“Yanqui, go home”, pero no tanto
Los vaivenes de EE.
UU. afectan la
economía de la
región.
POR ricardo trotti
El grito de “yanqui, go home” que entonaron al
unísono Hugo Chávez y Evo Morales, al expulsar
por intromisión a los embajadores estadounidenses,
resonó por el mundo como un
gesto político antiestadounidense que no coincide
con la norma de muchos países latinoamericanos
que, por el contrario, parecen reclamar: “gringos vengan
y apoyen”.
Las relaciones políticas y económicas entre EE. UU. y
América Latina siempre fueron tortuosas, como las de
un matrimonio por conveniencia, con épocas de enamoramiento
y desdichas, en las que indistintamente se
reclama a los estadounidenses por intromisiones indecentes
o por indiferencia regional.
El sistema económico es independiente del político.
Por eso se explica que Chávez maldiga a George Bush, y
que éste, adicto a la energía, abra la
billetera, al mismo tiempo que lo
anota en una “lista negra” por incentivar
el narcotráfico, motivar sistemas
políticos antidemocráticos en
la región o aliarse con sus enemigos:
rusos, iraníes o narcoterroristas colombianos.
La expansión económica de la región,
que está basada en los altos
precios de las materias primas, ha
permitido que Latinoamérica recorte sus deudas tradicionales
y reduzca la dependencia política. Sin embargo,
todavía es demasiado volátil y dependiente de los
vaivenes de la economía estadounidense, especialmente
en épocas de descalabro como la actual.
Esta bipolaridad permite que Chávez, incluidas sus
denuncias conspirativas, arrastre simpatías obsecuentes
detrás de proyectos ideológicos como el ALBA y el
petróleo subsidiado. También consiente que sea el
gestor de una profunda polarización política interna, en
la que proscribe a sus opositores, y expulsa a quien
denuncie atropellos, así fueran extranjeros como Human
Rights Watch. Mientras en lo externo, arrastra a gobiernos
como los de Correa, Morales y Ortega, que
plantean la dicotomía: “Estados Unidos, revolución o
muerte”.
Latinoamérica no es un bloque homogéneo. Es un
mosaico de diferencias con mayor tendencia a la izquierda
que hace una década, y volverá a moderarse al no
existir antídotos contra la corrupción, la desigualdad o la
inseguridad ciudadana.
En ese bloque disparejo, Chávez ya no gravita. Lo
mandan a callar o suele ser un agregado más, como en el
flamante Unasur. Incluso, hasta en sus naciones aliadas,
militares y opositores lo califican de imperialista o
colonizador.
Su visión política mesiánica y su abundancia económica
lo enceguecen, y no puede ver hacia dónde se
dirigen los demás. El Mercosur es aún una alternativa
endeble, pero es una respuesta. Los países andinos que
Chávez desairó están de parabienes con naciones del
otro lado del Pacífico. Colombia y México aprovechan
los planes millonarios estadounidenses antinarcóticos;
Brasil lo contrarresta con su liderazgo militar, y compite
con energías, renovables y las fósiles que encontró, y los
centroamericanos y caribeños están a la expectativa de
que se abran las puertas comerciales estadounidenses.
Entre tanto, Venezuela está atada a un precio del
petróleo que no controla, y ya siente
los embates de la contracción de
EE. UU. y China, que han reducido
sus cuotas. El despilfarro en gestas
políticas quijotescas hace que se
note más profunda esa diferencia
de caja. No es casualidad que tenga
el índice más alto de inflación, 32
por ciento, y que lo secunden sus
aliados como Nicaragua, 23 por
ciento, y Bolivia, 17 por ciento. Los
tres son expulsores naturales de inversiones extranjeras.
A pesar de la contracción económica y crediticia en
EE. UU., países como los centroamericanos, caribeños y
México continuarán aferrados a los beneficios de las
remesas familiares, unos US$45 mil millones para este
año. Una pequeña retracción de estos recursos —como
se espera— ocasiona recesión en naciones altamente
dependientes como Haití, Jamaica y Nicaragua, lo que
demuestra cuán atada está la región al Norte.
Si el nuevo gobierno estadounidense, que asuma en
enero, quiere establecer buenas relaciones con Latinoamérica
y empezar una nueva luna de miel, tendrá
que esforzarse para que el Congreso apruebe los TLC
con Colombia, Panamá y Perú, premie los esfuerzos de
los planes Colombia y Mérida, y tenga una política
coherente de inmigración. Enamorar a Latinoamérica, al
menos en una primera etapa, necesitará de un guiño
político, un puñado lleno de dólares (que no sean
trasladados en valijas) y planes de largo alcance.
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