Crónica pesquera
Los pescadores guatemaltecos llevan una vida difícil, pero atractiva.
Los pescadores empiezan a trabajar a muy temprana edad.
Reunión de pescadores, mientras se produce el atardecer.
Los pelícanos esperan las sardinas que desechan los pescadores.
Pezca antes de ser transportada a la capital.
Fotos de
por ana MartÍnez de zÁrate
fotos: carlos SebastiÁn
¿A que ya no opinas como esa canción que dice: En el mar, la vida es más sabrosa?”, me dice, divertido, Edilberto Herrera Mota, alias el Capitán, de 36 años, quien lleva más de 20 dedicándose a la pesca. Y es que deseo pisar tierra firme y que todo deje de darme vueltas. Ya se me habían olvidado las preciosas vistas que proporcionan la conjunción del sol y su vivo reflejo en el agua, las rápidas y pícaras aves cazando peces, los diferentes matices de azul del cielo y el mar. Pura belleza.
Para experimentar cómo es la vida de los pescadores guatemaltecos nos desplazamos hasta El Semillero (Escuintla), donde hay alrededor de 800 personas que se benefician de la pesca. A pesar de ser una zona pesquera, solo hay entre 40 y 45 lanchas, con las que se adentran unos cuatro o cinco kilómetros en el mar para pescar de forma artesanal animales pequeños, ya que las redes que utilizan no permiten atrapar especies más grandes, porque las romperían. Alguna vez han capturado tiburones, pero lo normal es que éste rompa las redes y que estén más lejos de la costa, explica Ismael Zepeda, presidente de la Asociación Tilapiera, uno de los pocos que no tienen apodo y que nos acompaña junto al Capitán por el recorrido en lancha.
El primer problema es la entrada al mar, la denominada por los pescadores como “barra”. Estamos en la desembocadura del río Nahualate hacia el Pacífico. Hay que aprovechar cuando pasa la ola para, antes de que llegue la siguiente, estar en alta mar. Si en caso contrario, la ola impactara sobre la lancha, ésta podría ser partida. Esta labor requiere mucha fuerza y obliga a que en cada barca vaya más de una persona. Lo normal es que “estemos dos personas”, el capitán y el marinero, aunque hay veces que son tres los tripulantes, dice el Capitán.
Cuando el río está seco, porque las fincas de la zona se llevan su agua sin permiso de la comunidad, la entrada se tiene que hacer por la playa, lo cual es todavía “más difícil y peligroso”, cuenta Zepeda. Es común que los pescadores tengan hernias, debido a la fuerza que deben realizar, añade el Capitán.
Travesía
Antes de salir al mar, Zepeda termina de limpiar la lancha y se coloca en la cabecera, y el Capitán, en la cola. Los dos van ataviados con pantaloneta y playera, y, descalzos, no dudan en meterse en el agua para empujar con todas sus fuerzas. Está costando demasiado, aunque las temibles olas en esta ocasión no sobrepasan el metro de altura —en época de invierno pueden alcanzar los siete—, así que acaban pidiendo ayuda a un joven con jeans negros, que enseguida, muy solícito, colabora en la labor de empujar. Por fin lo logramos y ya estamos en plena mar.
El equipaje que llevan los pescadores incluye unos cuchillos, “por si pasa cualquier problema con alguna red o pez”, explica Zepeda; una piedra para afilarlos, lámparas de mano, un par de banderas para delimitar sus zonas de pesca, los “intermitentes”, que son las luces que ponen en las banderas para cuando se hace de noche, un par de bidones de gasolina, una hielera para guardar el pescado, una olla con arena y carbón para calentar su comida y, por supuesto, varias redes y una cimbra con anzuelos de carnaza, por si la pesca con red fuera mal. También suelen llevar un botiquín con medicinas y un chaleco salvavidas.
La lancha en la que subimos, llamada Camarón, es de cinco metros de largo y puede alcanzar hasta 60 kilómetros por hora.
Los primeros pescadores con los que nos encontramos son dos primos: Roberto Belarmino Arroyo Castillo y Esvin Valerio Castillo. Llegaron a las dos de la madrugada y se quedarán hasta la tarde de este mismo día. Permanecer una noche es lo corriente en El Semillero, aunque eso depende de las zonas; por ejemplo, “en el Puerto San José y en Champerico lo normal es estar en el mar unos tres o cuatro días. Todo depende de lo que tarden en conseguir una pesca aceptable”, nos cuenta, una vez en tierra, Mario Hernández, el Camarón, presidente de la Gremial de Pescadores Artesanales del Litoral Pacífico y que hoy le tocó venir a la zona de Tiquisate, debido a que cada día visita una playa diferente. A él acuden alrededor de 17 mil 520 pescadores, agrupados en 52 asociaciones del Pacífico, para que les resuelvan sus problemas, desde que se les ha roto un motor de la lancha, hasta los asaltos que han sido víctimas. “Todos me llaman. Debería trabajar en Prensa”, bromea. Calcula que hay unos 30 mil pescadores que realizan todo tipo de pesca en el litoral pacífico. Para la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) 155 mil familias se benefician de esta actividad en todo el país.
Los primos han elegido un lugar que no estaba ocupado, para estacionarse y echar las redes al mar. No hay reparto de territorios ni nada parecido. “El mar es de todos”, resume el Camarón. En las puntas colocaron unos cables, donde ponen unas bolas flotadoras y luego una banderita, para saber dónde están sus ganancias. Dentro de una hora y media —ese es el tiempo recomendado, aunque depende de cómo vaya la pesca— las sacarán y recogerán toda la pesca. Cuando llega ese momento, se amontonan en los alrededores una veintena de pelícanos para tomarse las sardinas que los primos van tirando de nuevo, ya que “aquí no hay mercado”, pero que, rápidamente, son degustadas por las aves. Esta vez capturaron, sobre todo, camarones. También tienen un tacazonte que han atado a la lancha y que enseñan orgullosos. Asimismo, el róbalo, el pargo dentón y la curvina son los pescados más codiciados, los denominados “de primera” y cuyo precio actual alcanza entre los Q8 y Q13 por libra, dependiendo del tamaño. Lo capturado es llevado en su gran mayoría hacia la capital.
Las mejores horas para la pesca son las primeras de la mañana y a la caída del sol. Después de esa hora se recomienda guardar la red, porque se recoge mucha sardina, y no volver a echarla hasta a partir de las 4 de la madrugada. En esas horas de sueño, los pescadores ponen tablas de madera en el piso de la lancha y algunos se cambian de ropa, para no estar tan mojados, e intentan dormir. Están acostumbrados al vaivén, por lo que pueden descansar plácidamente.
Si existe una cualidad que caracteriza a los pescadores es la paciencia, recalca el Capitán. Y es que su trabajo consiste en gran parte en esperar. Y cada uno intenta pasar el tiempo como mejor puede. Algunos escuchan música, varios juegan con su celular, otros simplemente se solean. Además, aprovechan para hablar mientras ingieren los alimentos que traen desde tierra y que les ha cocinado su familia. Normalmente su dieta se compone tanto de carne como de pescado. La mayoría presume de su buena salud por ese motivo. “En toda mi vida casi no me he enfermado”, menciona Zepeda. “Y mi suegro, con 70 años, sigue pescando”, añade. Y es que, para el Camarón, hay que comer pescado como mínimo tres veces a la semana, pero sin descuidar la carne, que aporta la fuerza que tanto necesitan los pescadores.
Jóvenes
Sorprende que la mayoría de los pescadores que conocemos son muy jóvenes. Algunos tienen apenas 15 años, como Mynor Enrique, aunque aparenta menos. Lleva alrededor de un mes laborando en este oficio y dice que le gusta. Su compañero de lancha es Juan José, de 17, quien empezó hace dos. Muchos comienzan tan jóvenes debido a “la necesidad”, afirma el Capitán. “Nos gustaría que estudiaran, pero no hay oportunidad. Muchos ya conocen lo que es ganar dinero, y lo prefieren a seguir con los estudios”, explica. Y es que en un día muy bueno se puede llegar a ganar entre Q300 y Q400 por persona. Eso sí, hay otros días “en los que no se gana nada”, comenta, “y te dan ganas de vender todo y dedicarte a otra cosa”.
No hay ninguna mujer pescadora, aunque, según Zepeda, las ha habido, “pero hace como 10 años que ya no queda ninguna”. Según él, la situación se ha puesto más difícil todavía, debido a los asaltos. “Ayer, sin ir más lejos, asaltaron una lancha y no solo se llevaron los pescados, sino también los dejaron sin gasolina”, se indigna el Camarón. Sin embargo, “en otros sitios como Tilapa, Tulate o en El Chico hay mujeres pescadoras. Yo tengo asociadas hasta 300. Y son fuertes”, dice con admiración. Deben serlo, no todo el mundo puede aguantar.
Otro inconveniente es el tremendo sol. Muchos usan gorra por ese motivo; sin embargo, la mayoría están acostumbrados al calor. Ni el agua salada del mar los refresca. “Quema más”, precisa el Capitán. También, los ojos son dañados por el reflejo de la luz en el agua, pero nadie lleva gafas de sol. Su piel tostada por el sol y sus manos estropeadas evidencian que es un trabajo duro.
Comienza a ponerse el sol, son las cinco de la tarde y el mar se embravece todavía más. Tres barcas se amarraron mientras continúan esperando. Estamos entre cuatro y cinco kilómetros más allá de la playa. La profundidad es de 15 metros. Los tripulantes más parece que están de excursión que trabajando. Beben gaseosas, juegan con los celulares, saltan de barca en barca. “Algunos hasta traen chelas cuando están de goma”, asegura el Capitán. Uno de los mayores que está entre ellos es Mala Suerte. Paradójicamente, es de los que más pesca consigue. Y es que en el mar nada es lo que parece.
De repente, mientras todo es perfecto, el sol enorme y naranja chillón se esconde, con un cielo entre rosado, naranja y amarillo, y un mar azul oscuro. Y uno se siente privilegiado, y hasta dan envidia los pescadores, que cada día pueden observar esta hermosura de vista. El sol es cada vez más rojo. En apenas unos minutos desaparece. Son las seis y media de la tarde. Las tres lanchas se separan y comienzan a echar una carrera entre las voces de los tripulantes, la mayoría son trabajadores que luego se reparten el dinero con el patrón de la barca. Llegamos a tierra, pero todo sigue dando vueltas. Hasta después de un buen rato no se me pasará la sensación de no estar pisando tierra firme.
- Según el último estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), de diciembre del 2005, la pesca representa para el país un PIB del 0.45 por ciento y se ubica en el tercer rubro de exportaciones, generando ingresos entre los US$50 y 80 millones.
- La actividad pesquera se realiza en los primeros 14 mil 700 kilómetros cuadrados en el Pacífico, y en los dos mil cien kilómetros cuadrados del Atlántico.
- Según Manuel Ixquiac, Jefe de la Subárea de Evaluación de Recursos Pesqueros de Unipesca, en el 2007 se produjeron 26 millones de libras de pescado y 2 millones de libras de camarones, en la pesca artesanal e industrial, sin tener en cuenta el cultivo pesquero.
- No se han alcanzado los mejores volúmenes de producción que se dieron en el 2002. Y esto se debe, según la FAO, a la presencia del fenómeno el Niño, que perturbó el patrón normal de abundancia y distribución de las poblaciones naturales de los recursos; al sobredimensionamiento de la flota pesquera artesanal, con escaso control por parte de la administración pesquera; a la paralización de las operaciones de la flota, por los costos elevados de combustible y equipos de pesca, y a la degradación de los fondos marinos.
- De subsistencia diaria: pesca de camarones, cangrejos, mojarras, jaibas, almejas y caracoles desde las orillas de la playa, en cayucos empujados por vara o remo y con ayuda de atarrayas, trasmallos o anzuelos.
- En tiburoneras: son adentradas alrededor de cien kilómetros de la playa. Miden entre 25 y 27 pies de largo. Este tipo de pesca se da en Puerto San José y en las comunidades de Iztapa, Buenavista y Puerto Viejo (Escuintla). Cada libra en bruto se vende a Q5.50. Con dos o tres personas a bordo, suele permanecer en el mar entre 24 y 48 horas.
- Pesca semiindustrial: es practicada en barcos de 25 a 27 pies de largo en los que viajan cinco personas. Se adentran entre 8 y 10 kilómetros en el mar, donde suelen permanecer durante 8 días. Pescan, sobre todo, camarón, calamar, langosta y abulón.
- Pesca industrial: suelen permanecer hasta 15 días en el mar, a unos 20 kilómetros playa adentro, con seis tripulantes. El barco mide entre 32 y 35 pies. Recorren el litoral pacífico pescando camarón, calamar, langosta y atún.
- Fuente: Mario Hernández, presidente de la Gremial de Pescadores Artesanales del Litoral Pacífico.
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