Semanario de Prensa Libre • No. 235 • 4 de Enero de 2009

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Así veían a los primeros dictadores
Por ostentar en su cetro el poder absoluto de una nación, varios extranjeros divulgaron las excentricidades, maravillas, o crímenes, que estos personajes realizaban en un pequeño país de América Central llamado Guatemala.


por maría josé prado
ILUSTRACIÓN: MYNOR ÁLVAREZ

De complexión fuerte y porte firme y elegante, generalmente investido en su traje militar de gala, suele posar en repetidas ocasiones en la misma posición, dentro de su oficina, con ese penetrante ceño fruncido y espeso bigote, los ojos retando a la anarquía.
Hace reproducir su perfil en pinturas, en bustos, monedas y sellos postales y suele ser la encarnación de un fuerte idealismo envenenado.
No describimos, en realidad, a un solo hombre, sino a cualquiera de los dictadores, duros e intolerantes, caprichosos excéntricos hasta la egolatría, tiranos sin escrúpulos que no escatiman recursos para conservar la hegemonía de sus mandatos. Son intimidatorios, aún con el paso del tiempo y, no obstante, si vistos desde fuera, precisamente desde los ojos de extranjeros en las siguientes líneas, personajes fascinantes para quienes saben que se está escribiendo —o se escribió— la historia.
Citando periódicos internacionales y personalidades contemporáneas a ellos, en breve se presenta un vistazo de cómo fue percibida la actividad política de cuatro de los dictadores más emblemáticos de nuestra nación: Rafael Carrera —quien gobernó de 1844 a 1848 y de 1851 a 1865—, Justo Rufino Barrios (1873-1885), Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) y Jorge Ubico Castañeda (1931-1944).

“Carrera, el prometedor analfabeto”

“Cuando llegué a su presencia, se encontraba contando monedas de uno y de dos reales, habiendo otras varias personas en la habitación. Carrera tenía más o menos cinco pies y seis pulgadas de estatura —1.67 metros—, cabello negro y liso, complexión y expresión de indio, sin barba, y parecía no tener más de 21 años de edad…”
Alrededor del año 1839, un estadounidense apodado “El viajero americano” llegó a Centroamérica en una misión diplomática confidencial, confiada por el entonces presidente de Estados Unidos, Martin Van Buren. Su nombre era John Lloyd Stephens, y entre sus muchas aventuras por la región, que dejó registradas en un anecdotario llamado Incidentes en Centro América, Chiapas y Yucatán, relata con lujo de detalles su entrevista con el renombrado Rafael Carrera.
Este último fue un dictador nato: desde joven llegó a la cima del poder para quedarse, y para llevar a cabo sus ambiciosos cambios para el país. Ello lo hace notar el escritor guatemalteco Fernando González Davison, quien publicó en marzo del 2008 una biografía novelada de este personaje, La montaña infinita. En su obra hay una cita del mismo Stephens, quien afirma que “se hablaba de Carrera como ‘Rey de los indios’. Dada su autoridad, con una palabra podría causar la matanza de todos los blancos, sin duda alguna”.
Pero esto saca a la luz una faceta racista del dictador, en su momento tan arraigada que el explorador estadounidense no puede dejar de mencionarlo en una descripción que hace sobre el mismo personaje: “Tan joven, tan humilde en su origen, tan carente de todas las ventajas del nacimiento, con honrados impulsos quizá, pero ignorante, fanático, sanguinario y esclavo de violentas pasiones; dueño absoluto de las fuerzas físicas del país, las cuales empleaba para desahogar su natural odio hacia los blancos”.
No obstante, una vez alcanzado el poder, parece que las percepciones de Carrera sobre los extranjeros fueron cambiando a raíz de las cada vez más frecuentes relaciones que tuvo con ellos, sobre todo desde que un médico inglés le sacó una bala del cuerpo, según informa el mismo Stephens: “Sus sentimientos habían sufrido una completa revolución, y hasta aseguraba que ésta era la única gente que nunca le había engañado”.
Pero mayor que la antipatía que en algún momento podrían haberle inspirado los no nacionales, era aquella que sentía respecto de su gran rival, el unificador centroamericano Francisco Morazán.
La famosa revista Time escribió al respecto sobre Carrera, en una publicación de 1942 llamada El sueño de Morazán, relativa a un reintento de unión centroamericana al centenario de la muerte de éste. “El hombre cuyas legiones de campesinos fanáticos finalmente capturaron a Morazán, tras 18 años turbulentos de una primera federación, fue un porquero analfabeto llamado Rafael Carrera”, sentenció, un personaje que “más tarde sería conocido como el ‘General Cólera Morbus’, puesto que afirmó que aquellos que se le oponían habían regado la plaga del cólera mediante un envenenamiento de los pozos”.
Al final de su entrevista con él, John L. Stephens añade: “Considerando a Carrera como un joven de porvenir, le dije que, teniendo una gran carrera ante sí, indudablemente podría hacer mucho por su país; y él poniéndose la mano sobre el corazón y en un arranque de entusiasmo que yo no esperaba, dijo que estaba dispuesto a sacrificar su vida por la Patria”. Y de hecho, solo la muerte fue capaz de quitarle la autoimpuesta responsabilidad de su gobierno vitalicio.

“Barrios, el obsesivo patriota”

Cuando el presidente Vicente Cerna presentaba su informe de labores a término del año (1867), intentó dejar de lado las acciones de los rebeldes liberales, entre los que estaban Miguel García Granados, Serapio Cruz y un joven llamado José Rufino Barrios —que más tarde cambió su nombre por Justo—. “Esa ligera agitación no es sino el trabajo de unos pocos ambiciosos que no pueden llevarse con ningún gobierno que trate de conducir los asuntos públicos de modo ordenado”, declaró Cerna al respecto. Cinco años después, esa “ligera agitación” le había derrocado, derogado la Constitución vigente e iniciado abiertamente la era liberal dentro de la historia nacional.
A propósito, varios años más tarde, en 1948, saldría publicada en EE. UU. una biografía novelada sobre Barrios, ese joven liberal. La autora, Alice Raine, había residido varios años en estas tierras, y llamó a su protagonista el “Águila de Guatemala”, para titular la novela.
“Ardiente e inteligente, ambicioso para su país, trabajó para instaurar en las mentes feudales de sus compatriotas un orgullo en el progreso y un sentimiento por la democracia que él concebía”. Así le describió entonces, en una reseña crítica sobre el libro de Raine, el diario
neoyorquino The New York Times.
“Barrios es la más distinguida opción guatemalteca para inmortalidad como mártir de la Unión Centroamericana”, afirma el mismo artículo, puesto que, como liberal, Barrios representaba el eje mismo de la política estadounidense. Seguramente, no supieron ellos del mal carácter del mismo, ni de sus costosos caprichos cuasi-monárquicos, como su espada, actualmente exhibida en el Museo Numismático de Guatemala, compuesta por una hoja toledana, de empuñadura de oro y adornos de brillantes, rubíes y esmeraldas.
En El Salvador, país donde se dice que murió en la batalla de Chalchuapa, conocen esta faceta del personaje en cuestión. En un documento del Archivo General de ese país, el sociólogo Gilberto Aguilar, miembro de la Asociación Salvadoreña de Historia, menciona el carácter tiránico de Barrios al hacer alusión a su obsesión por la reintegración regional, que le llevó a emitir un controversial decreto en 1885 que “contenía disposiciones terribles, radicales e inapelables”; entre ellas, la “unión forzosa de las cinco repúblicas de la Centro América histórica”.
Sumado a ello, “el general Barrios se proclamaba presidente provisional con derecho a ejercicio del mando absoluto; todo el que se opusiera a la unión tal como la planteaba el decreto sería considerado traidor y tratado de acuerdo a la naturaleza de sus actos”.
De forma exhaustiva, el documento salvadoreño relata las vicisitudes que llevaron a una nueva tensión bélica en torno a la unión centroamericana: “El general Barrios, furibundo ante la oposición salvadoreña, aprestó el más grande ejército que se había conocido en todas las absurdas luchas fratricidas del Istmo. Unos 17 mil efectivos marcharon hacia la frontera salvadoreña”.
Cita Aguilar, además, el testimonio del secretario privado de don Rufino en aquellos días, un salvadoreño llamado Rafael Meza, que relata la angustiosa despedida que hizo Barrios a su esposa e hijos antes de partir hacia Chalchuapa: “En el rostro del duro general se reflejaban trágicos presentimientos”, escribe.

“Cabrera, el despiadado tirano”

“Don Manuel siempre causó controversia”, comenta Catherine Rendón, guatemalteca-estadounidense y doctora en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, en la introducción de su biografía novelada Minerva y la Palma: el enigma de don Manuel (2000). “Mi trabajo comenzó al tratar de descubrir si la figura histórica era tan terrible como la describe Asturias —en El Señor Presidente—. La realidad era aún más fantasiosa”.
Y realmente, si de alguno de nuestros dictadores se ha harto hablado es sobre Manuel Estrada Cabrera. Ya mucho antes de que Miguel Ángel Asturias ganara el Premio Nobel de Literatura (haciendo famosa la figura del gobernador déspota y despiadado), el alto número de exiliados políticos que partían de Guatemala llamó la atención de The New York Times, diario que se atrevió a llamarle “El Nerón de los Tiempos Modernos” en una publicación del 12 de mayo de 1907. Según un diplomático extranjero, citado anónimamente en el reportaje, y para entonces refugiado en Washington tras representar a su Gobierno en la Ciudad de Guatemala, “ninguna de las historias escritas hasta ahora sobre Cabrera y su asesino mandato lo pintan tan negro como realmente es. Pueden creer cualquier cosa que oigan sobre él, pues es una sabandija y un villano del más profundo tinte”.
Un artículo del año 2002 en la revista Américas, de las publicaciones más importantes de la OEA (Organización de Estados Americanos), narra una serie de acontecimientos que giran alrededor de los templos a Minerva que Cabrera mandó a edificar. En un inicio, menciona al renombrado autor de Un Mundo Feliz, el británico Aldous Huxley (1894–1963), —testarudo crítico de la sociedad de su época— y a la impresión irrisoria que causó en éste la aparición de una estructura griega en medio del “desértico pueblo de El Progreso”. El mismo artículo afirma que “el Estado que evolucionó (de las actividades de Cabrera y su gabinete por defender su poder) fue uno que operó a través de espías, prisioneros, guatemaltecos exiliados y muchas víctimas, no todos ellos culpables de conspirar contra el régimen”.
Ya más recientemente, en el año 2006 el diario peruano La República publicó una serie de textos inéditos del escritor Manuel Scorza (1928-1983), en los cuales aparece una aguda sentencia contra Cabrera al llamarle “el zoológico dictador de Guatemala, que (…) pretendía, como todos los gobernantes, ser un hombre de cultura”. Indignado ante aquella farsa, agrega que “muchos grandes poetas de América, el mismo Rubén Darío —económicamente sostenido por el dictador (en sus últimos meses, cuando padecía de las graves consecuencias de su alcoholismo)— no puede evadir la obligación de participar en los dementes festivales”. Y de hecho, en el poema Pallas Athenea del mismo Darío, se menciona a Cabrera como “un varón, todo energía y reflexión” que “el templo minervino eleva (…) que renueva el recuerdo del Partenón”.

“Ubico, el napoleónico controlador”

Muchas personas tienen alguien a quién admiran, que les inspira en, al menos, alguna faceta de su vida. Los grandes déspotas de nuestra historia, pese a su imagen terrible, no eran excepción. Jorge Ubico, quien gobernaría Guatemala durante 13 años, tenía en un pedestal a Napoleón Bonaparte y, pronto, para su gran deleite, empezó a ser reconocido mundialmente con un título alusivo al personaje de su admiración.
“El nuevo presidente de Guatemala es conocido como el “Pequeño Napoleón” de Centro América” anunció, como un pie de foto bajo un perfil monocromático del general Jorge Ubico, The New York Times un 31 de mayo de 1931. Apenas 15 años después, el ya desaparecido San Antonio Light (ahora San Antonio Express-News), un diario de Texas, informó en página primera, el 16 de junio de 1946, que “El ‘Pequeño Napoleón de los Trópicos’ había muerto”.
En un libro turístico sobre el país, Four keys to Guatemala (Cuatro llaves para Guatemala) editado en Estados Unidos en tiempos del general Ubico, las autoras describen su administración como una “marcada por el progreso en cualquier dirección. Los negocios y el comercio extranjero se han estudiado y desarrollado; la moneda se ha estabilizado; diversificadas formas de agricultura se han introducido, junto a estaciones experimentales para estudiar nuevos cultivos y asistir a los campesinos en dicho proceso (…) Las leyes de trabajo, y en general, para la protección de los individuos y los derechos de propiedad hacen hoy a Guatemala un país ordenado y pacífico”.
No obstante, no todos estaban para ser tan complacientes con las excentricidades del nuevo dictador. Sin ninguna sutileza, el nicaragüense Tomás Borge, (sandinista que en 1979 llegaría a ser Ministro de Interior), dice sobre Ubico en su autobiografía La impaciencia del paciente (1989): “Estaba más loco que media docena de ranas fumadoras de opio”.
De cualquier forma, la vida del general Ubico efectivamente semejó la de su ídolo francés. Ambos se impusieron en el poder, impulsaron con fuerza el desarrollo de sus naciones y, no obstante, sus aficiones por continuar dominando les condenaron a ser considerados locos y tiranos hasta que, pese al amor que tenían a sus patrias, murieron en tierra extranjera: Napoleón en la isla británica de Santa Helena y Ubico, exiliado en la ciudad de Nueva Orleáns, en el estado de Louisiana, Estados Unidos.
Y probablemente, sea ésa la faceta más trágica de todos estos autoconcebidos patriotas y héroes nacionales: su obsesiva ambición por transformar su querida Guatemala, paradójicamente, les convirtió en temibles figuras en las páginas de la historia.

  • Rafael Carrera (1814-1865)
  • Justo Rufino Barrios (1835-1885)
  • Manuel Estrada Cabrera (1857-1924)
  • Jorge Ubico Castañeda (1878-1946)

   

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