Semanario de Prensa Libre • No. 221 • 28 de septiembre de 2008

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En tercera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D portafolio
   > D familia
   > D fondo
   > D minas
   > D mundo
   > D recomendación
   > D farandula
   > D viaje
   > D Punto final

 


Punto final

“Yanqui, go home”, pero no tanto

Los vaivenes de EE. UU. afectan la economía de la región.

POR ricardo trotti

El grito de “yanqui, go home” que entonaron al unísono Hugo Chávez y Evo Morales, al expulsar por intromisión a los embajadores estadounidenses, resonó por el mundo como un gesto político antiestadounidense que no coincide con la norma de muchos países latinoamericanos que, por el contrario, parecen reclamar: “gringos vengan y apoyen”.

Las relaciones políticas y económicas entre EE. UU. y América Latina siempre fueron tortuosas, como las de un matrimonio por conveniencia, con épocas de enamoramiento y desdichas, en las que indistintamente se reclama a los estadounidenses por intromisiones indecentes o por indiferencia regional.

El sistema económico es independiente del político. Por eso se explica que Chávez maldiga a George Bush, y que éste, adicto a la energía, abra la billetera, al mismo tiempo que lo anota en una “lista negra” por incentivar el narcotráfico, motivar sistemas políticos antidemocráticos en la región o aliarse con sus enemigos: rusos, iraníes o narcoterroristas colombianos.

La expansión económica de la región, que está basada en los altos precios de las materias primas, ha permitido que Latinoamérica recorte sus deudas tradicionales y reduzca la dependencia política. Sin embargo, todavía es demasiado volátil y dependiente de los vaivenes de la economía estadounidense, especialmente en épocas de descalabro como la actual.

Esta bipolaridad permite que Chávez, incluidas sus denuncias conspirativas, arrastre simpatías obsecuentes detrás de proyectos ideológicos como el ALBA y el petróleo subsidiado. También consiente que sea el gestor de una profunda polarización política interna, en la que proscribe a sus opositores, y expulsa a quien denuncie atropellos, así fueran extranjeros como Human Rights Watch. Mientras en lo externo, arrastra a gobiernos como los de Correa, Morales y Ortega, que plantean la dicotomía: “Estados Unidos, revolución o muerte”.

Latinoamérica no es un bloque homogéneo. Es un mosaico de diferencias con mayor tendencia a la izquierda que hace una década, y volverá a moderarse al no existir antídotos contra la corrupción, la desigualdad o la inseguridad ciudadana.

En ese bloque disparejo, Chávez ya no gravita. Lo mandan a callar o suele ser un agregado más, como en el flamante Unasur. Incluso, hasta en sus naciones aliadas, militares y opositores lo califican de imperialista o colonizador.

Su visión política mesiánica y su abundancia económica lo enceguecen, y no puede ver hacia dónde se dirigen los demás. El Mercosur es aún una alternativa endeble, pero es una respuesta. Los países andinos que Chávez desairó están de parabienes con naciones del otro lado del Pacífico. Colombia y México aprovechan los planes millonarios estadounidenses antinarcóticos; Brasil lo contrarresta con su liderazgo militar, y compite con energías, renovables y las fósiles que encontró, y los centroamericanos y caribeños están a la expectativa de que se abran las puertas comerciales estadounidenses.

Entre tanto, Venezuela está atada a un precio del petróleo que no controla, y ya siente los embates de la contracción de EE. UU. y China, que han reducido sus cuotas. El despilfarro en gestas políticas quijotescas hace que se note más profunda esa diferencia de caja. No es casualidad que tenga el índice más alto de inflación, 32 por ciento, y que lo secunden sus aliados como Nicaragua, 23 por ciento, y Bolivia, 17 por ciento. Los tres son expulsores naturales de inversiones extranjeras.

A pesar de la contracción económica y crediticia en EE. UU., países como los centroamericanos, caribeños y México continuarán aferrados a los beneficios de las remesas familiares, unos US$45 mil millones para este año. Una pequeña retracción de estos recursos —como se espera— ocasiona recesión en naciones altamente dependientes como Haití, Jamaica y Nicaragua, lo que demuestra cuán atada está la región al Norte.

Si el nuevo gobierno estadounidense, que asuma en enero, quiere establecer buenas relaciones con Latinoamérica y empezar una nueva luna de miel, tendrá que esforzarse para que el Congreso apruebe los TLC con Colombia, Panamá y Perú, premie los esfuerzos de los planes Colombia y Mérida, y tenga una política coherente de inmigración. Enamorar a Latinoamérica, al menos en una primera etapa, necesitará de un guiño político, un puñado lleno de dólares (que no sean trasladados en valijas) y planes de largo alcance.

   

© Copyright 2008 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com