Comercio a gran escala
Buses, camiones, bultos, vendedores, compradores y ladrones. Ese es el escenario diario del mercado La Terminal, en la zona 4.
Las manos, el rostro y la ropa se ennegrecen por la manipulación del carbón.
Bajo el potente sol, los trabajadores acuden día a día para ganarse la vida.
Luis Díaz (40) y su hijo Venancio (10), barren las calles, todas las noches, en La Terminal.
Desde la madrugada ya hay gran movimiento comercial.
Los sacos de vegetales se juntan por todas las calles.
Fotos de
por Roberto villalobos
fotos: Óscar estrada y erlie castillo
Son apenas las dos de la madrugada, y ya hay gran cantidad de personas trabajando en el mercado La Terminal, en la zona 4 de la ciudad de Guatemala. Estos movimientos se dan por las noches, por las restricciones impuestas por la municipalidad capitalina para el transporte pesado, que no puede circular entre las 5.30 y las 9 horas, y entre las 16.30 y las 20.30 horas, con el fin de evitar atascos.
En tanto, la escarcha impregnada en los vidrios de los buses, camiones y otros automóviles revela el frío que hay a esas horas; sin embargo, eso parece no importarle a algunas personas que allí trabajan, pues apenas visten una ligeras playeras o camisetas. Y no es para menos, pues andan en un trajín, de arriba para abajo, cargando los pesados sacos desde un camión, para luego acomodarlos (o tirarlos) en una bodega. Esos trabajadores, literalmente, sudan frío. En tanto, los pilotos de los camiones y algunos propietarios de la mercadería se limitan a observar, con un sombrero típico de oriente en la cabeza, una gruesa chaqueta de cuero y un afilado machete que cuelga de sus cinturones; otros, con una o dos armas de fuego, también en la cintura o escondida detrás de la chumpa.
Pero esas armas, según dicen, son para utilizarlas para defenderse ante cualquier ataque de delincuentes. Y es que este mercado —el más grande del país y de Centroamérica, y que se ha incendiado más de una docena de veces desde finales de la década de 1980—, ahora es el refugio de maleantes y sicarios. Por eso, la consigna en La Terminal es: “ladrón visto, ladrón muerto”, tal como refiere un transportista de papas, quien prefirió omitir su nombre; ésta es la frase que repiten muchos vendedores de todo el sitio, cuya reacción se debe a los constantes asaltos y asesinatos que se dan en el lugar.
De hecho, cuando se camina entre sus calles es inevitable estar viendo con inquietud a la derecha, a la izquierda y atrás, para saber si alguien está vigilando nuestros pasos y beneficiarse de un descuido. Por ejemplo, los carteristas aprovechan el continuo contacto físico para sacar de los bolsillos las billeteras o el teléfono celular.
“Voy, voy, voy...”, pasa anunciando, de repente, un cargador de cebolla, cuyo aviso no sirve de nada, pues ya ha pasado empujando a varias señoras.
Más atrás vienen otros cuatro o cinco cargadores, unos con limones o naranjas, otros con tomates o zanahorias. Es un trabajo duro, pero en ocasiones poco recompensado: cobran Q7 por un viaje de unas tres cuadras con una enorme carga. Los problemas de espalda son los más comunes. Hasta los niños hacen ese trabajo, y quién sabe cómo aguantan el enorme peso.
La construcción del mercado La Terminal se inició en 1959, aunque para 1963 solo había sido terminada la parte sur. Todo el mercado está dividido, en la actualidad, en 48 sectores, en los cuales se puede encontrar de todo, desde frutas y verduras, hasta carbón, leña, aluminio, mariscos, flores, ropa, artículos de plástico, cientos de tiendas de abarrotes, comedores y hasta chatarra tirada en las calles que anuncia que allí se venden repuestos usados para automóviles. Todo esto se observa al dar un simple paseo por sus calles y callejones, en los que, si no se pone la debida atención, es fácil perderse.
Lo malo es que en todo el piso del mercado reina la basura; en las paredes y postes, los orines; en las calles principales, la humazón de las camionetas extraurbanas y urbanas, y en los rinconcitos más lejanos y oscuros, algunas parejas amándose.
Mientras se sigue el recorrido se escucha la constante oferta de productos: “Pase por aquí, mamaíta, plátano bueno”, “A veinte, a veinte la libra de chiltepe”, y un largo etcétera. Todas las mujeres, eso sí, con su gabacha adornada con “vuelitos”, en donde guardan gran cantidad de monedas que hacen ruido cada vez que se pasan la mano por ahí.
Es también interesante escuchar los altavoces de algunos vehículos que se estacionan en los alrededores: son de quienes ofrecen cremas milagrosas para hacer desaparecer manchas o eliminar los hongos.
El comercio en este lugar, de acuerdo con los vendedores, va de lo mejor: algunos cálculos indican que se llegan a mover hasta Q30 millones al día, es decir, casi Q11 mil millones anuales. “Aquí se pasea gente con Q10 mil ó Q15 mil en la bolsa. Esa gente viene de los diferentes departamentos del país; aquí compran en la madrugada, cargan sus picops o camiones y se llevan el producto para venderlo en los mercados de donde vienen. La ventaja es que aquí todo es más barato, y no como en los supermercados”, explica Antonio Razam, quien tiene 48 años de trabajar en el lugar.
A pesar de llevar gran cantidad de dinero en las bolsas, la gente parece tranquila: “Aquí hay muchos vendedores armados; nos cuidamos entre todos, porque ya nos cansamos de la situación”, refiere Razam.
Por aparte, el inspector Héctor Noé González, de la división de la Policía de Mercados (Polimerc), de la Policía Nacional Civil, insta a las personas a que, si atrapan a algún ladrón, lo entreguen a las autoridades. “Sabemos que los delincuentes no se tientan el alma, pero hay que procurar que estas personas se queden en la cárcel, pero para eso necesitamos las denuncias, para que todo quede dentro de un marco de ley”, afirma.
Pero, a pesar de los esfuerzos que se dan para frenar la delicuencia, ésta continúa: personas vestidas con traje y corbata se dedican a abrir carros y sustraer las pertenencias (radios o dinero), unos “santos” que llevan una Biblia en la mano, pero que en medio de ella llevan escondida un arma, o los “bulteros”, que toman los sacos de los picops sin que el conductor se dé cuenta, sino hasta que llega a su destino.
Los mandamás
Debido al abandono en que la municipalidad capitalina tiene a La Terminal, los comerciantes han tenido que organizarse para mantener el orden y la limpieza, hasta donde se puede.
Olga Argueta es quien preside la Asociación de vendedores, que se formó cuando se pensaba trasladarlos a la Central de Mayoreo (Cenma), en la zona 12. Según dice, son ellos los que organizan el tránsito, hacen reparaciones a las instalaciones y ponen el alumbrado público. Se mantienen con el dinero recaudado del cobro que hacen por concepto de parqueo, tanto a automovilistas como a camioneros y buseros. “Se cobra Q2 ó Q5, y se trata de una colaboración, la cual nadie está obligado a dar”, expresa. “De esta pobre colaboración es que sacamos adelante al mercado”, expresa. Sin embargo, al día, recaudan un promedio de Q1 mil. “Uno no es monedita de oro para caerle bien a todos, pero aquí todo es transparente”, cuenta.
En cambio, dice Argueta, la municipalidad cobra a los locales de los puestos autorizados, pero nunca se ven obras para ningún sector de La Terminal. De hecho, en todo el perímetro no hay ningún policía municipal, y por las noches no hay personal que se encargue de la limpieza del lugar. Todos los barrenderos que trabajan allí son pagados por cada negocio, y se les da entre Q1 y Q3 por cada pedazo. Los únicos policías municipales que se ven están dentro del edificio principal del mercado, en horario nocturno.
Y los problemas van más allá, pues los intentos de traslado, en años anteriores, eran frecuentes, a pesar del desacuerdo de los comerciantes. “Aquí hay gente que lleva varias décadas vendiendo, y es injusto que se les niegue su derecho a trabajar; aquí hay voluntad para que ese comercio informal se legalice, pero las autoridades tal parece que no quieren hacerlo”, dice Argueta.
Josué Hernández, líder del Comité de emergencia de ese mercado, coincide con lo anterior, y también aduce a la falta de comunicación de las autoridades ediles para que ellos puedan ser escuchados. Prensa Libre también intentó en repetidas ocasiones conocer la versión de la municipalidad, pero no se tuvo respuesta.
Competitividad
A pesar de todos los problemas de La Terminal, Lisardo Bolaños, investigador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales, comenta que el mercado puede aprovechar de mejor manera su ubicación, pero que para eso debe haber un acercamiento entre las autoridades municipales y los vendedores. Asimismo, los comerciantes tienen la oportunidad de desarrollar sus negocios y ser más competitivos, desde hacer cosas tan simples como seleccionar los mejores productos y ofrecerlos a sus clientes. “Si no se puede competir por precio, como se hace en la Cenma, entonces hay que competir por calidad”, puntualiza.
En este contexto, lo mejor para todos los capitalinos es que la municipalidad haga algo para beneficiar a todos los vendedores, pues este comercio es de vital importancia para el país. En fin, que siga la venta.
30 millones de quetzales se mueven cada día, aproximadamente, en el mercado La Terminal.
4 mil 464 puestos están autorizados por la Municipalidad de Guatemala en ese mercado. En El Granero, ubicado en el mismo sector, están autorizados mil 152 puestos.
35 mil vendedores se calcula que hay en todo el perímetro del mercado. La gran mayoría es del comercio informal.
20 efectivos de la Policía Nacional Civil, solamente, resguardan a los miles de comerciantes y compradores de La Terminal, y solo cuentan con dos autopatrullas.
- Esta es una breve lista de los problemas que enfrentan los vendedores y compradores de La Terminal. Las autoridades de gobierno son las responsables de solucionarlos.
- Desorganización en el uso del espacio y propiedad pública
- Inseguridad
- Falta de limpieza
- Tránsito mal regulado
- Inequidad y selectividad en la fiscalización del pago de impuestos
- Falta de beneficios por pago de impuestos
- Lo anterior es producto de la falta de comunicación entre vendedores y la municipalidad capitalina, así como con el Ministerio de Gobernación, para la seguridad.
“No conocemos a los Ángeles Justicieros”
El líder del comité de emergencia del mercado La Terminal, Josué Hernández, se refiere a los problemas que enfrenta a diario el comercio de ese sector.
¿A qué se deben los enfrentamientos constantes con la municipalidad?
Parece que ellos siempre nos han querido dañar; sin embargo, ahora nos han dejado trabajar tranquilos.
¿Pero se debe a los intentos de trasladarlos a otro lugar?
Sí, y siempre nos hemos opuesto al traslado, porque las ventas son mejores aquí.
¿En qué ha colaborado la comuna con ustedes?
La verdad es que estamos abandonados por ellos; nos tienen marcados como un punto rojo. Necesitamos que nos pongan atención, y que tanto ellos como nosotros lleguemos a un acuerdo. De momento, somos nosotros, la gente que trabaja en toda La Terminal, la que aporta de su bolsa para los servicios de limpieza, bacheo de calles o alumbrado.
¿Al menos hay diálogo con las autoridades de la municipalidad?
Lo que pedimos es que nos podamos juntar y negociar. El diálogo está abierto con la municipalidad, pero ellos, a muchas cosas, se hacen de los oídos sordos.
Pero se sabe que aquí mismo, entre los mismos vendedores de La Terminal, no se ponen de acuerdo. Tal es el caso de los enfrentamientos entre el comité que usted lidera y la Asociación de vendedores, presidida por Olga Argueta.
No hay pelea entre nosotros; es más, al momento de cualquier cosa, nos unimos a favor de los intereses del mercado.
Hay quienes dicen que es el comité de emergencia el que financia a los Ángeles Justicieros, que supuestamente protegen a la gente en La Terminal.
El comité desconoce sobre esos Ángeles Justicieros, y trabajamos solo con la Policía de Mercados (Polimerc, de la Policía Nacional Civil). Lo cierto es que, en el caso del sector de La Tomatera, la mayoría de vendedores andan armados. Por eso aquí no hay ladrones ni se escucha de extorsiones. |