Semanario de Prensa Libre • No. 249 • 12 de Abril de 2009

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D historia

La casona de la Amistad
En Villa Hermosa, San Miguel Petapa, aún se conservan los restos de uno de los ingenios más prósperos de La Colonia.


por Francisco Mauricio MartÍnez
fotos: FÉlix AcajabÓn

Escondidos entre las construcciones de hierro y concreto de la colonia Villa Hermosa II, San Miguel Petapa, se pueden observar los vestigios de lo que fue un centro de la industria del azúcar (panela) durante la Época Colonial. Un oratorio, la casa patronal y el trapiche, formaron parte de lo que se llamó mayorazgo de Arrivillaga, y que a partir de la Reforma Liberal —1871— cambió a ingenio La Amistad.
Los muros están carcomidos por la humedad y el sol, las puertas y ventanas rotas, y la vegetación se ha aprobado de sus habitaciones. Los terremotos también lo han dañado y los pandilleros han hecho pintas, tanto adentro como afuera. Algunos vecinos cuentan que en su interior se practicaron ritos satánicos. Jorge Escobar, guardián del lugar desde hace 24 años, niega esos rumores y dice que hace lo que puede por proteger la casa.

Patrimonio Cultural

Aunque la historia de este complejo data de la colonia, algunas de sus construcciones fueron erigidas durante los primeros años de la vida Independiente, como la casa de dos pisos que está en el ingreso y que es la parte más visible. También llama la atención una rueda gigante de hierro del trapiche traído de Inglaterra en 1832, y que dejó a un lado el sistema artesanal de la molienda. En la ficha de registro de la Sección de Bienes Inmuebles del Registro de Bienes Culturales de la Dirección General del Patrimonio Cultural y Natural del Ministerio de Cultura aparece que los inmuebles se construyeron entre 1640 y 1872.
María Antonia Tuna, directora de esta dependencia, explica que pese a que el inmueble no tiene una declaratoria específica que lo designe como patrimonio cultural de la nación, está protegido por la Ley para la Protección de los Bienes Culturales de Guatemala —decreto 26-97—. “No puede ser intervenido por ningún particular, ya que tiene categoría uno”, refiere la funcionaria.
Uno de los principales espacios era la casa de la molienda, la cual se componía de dos prensas. La de calderas, que empleaba ocho cilindros, tachos —recipientes de gran tamaño— y nueve ornallas. La segunda trabajaba con tres cilindros fabricados con roble y coronados con metal. En 1872 cambió, cuando una empresa privada importó cilindros de Inglaterra similares a los que empleaba el trapiche de San Jerónimo en Baja Verapaz, indica Fidel Sacor, investigador de la Dirección General del Patrimonio Cultural.

Punto de partida

La cronología de este inmueble inicia el 28 de agosto de 1656 cuando la corona española autorizó la fundación del mayorazgo —herencia— de Arrivillaga por parte de Domingo Arrivillaga en un área de lo que hoy es San Miguel Petapa. Se inició con el ingenio de azúcar Nuestra Señora de Guadalupe, que había pertenecido a Esteban de Sabaleta tío de Domingo. Su importancia era tan grande que en 1680 el historiador Francisco de Fuentes y Guzmán, hizo alusión al mismo citando que podía costar 600 mil pesos.
En la ficha de registro del Departamento de Registro de la Propiedad Arqueológica, Histórica y Artística se describe que en esa época era el único ingenio que tenía dos maestros de azúcar (expertos) y la fuerza laboral permanente estaba compuesta por 121 esclavos, “que incluyen 67 negras y mulatas con sus crías chicas y grandes”, y además, 43 mulatas libres. También se cultivaban 250 fanegas —medida de capacidad antigua que variaba de acuerdo al lugar— al año, para lo cual empleaban 92 indígenas de repartimiento.
Según el investigador Estuardo Melchor Toledo, de la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica, la real cédula y confirmación del mayorazgo fueron firmadas en Madrid el 18 de enero de 1667 por funcionarios reales en nombre de Carlos II. Fue notificada en el ingenio el 29 de mayo del mismo año a Juan Arrivillaga y Coronado primer heredero de mayorazgo.
El segundo sucesor de estos bienes, agrega Melchor, fue Juan de Arrivillaga, quien se casó con doña María Ochoa de la Torre. Al morir Juan, su esposa arrendó el ingenio a Jacobo Alcayaga y Arrivillaga, primo de su difunto marido. Durante algunas décadas pasó de mano en mano, hasta llegar a 1820 cuando lo recibió Manuela, última poseedora en el período colonial del mayorazgo, según cuenta Melchor.

Cambio de manos

La Revolución Liberal —1871-1875—, impulsada por Justo Rufino Barrios, terminó de tajo con los Arrivillaga, debido a que el gobernante se la expropió a Francisco de Paula Azpurú, al parecer bisnieto de doña Manuela. Barrios se la entregó a sus amigos, quienes la bautizaron con el nombre de La Amistad. Los nuevos propietarios transformaron la arquitectura de algunas construcciones y finalmente cerraron el ingenio, agrega Melchor.

  • La primera construcción que aparece en los inventarios es la ermita, que estaba recubierta por una bóveda. Dentro de ella había un coro sostenido sobre algunos pilares fabricados de madera.
  • Había una habitación que servía de sacristía, donde estaban algunos muebles para guardar la indumentaria del sacerdote.
  • La casa patronal —morada de los dueños—, estaba construida con un techo de teja y tenía una escalera de piedra labrada.
  • Estaba compuesta por tres aposentos principales y uno secundario; dos salas, una principal y otra de cumplimiento y oficinas.
  • En el inventario de 1820, se registró una casa principal, que tenía 75 varas de largo, pero que carecía de cocina, porque se había caído.
  • Esta casa, seguramente, era la de los dueños que se menciona en el inventario de 1687. Una parte se había caído por los terremoto de 1773, que también dañaron las instalaciones del ingenio y sus casas.

   

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