Norberto y la libertad
Más de 50 mil cubanos cruzaron en balsa el estrecho durante el régimen castrista.
POR ricardo trotti
En momentos en que el Gobierno cubano celebra sus 50 años, recibí en Año Nuevo, y como de costumbre en fechas importantes, la llamada de Norberto Ricardo, un balsero cubano a quien divisé junto a sus cinco compañeros en la inmensidad del Estrecho de la Florida, remando hacia la libertad.
Aquel día, 16 de agosto de 1993, peinando el océano con la flotilla de Hermanos al Rescate en busca de refugiados, pude asociar con imágenes el significado de la libertad: un grupo de personas desencajadas, agitando sus brazos para abrazarnos a cientos de metros y saltando a gritos en una titubeante balsa de cámaras de camión, sobre un fondo azul profundo y tenebroso. ¡Esa es la libertad!
El júbilo nos contagió a todos, los de la balsa y del avión. Ellos descubrieron libertad; nosotros, vida. Los de abajo estaban recién a medio camino después de cuatro días de travesía desde su salida del Cotorro, La Habana. Ya no tenían agua ni comida, y los brazos les pesaban como piedra. En vuelos rasantes les tiramos pomos con agua y una botella con una esquelita que, como periodista invitado, los pilotos argentinos Lares me permitieron arrojar: “Bienvenidos a tierra de libertad, Dios nos ha enviado por ustedes. El Coast Guard ya está avisado”. Firmado: “Hermanos al Rescate”.
Seguí luego el trajinar migratorio y entablé amistad con Norberto. En estos 15 años jamás perdió su optimismo contagioso, su gratitud venerable y su nostalgia por la Cuba que no pudo ser. Nació cuando el gobierno comunista ya tenía 13 años. “Desde chico me cansé de no poder ser yo”, descarga entre anécdotas. Se sentía oprimido por un régimen que no permite la iniciativa propia, que vigila, que induce a la desconfianza mutua, a no poder reunirse sin despertar sospechas, a no poder viajar sin permiso, a no tener religión, a no poder expresar opiniones y con acceso a derechos magros, como educación adoctrinada, salud sin medicinas y libreta de racionamiento escasa.
“Aquello no se lo puedo contar, hay que vivirlo”, repite cada vez que escucha alabanzas foráneas sobre el comunismo. Por esas privaciones decidió tirarse al mar, a pesar de que tenía “99 posibilidades para perder y una sola para ganar”. Las estadísticas son escalofriantes. Más de 50 mil cubanos cruzaron en balsa el estrecho durante el régimen castrista, pero algunos estiman que una cifra mayor pereció en el intento. Éxodo y holocausto al mismo tiempo.
Norberto lo intentó tres veces. En la primera lo atraparon y pasó 28 días en un calabozo de Villa Marista. En 1993 fue uno de los tres mil 687 balseros que alcanzaron la Florida, previo al éxodo masivo de 1994 permitido por Fidel Castro, que derivó en acuerdos migratorios entre Cuba y Estados Unidos, opacados por el hundimiento del remolcador “13 de Marzo”, en julio de 1994, y el derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate, en febrero de 1996.
Cuando la conversación es más íntima, Norberto confiesa que no comprende cómo pudo haber tenido el valor para enfrentarse a “todo o nada”, a los tiburones, y no fue capaz de desafiar al sistema. “Es que son muy eficientes —se responde—, logran que todos desconfiemos de todos, que nos acusemos, nos controlemos, que tengamos doble cara”.
Norberto sabe que el paraíso no existe, y que su actual tiene imperfecciones. Pero está feliz de que sus tres hijos tengan ahora lo que él nunca tuvo hasta que se arrojó al mar. Para ellos, viajar, expresarse, disentir, criticar, votar… son verbos superficiales. “No saben lo que es sentirse preso en su propio país”, dice con orgullo.
Junto a sus hijos, esposa y madre, Norberto vive hoy en Miami, en una casa que pudo comprar y que sirvió de refugio a otros 53 familiares que trajo desde 1994.
Mientras en Cuba el gobierno festeja sus logros de medio siglo recibiendo a gobernantes a los que prohíbe reunirse con disidentes, yo celebro que Norberto me haya enseñado el valor de la libertad, que se la haya regalado a su familia, y de haberme prometido intercambiar mis fotos de la balsa por su tesoro mejor guardado, una copia de aquel papelito con la frase: “Bienvenidos a tierra de libertad”.
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