Semanario de Prensa Libre • No. 219 • 14 de septiembre de 2008

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D frente

Médico, cantante y pintor
“He sido de la opinión de que si uno ayudará a un paciente hacerlo bien, y procurar no hacerle problemática la vida”.

por: julieta sandoval
fotos: carlos sebastiÁn

Imagen

Al caminar por las calles de Totonicapán, las personas se detienen para saludarlo o darle un abrazo espontáneo. Cuando entra en su consultorio, muchos lo esperan para que les ayude a curar algún padecimiento, inclinan la cabeza y dicen “que tal doctor”. Es difícil que alguien no conozca al cirujano German Scheel Bartlett, quien ha ejercido su profesión en este departamento durante 27 años. Nació en Huehuetenango, el 26 de septiembre hace 52 años, pero creció en Quetzaltenango. Como médico ha ayudado a los pobladores, sin importar su condición social. Aunque practica cualquier tipo de cirugías, se ha especializado en el labio leporino y el paladar hendido, pues, como él dice, muchos niños de la región nacen con esa malformación, que puede ser solucionada a corta edad, por eso decidió ayudarlos. “Siempre he creído que Dios pone todas las cosas en el camino, y lo que he hecho ha sido por eso”, comenta. En esta entrevista habla un poco de su vida y de su programa de apoyo a los infantes.

¿Qué lo hizo venir a Totonicapán?

El destino. Después de graduarme estudié medicina en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), el primer año lo hice en Xela, y el resto en la capital, así era en aquel entonces. Trabajé dos años en el hospital de Sololá y, luego, logré un traslado para acá, y aquí me quedé. Yo quería una beca, en aquel entonces otorgaban unas para España, pero el ministro de Salud de ese tiempo me dijo que viniera a estrenar el hospital de Totonicapán, pues lo acababan de construir. Estuve por seis años como director de la unidad de cirugía de niños, y luego 10 como director general del nosocomio.

Desde hace 27 años, me dediqué a la corrección de labio leporino y paladar hendido.

¿Por qué se dedicó a operar estas malformaciones?

Cuando tenía 11 años fui operado en la unidad de cirugía cardiovascular del Hospital Roosevelt, por un problema cardiaco. Los médicos comentaban que operaron a 15 niños, siete murieron y ocho vivieron; yo fui uno de ellos. Por eso he creído que tengo una misión que cumplir en esta vida, y todo se me ha facilitado para cumplirla.

Cuando era jefe de la cirugía de niños, preparaba a los pequeños de labio leporino para que fueran intervenidos en Antigua Guatemala. Después, la Facultad de Odontología (de la Usac) nos envió a un cirujano maxilofacial, quien venía cada dos meses, a operarlos. Dos años más tarde, este médico me entrenó, porque yo le había manifestado mi interés por hacerlo. Luego, logré una beca de labio leporino y estética en México.

Al ser el director del hospital, tenía todo el poder en mis manos, por lo que fundé un programa para operar a los niños. Se hacían de siete a 10 cirugías a la semana. Desde entonces, hemos operado a unos 7 mil 500. La mayoría ha sido de la región suroccidental, aunque también han venido de lugares como Belice. Al retirarme de la dirección, le pedí a mi sustituto que continuara con ese programa, pero creo que había un poco de recelo, y no se hizo sino hasta cinco años después. En ese lapso, cuando la entidad pública no atendió, las personas me buscaban en mi sanatorio, donde las operaba, con los costos mínimos, otros, de forma gratuita.

Pienso que estas malformaciones hacen sufrir más a los padres que a los niños, éstos no se dan cuenta por ser pequeños. Para los progenitores es un fuerte impacto al mirarlo por primera vez y cuando lo presentan a familiares o amigos. Por eso, sería bueno corregirlo cuando nacen. En junio de este año me aventuré a operar a un bebé con anestesia local. Aprofam de Xela me comentó de un niño con labio leporino, detectado por el ultrasonido de tercera dimensión. Le hablé a la madre y aceptó, antes lo había hecho con otras señoras, pero ninguna se había animado.

Después de nacer, el bebé fue revisado por la pediatra que luego lo trasladó a otro quirófano, en donde lo operé, la cirugía duró 12 minutos. El resultado fue maravilloso; casi no se observan las cicatrices, creo que es algo que por primera vez se hizo en el mundo. Usualmente, se opera a los dos meses, al tener un peso adecuado y que los riñones estén un poco maduros para soportar la anestesia. El paladar hendido se hace a los dos años. Desde entonces, he hecho el procedimiento con siete bebés, dos de ellos con defecto doble, tienen dos hendiduras. Hay muchos niños que mueren por desnutrición, ya que les es difícil alimentarse por las aberturas.

Algo más

  • Está casado desde hace 29 años. Tiene tres hijas. La menor de ellas siguió sus pasos, y estudia medicina.
  • Pinta cuadros al óleo, otro de sus pasatiempos predilectos. Ha elaborado todos los cuadros que decoran su casa. Además, toca la guitarra. “Mi papá me compró una guitarra, y aprendí al oído”, refiere.
  • Su cantante preferido, en primer lugar, es Alberto Cortés, seguido por Nino Bravo. De ellos tomó algunos temas que ha incluido en el disco que grabó recientemente. “Son músicos con canciones con sentido, no como muchos de los que cantan ahora, que no dicen nada”, comenta.
  • Fue héroe anónimo en el 2001, con el programa que tenía Bancafé.
  • Su página en Internet es: http://www.asogerxel.com. Teléfono 7766-1308.

¿Por qué se da este problema?, ¿es común?

Sí, es común. Antes era reconocido como un problema genético, luego se estableció como un déficit nutricional. Cuando estuve en México se operaba un promedio de 60 niños diarios. También se ha considerado que lo genera la falta de ácido fólico. Pero la causa es multifactorial, pues hay niños con una situación económica y social buena, pero tienen el defecto; al investigar si es hereditario no se encuentra nada, entonces, probablemente es un efecto del tabaquismo, el alcohol, una droga o medicamento, o exposición a radiación. En países como el nuestro, la desnutrición es la que más incide; el mayor porcentaje de los pacientes vive en pobreza y pobreza extrema.

¿El haber sido operado cuando era niño influyó en su decisión de ser médico?

Toda mi vida quise ser médico. Jugaba a serlo, como muchos niños. Pero a mí también me ha gustado mucho la música. Me debatí entre una y otra profesión, pero mi papá, muy acertadamente, pensó que como músico iba a morirme de hambre, y no me apoyó en eso, solo lo hizo para mantenerme tranquilo. Cuando le decía que quería grabar un disco, me llevaba a una radio en Xela, en aquel entonces se usaban los cartuchos, y ya me quedaba tranquilo por un tiempo. Si me invitaban a cantar, mi papá me daba permiso, pero siempre que no se convirtiera en mi prioridad. Finalmente, me dediqué a la medicina, pero han sido mis dos pasiones. Si pudiera dedicarme más a la música lo haría.

¿Qué tipo de música le gusta?

Los boleros, aquellos que se acompañan con guitarra. Hace poco grabé un disco que dediqué a mi esposa. Incluí algunas canciones mías y otras que he cantado toda mi vida. Ahora, estoy preparando un disco que contenga temas solo míos. También tengo un cassete —que grabé hace 28 años, cuando trabajaba en Sololá—, es solo con guitarra; en el reciente tengo acompañamiento. Pero me ha absorbido la medicina. Todo se ha encaminado al programa que tengo.

¿En qué consiste su programa?

Desde 1984, atiendo defectos de paladar hendido y labio leporino que afecta a niños de pocos recursos. Con la ayuda de amigos de Guatemala y del extranjero hago las operaciones. En Los Ángeles hay un grupo de guatemaltecos que desea construir un hospitalito en Totonicapán, especial para estas malformaciones. La municipalidad me otorgó el terreno, ahora esperamos la colaboración para edificarlo. Ellos son de Santa Lucía Cotzumalguapa y Retalhuleu, pero decidieron colaborar aquí (en Totonicapán). Cuando estos guatemaltecos residentes en Estados Unidos vienen, hago operaciones que ellos patrocinan.

Tengo ayudas individuales para patrocinar cirugías. Son US$100 por operación.

Cierta vez tuve una experiencia, un señor pidió hablar conmigo, era de Quiché y venía a Toto ha efectuar unos mandados. En el camino encontró a un niño con labio leporino, como de 12 años, había escuchado de mí, lo metió en el carro y lo trajo, porque quería ayudarlo. He sido de la opinión de que si uno ayuda debe hacerlo bien, no hacerle problemática la vida al paciente. Por eso le practiqué la operación, en 20 minutos, y se lo llevaron. Sería maravilloso que muchas personas tuvieran esa inquietud. También hay quienes no se operan, porque creen que es parte de la naturaleza, que así los mandó Dios.

En su consultorio se miran muchas cosas, ¿qué le obsequian sus pacientes?

Me han dado cuadros como éste (señala uno que hizo un paciente de Soloma), él me ha obsequiado varios, unos muy grandes. Si los pacientes son de Almolonga, me regalan verduras. Si son de Toto, del área rural, me dan huevos criollos, gallinas, manzanas, artículos típicos, de ésos me han dado muchos, como mantas bordadas. Si son de Momostenango, me regalan ponchos que vienen con mi nombre, son muy bonitos. Platos, como los que mira ahí (señala una mesa en donde están). Depende mucho a lo que se dediquen los familiares de quienes atiendo. Las personas son muy agradecidas.

¿Cuál es su mayor satisfacción?

Hace dos años vinieron unos jóvenes a hacer práctica, estudiaban bachillerato en medicina, tenían 18 años. Ellos fueron mis pacientes, les corregí la malformación. Me dio gusto verlos inmersos en la vida y salir adelante, eso es satisfactorio. He operado a muchachos cuando ya tienen 15 ó 17 años, pues sus padres los han tenido escondidos en sus casas, convirtiéndose en casi salvajes, y negándoles a tener una vida como cualquier otro.

Este no es un trabajo para enriquecerse, pero da satisfacciones enormes, la sonrisa en los rostros de los papás, cuando el niño está bien, y saber que esos pequeños van a tener una vida normal es lo mejor.

 
   

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