La estrategia del resentimiento
Los republicanos regresan con la táctica que hizo ganar a Nixon.
POR PAUL KRUGMAN
¿Puede realmente el súper acaudalado ex gobernador
de Massachussets —hijo de un alto ejecutivo
de Fortune 500 que hizo una fortuna vasta
en el negocio de la compra de compañías con
dinero prestado— mantenerse impávido cuando
denuncia a las “élites del este”?
¿Puede un ex alcalde de Nueva York, un hombre que,
como lo expresó USA Today, “marchó en desfiles por el
orgullo gay, engalanado con ropa de mujer, que vivió
temporalmente con una pareja gay y su Shih Tzu”
—cuando estaba entre su segundo y tercer matrimonio—
realmente salirse con la suya diciendo que
Barack Obama no piensa que las ciudades pequeñas son
lo suficientemente “cosmopolitas”?
¿Puede la candidata vicepresidencial de un partido
que ha controlado a la Casa Blanca, el Congreso o ambos
durante 26 de los últimos 28 años, un partido que, al
estilo Borg, asimiló gran parte del cabildeo en D.C. en sí
mismo —hasta que el Congreso cambió
de manos los empleos de cabildeo
de sueldos altos, que estaban
reservados para los republicanos leales—
realmente describirse a sí misma
como alguien que contiende en
contra de la “élite de Washington”?
Sí, sí pueden.
Él, a quien no se debe nombrar
—Mitt Romney lo mencionó solo una
vez; Rudy Giuliani y Sarah Palin, para
nada —, pronunció un discurso por video en la Convención
Nacional Republicana. John McCain, prometió el presidente
Bush, se enfrentaría a la “izquierda enojada”.
Sin duda eso es cierto. Sin embargo, no se dejen
engañar ni por la reputación añeja de McCain como un
disidente, ni por la atractiva imagen pública de Palin: el
Partido Republicano, ahora más que nunca, está firmemente
en manos de la derecha enojada, que siempre
ha sido mucho más grande, mucho más influyente, y ha
estado mucho más enojada que su contraparte en el otro
bando.
¿Cuál es la fuente de todo ese enojo? Claro que parte
de él se deriva del conflicto cultural y religioso: los
cristianos fundamentalistas están sinceramente consternados
por Roe vs. Wade (legalización del aborto) y la
evolución en el plan de estudios. Lo que me impactó
cuando vi los discursos de la Convención, no obstante,
es lo mucho que el enojo de la derecha no está basado en
el dicho de que los demócratas han hecho cosas malas,
sino en la percepción de que los demócratas miran con
desdén a la gente común. Por tanto, Giuliani afirmó que
Wasilla, Alaska, no es “lo suficientemente llamativa” para
Obama, quien nunca dijo semejante cosa. En otras
palabras, lo que el Partido Republicano vende o es pura
política del resentimiento; se supone que las personas
deben votar por él para que siga pegado a una élite que
piensa que es mejor que esas mismas personas. O, para
decirlo de otra forma, el Partido Republicano continúa
siendo el partido de Nixon.
Una de las perspicacias clave en Nixonlandia , el nuevo
libro del historiador Rick Perlstein, es que la estrategia
política durante toda la carrera de Nixon estuvo inspirada
en su experiencia universitaria, en la que fue elegido
presidente del estudiantado al explotar el resentimiento
de sus compañeros hacia los Franklin, el club social de
élite de la escuela. Existe una línea directa desde esa
elección estudiantil a los ataques de Spiro Agnew contra
“la cháchara de los mandamases sobre el negativismo”
como “un cuerpo en decadencia de esnobsinsolentes ”, y
de ahí hasta el peculiar culto a la personalidad que no
hace mucho rodeaba a George W.
Bush, un culto que celebraba su
antiintelectualismo y daba demasiada
importancia al supuesto hecho
de que el estudiante con promedio
de C y “mal comprendido y
subestimado” había demostrado
ser más listo que todos los expertos
dizque inteligentes. Y cuando Bush
resultó no ser tan listo, después de
todo, y su presidencia se vino abajo
y se quemó, la derecha enojada —¿los rajás embravecidos
por el resentimiento?— se volvió, en todo caso, más
rabiosa. La humillación suele hacer eso.
¿Podrán McCain y Palin realmente convertir el resentimiento
nixoniano en una victoria electoral desilusionante
en un año que debería ser abrumadoramente
demócrata? La respuesta es un definitivo quizá.
Al seleccionar a Barack Obama como su candidato, es
posible que los demócratas hayan dado a los republicanos
una apertura: las mismísimas cualidades que
inspiran a muchos partidarios fervientes del senador —la
elocuencia rimbombante del candidato, el factor de su
calma— y también lo hayan dejado expuesto a la reacción
violenta nixoniana. A diferencia de muchos observadores,
a mí no me sorprendió la efectividad del anuncio
de “celebridad ” de McCain. No tenía mucho sentido
intelectualmente, pero explotó con habilidad el resentimiento
de algunos electores hacia la cualidad de estrella
de Obama.
The New York Times |