“Soy como
un panal”
Junto a monumentos, paisajes y leyendas, este cronista
quetzalteco es testigo de la historia de su ciudad.
Texto y fotos: alfredo vicente

Sentado en su silla de ruedas,
apoya la cabeza en su
mano derecha, y tras un
par de segundos levanta
el dedo índice, inclina la
cabeza, y sonriente exclama, con
excitación: “¡Fue el 15 de julio de
195 7 ! ” Se refiere a la fecha que
falleció Mario Camposeco López,
conocido futbolista quetzalteco.
La memoria fotográfica de
Édgar Ricardo Arriola nunca falla.
No es de extrañar que haya dedicado
más de tres décadas a buscar
y conocer personas, presenciar
sucesos históricos y, sobretodo,
a ser parte del ir y venir del
palpitar quetzalteco. A sus 53 años,
Arriola ha publicado libros sobre
su ciudad, conoce los motivos de
muchas hazañas (y tragedias) a
manos de célebres personalidades,
y ha estudiado hasta la saciedad
libros de historia. Es de
esas personas que tienen mucho
que contar.
¿Cómo llegó a convertirse en
cronista de Quetzaltenango?
En mi época de estudiante del
Instituto Normal para Varones de
Occidente, tuve que trabajar porque
la familia no tenía mucho
dinero, y era hijo único. Conocía a
los dueños de Radio Fraternidad, y
éstos me dijeron que me fuera a
trabajar con ellos en la primera
emisora FM de Quetzaltenango,
Estéreo Rey. Pero imagínese, yo
era un joven de 16 años que amaba
los Beatles, y pasar a música instrumental
fue muy aburrido. Encontré
que tenía mucho tiempo
mientras operaba las máquinas y
me puse a leer novelas de guerras.
Un día me llamó mucho la
atención una que trataba sobre
una batalla entre ingleses y alemanes.
De ahí nació mi curiosidad
histórica. En 1971, empecé a
investigar, a leer, y a hablar con
las celebridades conocidas que
había en mi vecindario. Vivía rodeado
de marimbistas célebres, y
por ahí empezó mi pasión. Luego
inicié estudios de historia en la
Universidad Rafael Landívar, pero
en el noveno semestre cerraron
la carrera, porque solo
quedaba yo de alumno. Cuando
fui a la Universidad de San
Carlos, me dijeron que tenía
que conseguir, al menos, 20
personas para abrir la carrera
de Antropología e Historia. Así
que en estudios hasta ahí llegué,
pero seguí investigando. Mi pasión
por la historia se debe al
mismo hecho de que cada persona
ya “t ra e” para qué será útil.
Hay quienes tienen una mente
muy analítica, pero la mía es muy
receptiva. Soy como un panal de
miel; se me queda todo. Creo que
físicamente estoy dotado de una
memoria fotográfica súper excelente,
gracias a Dios.
¿Cuál es el aporte actual de
un historiador como usted?
Como maestro particular he dado
clases, y me he dado cuenta de
algo: la educación en Guatemala no
es acorde a las necesidades del
pueblo, porque importamos programas
que han dado resultados en
otros países, pero aquí no funcionan
porque nuestra realidad es
otra. Nuestra mayor riqueza es la
agricultura, y no la aprovechamos
tanto como lo hace, por ejemplo,
Israel, que tiene un terreno árido.
Deberíamos ser doctores en Agronomía,
con esta bendita tierra, y
saber producir el triple de lo que se
puede. Y esto va relacionado con el
hecho de que, cuando empecé, en
1971, a investigar personajes y sucesos,
me di cuenta del gran aporte
de mi tierra, del cual muchos no
sabían. Por ejemplo, ¿sabía que a
finales del siglo antepasado, un
quetzalteco llamado Narciso Quevedo,
graduado por la Universidad
de Massachussets, inventó el freno
de aire? Pues ahí está, dentro del
Libro de Oro de Hombres Ilustres
de EE. UU. Cuando los muchachos,
en pláticas de colegios, escuchan
eso, se sorprenden y quieren saber
más, y destacar también.¿Qué hace especial a Quetzaltenango?
A principios del siglo XIX, Napoleón
conquistaba media Europa,
y había mucho desempleo por allá.
Muchos franceses, alemanes, polacos e italianos vinieron a Quetzaltenango
porque el clima es similar al de
sus tierras. De ahí que también quedara
un gran legado cultural y arquitectónico.
Español casi no hay, porque
ellos se fueron para la Antigua Guatemala.
El pueblo asimiló toda esa cultura
y arte centroeuropeo, y por eso
este lugar se distingue de todo su
contorno. Esa fue la semilla que cayó en
esta tierra fértil, y ya está dando sus
frutos. Uno ve personalidades célebres
sin necesidad de ir muy lejos y nuestros
héroes no son como los estadounidenses, que son ficticios; los nuestros
son de carne y hueso.

A su criterio, ¿cuál es la verdadera
diferencia entre Quetzaltenango
y Xelajú?
Los nahoas, que venían de México
con Pedro de Alvarado, le llamaban
Quetzaltenango a este lugar, que significa
“muralla del quetzal”. Lo que
pasa es que los k’i c h e’s, en el 900 d.C,
le habían puesto, a la población que
vivía debajo del volcán de Quetzaltenango,
en el cerro quemado, Xelajú
noj (que significaba ‘los que viven
debajo de las 10 ideas’). Pero en 1676
ese volcán estalló y sepultó todas esas
viviendas, que eran habitadas por indígenas,
y no españoles (que vivían
cerca, en Quetzaltenango, y que posteriormente
se pasaron a Antigua).
Entonces, cuando la gente dice Xelajú
realmente se refiere a Quetzaltenango,
que es lo que hay ahora, porque el
primero quedó sepultado.
¿Qué anécdota recuerda con
mayor intensidad?
Si usted ve la mayoría de mis medallas
(señala su pared, repleta de
insignias), son de oratoria. Una vez
respresenté al INVO en Chiquimula,
para un certamen de oratoria. Al llegar,
me dijeron que los de Quetzaltenango
éramos muy buenos, y empecé
a sentir la presión. Gracias a
Dios, ahora puedo mostrar la medalla
del primer lugar. Y en total he obtenido
17 premios similares a nivel
nacional y uno a nivel centroamericano.
Lamento que ahora la juventud
no se forme de esa manera.
¿En qué consistió el Estado de
los Altos y cuando se disolvió,
qué represalias hubo?
Es algo especial porque es resultado
de la influencia centroeuropea
de principios de 1800. Un general de
Napoleón vino a Quetzaltenango y
estuvo al mando durante un tiempo.
Por otra parte, se nos transmitió muy
fuerte la idea de la Revolución Francesa. Qué mayor prueba
que comparar las banderas
de Quetzaltenango
y la francesa. Solo se
les da la vuelta y son
iguales. Los españoles
estaban muy ocupados
contra los franceses, y
aquí decidieron independizarse.
De hecho, el
acta fue firmada por los
cinco presidentes centroamericanos,
y hasta
hoy el Estado de los Altos
sigue vigente, porque
no ha habido una
reunión en la cual los
cinco presidentes firmen
un acta para que
deje de existir. Solo falta
que aparezca un comandante
y diga “Bueno señores,
vamos a independ
i za r n o s ”. Sobre todo
ahora que la situación
está mal en Guatemala.
- Édgar Ricardo Arriola (Quetzaltenango, 10 de noviembre, 1954).
- Es Bachiller en Ciencias y Letras,
Maestro en educación primaria
(INVO, 1977), Perito en
Electrónica de Hemphil School
(1984), Perito en Energía Solar
(Universidad de Barcelona, 1992),
Técnico en Gerencia Administrativa
(Universidad de La Gran Canaria,
2002), y Técnico en Gerencia
de Ventas (Universidad de
Munich, 1990).
- Habla italiano, alemán e inglés.
Ha publicado tres libros, y
prepara el cuarto, acerca de la
historia de Quetzaltenango.
- Colabora con la emisora Ste -
reo 100, en el segmento histórico
Por el orgullo de ser quetzaltecos.
Según usted, ¿a qué
se debe la rivalidad
que hay entre los indígenas
de Quetzaltenango?
No hay rivalidad. Son
diferencias mínimas.
Existe una pugna entre
indígenas de la Catedral
y ladinos de la hermandad
de San Nicolás. Se
debe a que, a principios
del siglo pasado, había
una procesión en la que
participaban ambos. La
imagen de la Virgen pertenecía
a Viviana Hurtado,
quien la prestaba,
pero una vez descubrió
a dos indígenas de la
Catedral borrachos; se
pasaron de tragos para
agarrar calor, y la dejó
de prestar. De ahí, los de
San Nicolás se la pidieron
a Hurtado de nuevo,
pero ella solo la prestó
con la condición de que
no participaran indígenas
en la hermandad.
¿Qué sabe usted de
las razones de adversión
de Jorge Ubico a
Quetzaltenango?
Es sencillo. Cuando
acababa de egresar de la
Escuela Politécnica, Jorge
Ubico, como subteniente
del Cuartel General
de la Escuela de
Enfermeros, bajaba por
la 12 avenida, frente a las
antiguas oficinas del
IGSS. Un quetzalteco
humilde cerraba su negocio
cuando Ubico lo
pasó empujando, en un
acto de prepotencia militar.
El zapatero sacó su
cuchillo y se lo puso en
el cuello. Le hizo pedir
disculpas en público.
Ubico nunca le perdonó
esa humillación a Quetzaltenango.
¿Cuál es el espíritu
de los quetzaltecos
con respecto a la
g uatemalidad?
El quetzalteco no comulga
mucho con la
unidad, porque ese es el
principal problema de
los guatemaltecos. Aquí
hay mucha razas mezcladas
y se hablan muchas
lenguas. ¿Qué va a
salir de todo ese chirmol?
Está bien que debamos
conservar nuestras
raíces, pero ¿cómo
vamos a ponernos de
acuerdo si no nos entendemos?
Algunos utilizan
la técnica de Julio
César: Ddivide y vence
r á s ”. En realidad, se
fomenta la desunión.
¿Qué sería lo ideal?
Los tiempos han
cambiado. K’i c h e’s descendientes
directos de
quichés ya no hay. Quien
dice que tiene ascendencia
española o de Tecún
Umán está mal informado.
Ya hay mucha
mezcla. Debemos tomar
conciencia de que somos
guatemaltecos, todos
dentro del territorio
nacional. Y si se va a
luchar por Guatemala
todos tienen que luchar,
y gozar de la victoria
así como del sacrificio.
Todos por igual, no
unos más ni otros menos.
¿Qué significó para
los quetzaltecos el ferrocarril
de los Altos?
Cuando se inauguró,
el 30 de marzo de 1933,
solo habían dos ferrocarriles
eléctricos en
América: uno en Nueva
York, y el otro en Quetzaltenango.
Cuando lo
quitaron, se llevaron un
paso adelante que habíamos
dado. Se instaló
en donde actualmente
está el Centro Cultural.
Fue fabricado por la empresa
A&G. Aún se puede
ver en los rieles que
Ubico utilizó para postes.
¿Cree que en el conflicto
armado interno
hubo alguna estrategia
para resucitar al
Estado de los Altos?
No, no hubo nada de
eso, por lo menos de
parte de los quetzaltecos.
El conflicto fue maniobra
de EE. UU., y fue
financiado por la CIA,
así que no fue guerra
entre pueblo y gobierno,
sino entre intereses
creados subvencionados
por extranjeros. |