"Una aspira a la dignidad de todos"
Ella conoció dos mundos: el de la
comodidad y el de la precariedad.
por: julieta sandoval
fotos: carlos sebastiÁn

El apellido de Yolanda es muy
familiar, por su tío Manuel
Colom Argueta, el dirigente
político que fue asesinado en
los años de 1970, y por su
hermano, Álvaro Colom, actual presidente
de Guatemala. Sin embargo,
ella tiene una historia muy particular, y
mucho que contar. Una pequeña parte
de su vida la escribió en el libro Mujeres
en la alborada, ya en su tercera
edición. Esta narración abarca de 1973
a 1978; trata sobre sus años de militancia
guerrillera en las montañas.
“Yo solo tomé un fragmento de mi
experiencia para plasmarlo en mi
obra”, dice. En esta entrevista cuenta
una parte de lo que la llevó a estar en la
clandestinidad, y su retorno a “una
rutina normal”.
¿Por qué escogió ese fragmento
de su vida militante?
En mi experiencia personal fue el
período humano y militante más significativo
de mi vida. Forjó y consolidó
mis valores y mi maduración como ser
humano y como revolucionaria. También
fue el de mayor confrontación
conmigo misma, al vivir contextos de
lucha diferentes a lo que había sido mi
cultura de clase media capitalina. Fueron
seis años en las montañas del
noroccidente, en los que mi vida estuvo
inmersa —de lunes a domingo—
en un mundo de poblados pequeños y
de campesinado en extrema pobreza.
La confrontación interna se da al
adoptar condiciones de vida material
mínimas. Por ejemplo, experimentar
hambrunas. Cargar a mecapal,
no por novedad, sino por necesidad;
no días, sino años. Son experiencias
profundas que calan el espíritu,
la mente, los sentimientos y las
emociones. La vida me enseñó que
donde hay más precariedad material se
dan más valores humanos, como solidaridad,
generosidad, apoyo mutuo,
franqueza y sencillez. Más que en el
mundo en donde crecí, el capitalino.
Fue una experiencia enriquecedora
en lo espiritual, emocional, psicológico,
de temple y de prueba máxima
para mis creencias y mi convicción.
En Breve
- Nació en 1947. Es la
mayor de cinco hermanos.
- Practicó bastante
deporte cuando era
estudiante. Estuvo en
equipos de basquetbol,
sofbol y volibol.
- Le gusta leer y escuchar
música, en especial
la clásica. Televisión
no tiene, se
acostumbró a prescindir
de ella desde que
estuvo como voluntaria
en Cuilco, Huehuetenango,
en donde no
había energía eléctrica.
- La tercera edición
de su libro Mujeres en
la alborada, de la editorial
El Pensativo, será
presentada en noviembre.
En su libro cuenta que las caminatas
en la montaña eran duras,
pero llegar a un campamento era alegre. ¿Cómo se involucró en esto?
Desde adolescente empecé a vivir
el servicio social. Tuve una formación
cristiana católica, humanista y democrática
de familia, por mi padre y
mis tíos, los Colom Argueta, y por el
colegio en donde estudié. Desde chica
me enseñaron a respetar a toda persona,
que vale más la calidad humana,
el proceder, y no el pisto que va y
viene, ni las apariencias. Era una regla
de oro en la familia, y quien fallaba
recibía un castigo duro. Mi padre nos
daba el ejemplo, no solo un discurso.
Estudié con monjas anticomunistas,
quienes vinieron en las postrimerías
de (Jacobo) Árbenz. Desde mi
punto de vista, fueron parte de un
esfuerzo estadounidense y de la élite
económica guatemalteca para educar
a jóvenes católicas con valores cívicos,
sentido de la justicia y la democracia.
La intención era formar liderazgos en el
mundo acomodado en aquellos que
gobernarían. Nos enseñaron doctrina
social de la Iglesia. Soy de la generación
que recibió mucho de eso y de los
albores de la teología de la liberación.
Esa formación cultivó en mí la conciencia
social y cívica.
¿Cuándo tomó la decisión de entrar
en la lucha armada?
Después de haber recorrido y agotado,
física y mentalmente, todo lo que
es la beneficencia y ayuda de este tipo
—dar ropa usada, conseguir donaciones,
cenas de lujo para conseguir
fondos, visitar orfanatos, asilos—. A
los 18 años ya había hecho todo eso.
Los sábados de mis 16 y 17 años los
pasé de voluntaria en el hospital General
San Juan de Dios, en la sección
de Medicina y Cirugía de niños. Hice
labor cívica como muchacha guía durante
mi niñez, adolescencia y juventud.
Agoté la búsqueda de servir a
mi país dentro del status quo.
A los 19 años me fui como maestra
voluntaria a Cuilco, Huehuetenango,
en un programa de las monjas. Di un año
de servicio, a cambio de cuarto y comida,
movida por mi formación cristiana y
ciudadana. Era una de la misiones más
retiradas, una comunidad mam.
Ese año, según mi percepción, lo
daría a mi país, al educar a niños
pobres indígenas. Ahí volcaría mi responsabilidad
ciudadana y cristiana y,
luego, regresaría a mi vida privada con
todo el derecho ganado de tenerla.
Quería muchos hijos (ocho), casarme
con un “príncipe azul”, que, además de
ser guapo, me adorara y tuviera plata,
porque quería vivir bien, mejor de
como me habían criado. Pero esos 10
meses trabajando en la escuela parroquial,
en donde viví austeramente,
aprendí a comer hierbas y frutos silvestres,
sin un centavo en la bolsa,
entre la pobreza de la gente y, en
especial, el presenciar el “cupo” o
reclutamiento militar a la fuerza. Ver
cómo se iban mis alumnos, menores
de edad, me causó una indignación
que hasta el día de hoy continúa.
Y sus padres la dejaron ir.
Esa fue una pelea de quienes deseábamos
ir. Porque una cosa era que
le cultivaran a uno valores, que la hija
vaya a la universidad o “se case bien”,
y otra era que esa hija se fuera al fin del
mundo, a donde no había camino transitable,
teléfono, luz eléctrica, médico.
En verano llegaba una camioneta semanalmente,
y en invierno había que
caminar. Éramos 16 voluntarias, la promoción
que más tuvo, pero solo logramos
ir ocho, las de clase media.
Quienes tenían mejor condición socioeconómica
se doblegaron ante las
presiones familiares.
Esa experiencia en Cuilco me hizo
decir que si era honrada conmigo y
mis creencias no podía dar la espalda a
esa realidad, que servir un año solo era
el comienzo. Mi responsabilidad era
de por vida, mientras hubiera miseria
e injusticia en mi país.
Siempre he sido muy perceptiva,
observadora, me he puesto en el lugar
del otro. Si yo fuera la fulanita a quien
le doy clases, o la señora que vende
periódicos abajo del puente del Trébol,
qué sentiría, qué pensaría.
¿Y después de Cuilco, qué?
Volví a la capital, y luego viví en
París dos años, cuando mi esposo ganó
una beca de Sociología. Allá descubrí
la historia no oficial de mi país, de
Latinoamérica, de África, de EE. UU.,
del campo socialista. Devoré libros,
películas y asistí a eventos que mostraban
ese mundo que aquí no me
enseñaron, pues solo conocía la versión
gringa y burguesa que, como hoy,
sigue dominando.
También trabajé como obrera en
Chile, quería tener esa experiencia.
Salí de allí un poco antes de que
(Salvador) Allende fuera derrocado.
La ilusión de que por la vía legal y
pacífica se podían lograr gobiernos
más equitativos se acabó. Entonces busqué la vía armada.
¿Y el príncipe azul?
Renuncié a eso. Aunque tuve enamorados
de plata, con carros, finqueros,
rápido descubrí que el dinero,
en especial en la juventud, va acompañado
de mucha vaciedad del alma y
la mente. Me dije: “el precio del príncipe
azul no lo pago, por mucho que
me mantenga con mis ocho hijos”.
Acepté propuestas amorosas de un
joven que provenía de una clase media,
de un pueblo, pero inquieto socialmente,
inteligente, crítico, trabajador.
Él es el papá de mi único hijo. Me
casé a los 22 años, pero convencí a mi
esposo de no tener hijos hasta que mi
formación estuviera completa, y aceptó.
Yo sabía que entonces, si tenía hijos
me “rajaría”, no tendría el valor de
seguir. Por eso quise esperar, y mi
esposo estuvo de acuerdo.
Años después, ya incorporada a la
lucha, me separé de mi esposo. Más
tarde nos hicimos pareja con Mario
Payeras, quien también estaba en la
lucha. Con él compartí 21 años de
militancia, de lucha social, de clandestinidad,
hasta cuando murió en
enero de 1995.
¿Por qué EGP, y no ORPA?
Las dos me abordaron al mismo
tiempo. A quienes me lo propusieron
los conocía como amigos, pero no
tenía idea de que estaban en esas
organizaciones. Ingresé por la valoración
que tenía de ellos, no por diferencia
de estrategia, táctica o ideología.
Entre esas dos fuerzas escogí por
intuición. Ambas eran incipientes. El
EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres)
salió a luz pública hasta 1974, y
ORPA (Organización del Pueblo en
Armas), hasta 1979. Me reclutaron a
principios de 1973. Quería hacer algo
por mi país, no veía ya otra forma. No
era que una dijera qué chilero, voy a
rempujar bala. Una no es masoquista,
ni matona. Una tiene ideales, amor a la
vida, a la justicia. Una aspira a la
dignidad de todos.
Soy disidente del EGP desde 1984,
por principios, por cuestiones éticas y
estratégicas. Fue una decisión dolorosa,
porque era mi vida, ahí estaban
mis raíces, mis esfuerzos de años, mis
muertos. Ese mismo año me lanzo a un
nuevo proyecto, llamado Octubre Revolucionario,
que duró nueve años. Fui
militante profesional, que significaba
vivir más limitada que cualquier otro.
Viví así hasta 1995.
¿Después del proyecto Octubre
Revolucionario se desvinculó de
la militancia y la política?
Fue cuando tomé la decisión de que
hasta allí llegaba mi participación organizada
en proyectos políticos. Ahora,
mi lugar es de nuevo en la educación,
que fue donde empecé, mi
vocación. Pero sigo vinculada con los
sectores populares y juveniles que
aspiran a la justicia y a la dignidad.
Cuando Octubre Revolucionario
llegó a su límite, fue otro trauma. Era
como quedarse sin perspectiva, sin
piso. Vivimos la traición, la infiltración,
el agotamiento de numerosos
compañeros, pues la clandestinidad es
terriblemente dura, pero es un arma
para defenderte ante un sistema violento
que es poderosísimo.
¿Se dedicó a la educación?
Vine del exilio con la firma de la paz
(1996), y mi tía, Lulú Colom Argueta,
quien acaba de fallecer, tenía un sueño
de mucho tiempo atrás, crear una
fundación que llevara el nombre de mi
tío, Manuel Colom Argueta, asesinado
por el Ejército. Buscaba a alguien dentro
de la familia que la apoyara. Cuando
me lo propuso dije que no, sabía lo
que era levantar cosas de la nada, sin
dinero, y estaba agotada de eso. Yo
quería un chance, en donde hiciera mi
trabajo y me pagaran, pero al colgar el
teléfono lo volví a levantar para decirle
que sí. Ella había sido muy solidaria
conmigo desde pequeña, era la tía rica
de la familia, pero quien acompañó a
mi papá, a mi tío y a mí, como pudo,
con comprensión. Levantamos la fundación
y la mantuvimos por ocho
años. Después tuvimos que cerrarla.
Se dedicaba a la formación política y
cívica de dirigentes, en especial del
altiplano.
Después, trabajé con la Universidad
Rafael Landívar en una investigación.
Más tarde, con la Fundación
Mack. Hice algunas consultorías,
hasta que me propusieron el trabajo
que hago en la actualidad. Tengo la
responsabilidad en el aspecto ambiental
y ecológico de 24 manzanas
de un establecimiento educativo. Enseño
a valorar la naturaleza, a reciclar,
a reutilizar recursos. En actividades
extra escolares, con niños
pequeños, muestro cómo amar a la
naturaleza, a no tenerle miedo, a gozarla
respetándola y conociéndola.
Trabajo porque necesito el sueldo,
si no seguiría escribiendo y publicando
libros de mi esposo, lo que
hago solo en mi tiempo libre. Van 12
libros póstumos. Tengo pendiente
una novela que estaba escribiendo
cuando murió, estoy convencida de que
vale la pena que salga. Después voy a ver
qué más hago. Trataré de contribuir a
reconstruir la historia no oficial de este
país, poner mi grano de arena. En eso
consiste mi libro, mostrar algo de lo que
viví, y de mi país. La gente dice que es
una novela, pero todo lo que está ahí
es verídico, seis años comprimidos en
320 páginas. Para mí es más un aporte
militante y ciudadano.
Por último, una pregunta obligada,
¿cómo mira a su hermano
de presidente?
Cuando él se lanzó por primera
vez como candidato yo no estuve de
acuerdo, por todo lo que significa la
política. Me alegra que haya logrado
su aspiración y espero que cumpla
con su deseo de darle lo mejor a
Guatemala. Tenemos una buena relación
y nos respetamos en lo que
hacemos. Pero él sigue su camino y
yo el mío,
Mi vida sigue llena de actividades,
de sueños y compromisos.
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