Semanario de Prensa Libre • No. 221 • 28 de septiembre de 2008

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D frente

"Una aspira a la dignidad de todos"
Ella conoció dos mundos: el de la comodidad y el de la precariedad.

por: julieta sandoval
fotos: carlos sebastiÁn

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El apellido de Yolanda es muy familiar, por su tío Manuel Colom Argueta, el dirigente político que fue asesinado en los años de 1970, y por su hermano, Álvaro Colom, actual presidente de Guatemala. Sin embargo, ella tiene una historia muy particular, y mucho que contar. Una pequeña parte de su vida la escribió en el libro Mujeres en la alborada, ya en su tercera edición. Esta narración abarca de 1973 a 1978; trata sobre sus años de militancia guerrillera en las montañas. “Yo solo tomé un fragmento de mi experiencia para plasmarlo en mi obra”, dice. En esta entrevista cuenta una parte de lo que la llevó a estar en la clandestinidad, y su retorno a “una rutina normal”.

¿Por qué escogió ese fragmento de su vida militante?

En mi experiencia personal fue el período humano y militante más significativo de mi vida. Forjó y consolidó mis valores y mi maduración como ser humano y como revolucionaria. También fue el de mayor confrontación conmigo misma, al vivir contextos de lucha diferentes a lo que había sido mi cultura de clase media capitalina. Fueron seis años en las montañas del noroccidente, en los que mi vida estuvo inmersa —de lunes a domingo— en un mundo de poblados pequeños y de campesinado en extrema pobreza. La confrontación interna se da al adoptar condiciones de vida material mínimas. Por ejemplo, experimentar hambrunas. Cargar a mecapal, no por novedad, sino por necesidad; no días, sino años. Son experiencias profundas que calan el espíritu, la mente, los sentimientos y las emociones. La vida me enseñó que donde hay más precariedad material se dan más valores humanos, como solidaridad, generosidad, apoyo mutuo, franqueza y sencillez. Más que en el mundo en donde crecí, el capitalino. Fue una experiencia enriquecedora en lo espiritual, emocional, psicológico, de temple y de prueba máxima para mis creencias y mi convicción.

En Breve

  • Nació en 1947. Es la mayor de cinco hermanos.
  • Practicó bastante deporte cuando era estudiante. Estuvo en equipos de basquetbol, sofbol y volibol.
  • Le gusta leer y escuchar música, en especial la clásica. Televisión no tiene, se acostumbró a prescindir de ella desde que estuvo como voluntaria en Cuilco, Huehuetenango, en donde no había energía eléctrica.
  • La tercera edición de su libro Mujeres en la alborada, de la editorial El Pensativo, será presentada en noviembre.

En su libro cuenta que las caminatas en la montaña eran duras, pero llegar a un campamento era alegre. ¿Cómo se involucró en esto?

Desde adolescente empecé a vivir el servicio social. Tuve una formación cristiana católica, humanista y democrática de familia, por mi padre y mis tíos, los Colom Argueta, y por el colegio en donde estudié. Desde chica me enseñaron a respetar a toda persona, que vale más la calidad humana, el proceder, y no el pisto que va y viene, ni las apariencias. Era una regla de oro en la familia, y quien fallaba recibía un castigo duro. Mi padre nos daba el ejemplo, no solo un discurso.

Estudié con monjas anticomunistas, quienes vinieron en las postrimerías de (Jacobo) Árbenz. Desde mi punto de vista, fueron parte de un esfuerzo estadounidense y de la élite económica guatemalteca para educar a jóvenes católicas con valores cívicos, sentido de la justicia y la democracia. La intención era formar liderazgos en el mundo acomodado en aquellos que gobernarían. Nos enseñaron doctrina social de la Iglesia. Soy de la generación que recibió mucho de eso y de los albores de la teología de la liberación. Esa formación cultivó en mí la conciencia social y cívica.

¿Cuándo tomó la decisión de entrar en la lucha armada?

Después de haber recorrido y agotado, física y mentalmente, todo lo que es la beneficencia y ayuda de este tipo —dar ropa usada, conseguir donaciones, cenas de lujo para conseguir fondos, visitar orfanatos, asilos—. A los 18 años ya había hecho todo eso. Los sábados de mis 16 y 17 años los pasé de voluntaria en el hospital General San Juan de Dios, en la sección de Medicina y Cirugía de niños. Hice labor cívica como muchacha guía durante mi niñez, adolescencia y juventud. Agoté la búsqueda de servir a mi país dentro del status quo.

A los 19 años me fui como maestra voluntaria a Cuilco, Huehuetenango, en un programa de las monjas. Di un año de servicio, a cambio de cuarto y comida, movida por mi formación cristiana y ciudadana. Era una de la misiones más retiradas, una comunidad mam.

Ese año, según mi percepción, lo daría a mi país, al educar a niños pobres indígenas. Ahí volcaría mi responsabilidad ciudadana y cristiana y, luego, regresaría a mi vida privada con todo el derecho ganado de tenerla. Quería muchos hijos (ocho), casarme con un “príncipe azul”, que, además de ser guapo, me adorara y tuviera plata, porque quería vivir bien, mejor de como me habían criado. Pero esos 10 meses trabajando en la escuela parroquial, en donde viví austeramente, aprendí a comer hierbas y frutos silvestres, sin un centavo en la bolsa, entre la pobreza de la gente y, en especial, el presenciar el “cupo” o reclutamiento militar a la fuerza. Ver cómo se iban mis alumnos, menores de edad, me causó una indignación que hasta el día de hoy continúa.

Y sus padres la dejaron ir.

Esa fue una pelea de quienes deseábamos ir. Porque una cosa era que le cultivaran a uno valores, que la hija vaya a la universidad o “se case bien”, y otra era que esa hija se fuera al fin del mundo, a donde no había camino transitable, teléfono, luz eléctrica, médico. En verano llegaba una camioneta semanalmente, y en invierno había que caminar. Éramos 16 voluntarias, la promoción que más tuvo, pero solo logramos ir ocho, las de clase media. Quienes tenían mejor condición socioeconómica se doblegaron ante las presiones familiares.

Esa experiencia en Cuilco me hizo decir que si era honrada conmigo y mis creencias no podía dar la espalda a esa realidad, que servir un año solo era el comienzo. Mi responsabilidad era de por vida, mientras hubiera miseria e injusticia en mi país.

Siempre he sido muy perceptiva, observadora, me he puesto en el lugar del otro. Si yo fuera la fulanita a quien le doy clases, o la señora que vende periódicos abajo del puente del Trébol, qué sentiría, qué pensaría.

¿Y después de Cuilco, qué?

Volví a la capital, y luego viví en París dos años, cuando mi esposo ganó una beca de Sociología. Allá descubrí la historia no oficial de mi país, de Latinoamérica, de África, de EE. UU., del campo socialista. Devoré libros, películas y asistí a eventos que mostraban ese mundo que aquí no me enseñaron, pues solo conocía la versión gringa y burguesa que, como hoy, sigue dominando.

También trabajé como obrera en Chile, quería tener esa experiencia. Salí de allí un poco antes de que (Salvador) Allende fuera derrocado. La ilusión de que por la vía legal y pacífica se podían lograr gobiernos más equitativos se acabó. Entonces busqué la vía armada.

¿Y el príncipe azul?

Renuncié a eso. Aunque tuve enamorados de plata, con carros, finqueros, rápido descubrí que el dinero, en especial en la juventud, va acompañado de mucha vaciedad del alma y la mente. Me dije: “el precio del príncipe azul no lo pago, por mucho que me mantenga con mis ocho hijos”. Acepté propuestas amorosas de un joven que provenía de una clase media, de un pueblo, pero inquieto socialmente, inteligente, crítico, trabajador. Él es el papá de mi único hijo. Me casé a los 22 años, pero convencí a mi esposo de no tener hijos hasta que mi formación estuviera completa, y aceptó. Yo sabía que entonces, si tenía hijos me “rajaría”, no tendría el valor de seguir. Por eso quise esperar, y mi esposo estuvo de acuerdo. Años después, ya incorporada a la lucha, me separé de mi esposo. Más tarde nos hicimos pareja con Mario Payeras, quien también estaba en la lucha. Con él compartí 21 años de militancia, de lucha social, de clandestinidad, hasta cuando murió en enero de 1995.

¿Por qué EGP, y no ORPA?

Las dos me abordaron al mismo tiempo. A quienes me lo propusieron los conocía como amigos, pero no tenía idea de que estaban en esas organizaciones. Ingresé por la valoración que tenía de ellos, no por diferencia de estrategia, táctica o ideología. Entre esas dos fuerzas escogí por intuición. Ambas eran incipientes. El EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres) salió a luz pública hasta 1974, y ORPA (Organización del Pueblo en Armas), hasta 1979. Me reclutaron a principios de 1973. Quería hacer algo por mi país, no veía ya otra forma. No era que una dijera qué chilero, voy a rempujar bala. Una no es masoquista, ni matona. Una tiene ideales, amor a la vida, a la justicia. Una aspira a la dignidad de todos.

Soy disidente del EGP desde 1984, por principios, por cuestiones éticas y estratégicas. Fue una decisión dolorosa, porque era mi vida, ahí estaban mis raíces, mis esfuerzos de años, mis muertos. Ese mismo año me lanzo a un nuevo proyecto, llamado Octubre Revolucionario, que duró nueve años. Fui militante profesional, que significaba vivir más limitada que cualquier otro. Viví así hasta 1995.

¿Después del proyecto Octubre Revolucionario se desvinculó de la militancia y la política?

Fue cuando tomé la decisión de que hasta allí llegaba mi participación organizada en proyectos políticos. Ahora, mi lugar es de nuevo en la educación, que fue donde empecé, mi vocación. Pero sigo vinculada con los sectores populares y juveniles que aspiran a la justicia y a la dignidad.

Cuando Octubre Revolucionario llegó a su límite, fue otro trauma. Era como quedarse sin perspectiva, sin piso. Vivimos la traición, la infiltración, el agotamiento de numerosos compañeros, pues la clandestinidad es terriblemente dura, pero es un arma para defenderte ante un sistema violento que es poderosísimo.

¿Se dedicó a la educación?

Vine del exilio con la firma de la paz (1996), y mi tía, Lulú Colom Argueta, quien acaba de fallecer, tenía un sueño de mucho tiempo atrás, crear una fundación que llevara el nombre de mi tío, Manuel Colom Argueta, asesinado por el Ejército. Buscaba a alguien dentro de la familia que la apoyara. Cuando me lo propuso dije que no, sabía lo que era levantar cosas de la nada, sin dinero, y estaba agotada de eso. Yo quería un chance, en donde hiciera mi trabajo y me pagaran, pero al colgar el teléfono lo volví a levantar para decirle que sí. Ella había sido muy solidaria conmigo desde pequeña, era la tía rica de la familia, pero quien acompañó a mi papá, a mi tío y a mí, como pudo, con comprensión. Levantamos la fundación y la mantuvimos por ocho años. Después tuvimos que cerrarla. Se dedicaba a la formación política y cívica de dirigentes, en especial del altiplano.

Después, trabajé con la Universidad Rafael Landívar en una investigación. Más tarde, con la Fundación Mack. Hice algunas consultorías, hasta que me propusieron el trabajo que hago en la actualidad. Tengo la responsabilidad en el aspecto ambiental y ecológico de 24 manzanas de un establecimiento educativo. Enseño a valorar la naturaleza, a reciclar, a reutilizar recursos. En actividades extra escolares, con niños pequeños, muestro cómo amar a la naturaleza, a no tenerle miedo, a gozarla respetándola y conociéndola.

Trabajo porque necesito el sueldo, si no seguiría escribiendo y publicando libros de mi esposo, lo que hago solo en mi tiempo libre. Van 12 libros póstumos. Tengo pendiente una novela que estaba escribiendo cuando murió, estoy convencida de que vale la pena que salga. Después voy a ver qué más hago. Trataré de contribuir a reconstruir la historia no oficial de este país, poner mi grano de arena. En eso consiste mi libro, mostrar algo de lo que viví, y de mi país. La gente dice que es una novela, pero todo lo que está ahí es verídico, seis años comprimidos en 320 páginas. Para mí es más un aporte militante y ciudadano.

Por último, una pregunta obligada, ¿cómo mira a su hermano de presidente?

Cuando él se lanzó por primera vez como candidato yo no estuve de acuerdo, por todo lo que significa la política. Me alegra que haya logrado su aspiración y espero que cumpla con su deseo de darle lo mejor a Guatemala. Tenemos una buena relación y nos respetamos en lo que hacemos. Pero él sigue su camino y yo el mío, Mi vida sigue llena de actividades, de sueños y compromisos.

 
   

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