindario. Vivía rodeado de marimbistas célebres, y por ahí empezó mi pasión. Luego inicié estudios de historia en la Universidad Rafael Landívar, pero en el noveno semestre cerraron la carrera, porque solo quedaba yo de alumno. Cuando fui a la Universidad de San Carlos, me dijeron que tenía que conseguir, al menos, 20 personas para abrir la carrera de Antropología e Historia. Así que en estudios hasta ahí llegué, pero seguí investigando. Mi pasión por la historia se debe al mismo hecho de que cada persona ya “t ra e” para qué será útil. Hay quienes tienen una mente muy analítica, pero la mía es muy receptiva. Soy como un panal de miel; se me queda todo. Creo que físicamente estoy dotado de una memoria fotográfica súper excelente, gracias a Dios.

¿Cuál es el aporte actual de un historiador como usted?

Como maestro particular he dado clases, y me he dado cuenta de algo: la educación en Guatemala no es acorde a las necesidades del pueblo, porque importamos programas que han dado resultados en otros países, pero aquí no funcionan porque nuestra realidad es otra. Nuestra mayor riqueza es la agricultura, y no la aprovechamos tanto como lo hace, por ejemplo, Israel, que tiene un terreno árido. Deberíamos ser doctores en Agronomía, con esta bendita tierra, y saber producir el triple de lo que se puede. Y esto va relacionado con el hecho de que, cuando empecé, en 1971, a investigar personajes y sucesos, me di cuenta del gran aporte de mi tierra, del cual muchos no sabían. Por ejemplo, ¿sabía que a finales del siglo antepasado, un quetzalteco llamado Narciso Quevedo, graduado por la Universidad de Massachussets, inventó el freno de aire? Pues ahí está, dentro del Libro de Oro de Hombres Ilustres de EE. UU. Cuando los muchachos, en pláticas de colegios, escuchan eso, se sorprenden y quieren saber más, y destacar también.¿Qué hace especial a Quetzaltenango? A principios del siglo XIX, Napoleón conquistaba media Europa, y había mucho desempleo por allá. Muchos franceses, alemanes, polacos e italianos vinieron a Quetzaltenango porque el clima es similar al de sus tierras. De ahí que también quedara un gran legado cultural y arquitectónico. Español casi no hay, porque ellos se fueron para la Antigua Guatemala. El pueblo asimiló toda esa cultura y arte centroeuropeo, y por eso este lugar se distingue de todo su contorno. Esa fue la semilla que cayó en esta tierra fértil, y ya está dando sus frutos. Uno ve personalidades célebres sin necesidad de ir muy lejos y nuestros héroes no son como los estadounidenses, que son ficticios; los nuestros son de carne y hueso.

A su criterio, ¿cuál es la verdadera diferencia entre Quetzaltenango y Xelajú?

Los nahoas, que venían de México con Pedro de Alvarado, le llamaban Quetzaltenango a este lugar, que significa “muralla del quetzal”. Lo que pasa es que los k’i c h e’s, en el 900 d.C, le habían puesto, a la población que vivía debajo del volcán de Quetzaltenango, en el cerro quemado, Xelajú noj (que significaba ‘los que viven debajo de las 10 ideas’). Pero en 1676 ese volcán estalló y sepultó todas esas viviendas, que eran habitadas por indígenas, y no españoles (que vivían cerca, en Quetzaltenango, y que posteriormente se pasaron a Antigua). Entonces, cuando la gente dice Xelajú realmente se refiere a Quetzaltenango, que es lo que hay ahora, porque el primero quedó sepultado.

¿Qué anécdota recuerda con mayor intensidad?

Si usted ve la mayoría de mis medallas (señala su pared, repleta de insignias), son de oratoria. Una vez respresenté al INVO en Chiquimula, para un certamen de oratoria. Al llegar, me dijeron que los de Quetzaltenango éramos muy buenos, y empecé a sentir la presión. Gracias a Dios, ahora puedo mostrar la medalla del primer lugar. Y en total he obtenido 17 premios similares a nivel nacional y uno a nivel centroamericano. Lamento que ahora la juventud no se forme de esa manera.

¿En qué consistió el Estado de los Altos y cuando se disolvió, qué represalias hubo?

Es algo especial porque es resultado de la influencia centroeuropea de principios de 1800. Un general de Napoleón vino a Quetzaltenango y estuvo al mando durante un tiempo. Por otra parte, se nos transmitió muy fuerte la idea de la Revolución Francesa. Qué mayor prueba que comparar las banderas de Quetzaltenango y la francesa. Solo se les da la vuelta y son iguales. Los españoles estaban muy ocupados contra los franceses, y aquí decidieron independizarse. De hecho, el acta fue firmada por los cinco presidentes centroamericanos, y hasta hoy el Estado de los Altos sigue vigente, porque no ha habido una reunión en la cual los cinco presidentes firmen un acta para que deje de existir. Solo falta que aparezca un comandante y diga “Bueno señores, vamos a independ i za r n o s ”. Sobre todo ahora que la situación está mal en Guatemala.

  • Édgar Ricardo Arriola (Quetzaltenango, 10 de noviembre, 1954).
  • Es Bachiller en Ciencias y Letras, Maestro en educación primaria (INVO, 1977), Perito en Electrónica de Hemphil School (1984), Perito en Energía Solar (Universidad de Barcelona, 1992), Técnico en Gerencia Administrativa (Universidad de La Gran Canaria, 2002), y Técnico en Gerencia de Ventas (Universidad de Munich, 1990).
  • Habla italiano, alemán e inglés. Ha publicado tres libros, y prepara el cuarto, acerca de la historia de Quetzaltenango.
  • Colabora con la emisora Ste - reo 100, en el segmento histórico Por el orgullo de ser quetzaltecos.

Según usted, ¿a qué se debe la rivalidad que hay entre los indígenas de Quetzaltenango?

No hay rivalidad. Son diferencias mínimas. Existe una pugna entre indígenas de la Catedral y ladinos de la hermandad de San Nicolás. Se debe a que, a principios del siglo pasado, había una procesión en la que participaban ambos. La imagen de la Virgen pertenecía a Viviana Hurtado, quien la prestaba, pero una vez descubrió a dos indígenas de la Catedral borrachos; se pasaron de tragos para agarrar calor, y la dejó de prestar. De ahí, los de San Nicolás se la pidieron a Hurtado de nuevo, pero ella solo la prestó con la condición de que no participaran indígenas en la hermandad.

¿Qué sabe usted de las razones de adversión de Jorge Ubico a Quetzaltenango?

Es sencillo. Cuando acababa de egresar de la Escuela Politécnica, Jorge Ubico, como subteniente del Cuartel General de la Escuela de Enfermeros, bajaba por la 12 avenida, frente a las antiguas oficinas del IGSS. Un quetzalteco humilde cerraba su negocio cuando Ubico lo pasó empujando, en un acto de prepotencia militar. El zapatero sacó su cuchillo y se lo puso en el cuello. Le hizo pedir disculpas en público. Ubico nunca le perdonó esa humillación a Quetzaltenango.

¿Cuál es el espíritu de los quetzaltecos con respecto a la g uatemalidad?

El quetzalteco no comulga mucho con la unidad, porque ese es el principal problema de los guatemaltecos. Aquí hay mucha razas mezcladas y se hablan muchas lenguas. ¿Qué va a salir de todo ese chirmol? Está bien que debamos conservar nuestras raíces, pero ¿cómo vamos a ponernos de acuerdo si no nos entendemos? Algunos utilizan la técnica de Julio César: Ddivide y vence r á s ”. En realidad, se fomenta la desunión.

¿Qué sería lo ideal?

Los tiempos han cambiado. K’i c h e’s descendientes directos de quichés ya no hay. Quien dice que tiene ascendencia española o de Tecún Umán está mal informado. Ya hay mucha mezcla. Debemos tomar conciencia de que somos guatemaltecos, todos dentro del territorio nacional. Y si se va a luchar por Guatemala todos tienen que luchar, y gozar de la victoria así como del sacrificio. Todos por igual, no unos más ni otros menos.

¿Qué significó para los quetzaltecos el ferrocarril de los Altos?

Cuando se inauguró, el 30 de marzo de 1933, solo habían dos ferrocarriles eléctricos en América: uno en Nueva York, y el otro en Quetzaltenango. Cuando lo quitaron, se llevaron un paso adelante que habíamos dado. Se instaló en donde actualmente está el Centro Cultural. Fue fabricado por la empresa A&G. Aún se puede ver en los rieles que Ubico utilizó para postes.

¿Cree que en el conflicto armado interno hubo alguna estrategia para resucitar al Estado de los Altos?

No, no hubo nada de eso, por lo menos de parte de los quetzaltecos. El conflicto fue maniobra de EE. UU., y fue financiado por la CIA, así que no fue guerra entre pueblo y gobierno, sino entre intereses creados subvencionados por extranjeros.

 
   

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