Historia de una tierra sumergida
Durante miles de años, el Puente de Beringia unió Asia y América.

pOR SÉbastien Perrot-Minnot
Las historias de territorios sumergidos, de mundos perdidos, siempre fascinaron la mente humana. Una de estas historias tuvo como escenario el lugar ocupado ahora por el Estrecho de Bering, el cual separa Alaska (Estados Unidos) de Siberia (Federación de Rusia). Las oscuras aguas del estrecho, barridas por vientos helados, se encuentran, al norte, con las del océano Glacial Ártico.
En 1937, el botánico sueco Eric Hulten, constatando las fuertes semejanzas entre la vegetación de ambas orillas del estrecho de Bering, dedujo que un “puente” terrestre debió haber unido Siberia y Alaska miles de años antes. Este territorio formaba parte del vasto subcontinente que Hulten designó “Beringia” y que se extendía del río Lena, en Siberia, hasta el río Mackenzie, en los Territorios del Noroeste (Canadá). En las últimas décadas, los esfuerzos de científicos apasionados —entre los cuales cabe mencionar al geólogo estadounidense David M. Hopkins (1921-2001)— arrojaron luz sobre la larga historia y las curiosas características del antiguo puente intercontinental.
Este emergió en dos ocasiones: hace 40 mil años —por una duración de unos cuatro mil años—, y luego, entre aproximadamente 23000 y 8000 a. C. La glaciación de Wisconsin, que apareció hace 70 mil años y concluyó hace 10 mil años, había cubierto con gruesas capas de hielo la América del Norte y parte de Asia, lo que aprisionó las precipitaciones en los continentes y ocasionó, en consecuencia, un descenso de 120 metros del nivel de los mares. En el Estrecho de Bering, cuya profundidad actual solo oscila entre 30 y 60 metros, la retirada de las aguas dejó al descubierto una faja de tierra que en ciertos sectores pudo alcanzar un ancho de mil 200 km.
En este mundo hoy desaparecido hay que imaginar una serie de llanuras dominadas por algunas montañas. La lluvia y la nieve eran retenidas en las cimas de los glaciares y las montañas situados en Siberia y Alaska, lo que propiciaba, en el Puente de Beringia, un clima sorprendentemente suave pero muy seco, que no dejaba crecer los bosques; el paisaje solo mostraba hierbas y suelos al desnudo. Este territorio aparentemente austero representaba un refugio para varias especies de animales (algunas ya extintas) que hallaban aquí condiciones de supervivencia más favorables que en los interminables glaciares. Mamuts, caballos, bisontes y caribús pacían felizmente las abundantes hierbas, pero estaban acechados por depredadores como los tigres de dientes de sable, los osos gigantes y los lobos. El Puente fomentó las migraciones de las especies entre Asia y América, y viceversa.
La concentración de esta fauna seguramente atrajo al que ya se estaba afirmando como el mayor depredador del planeta: el hombre. Durante el Paleolítico Superior (33,000–8,000 a. C.), nuestros antepasados desarrollaron considerablemente su organización social, su cultura material, los sistemas de transmisión de las ideas y los conocimientos, y las expresiones artísticas, que se manifestaban en pinturas rupestres, figurillas y huesos grabados. Para el hombre paleolítico, el mamut revestía un interés particular, y no solamente por su carne: sus huesos y defensas eran aprovechados para la confección de herramientas variadas, de objetos rituales o simbólicos, y de abrigos a la prueba de las extremas condiciones climáticas. Para hacer caer los gigantescos paquidermos, los cazadores de la Beringia prehistórica utilizaban lanzas provistas de elaboradas puntas de sílex e implementaban eficientes tácticas de cerco de las presas. Las actividades de caza habrían llevado a los seres humanos al Puente de Beringia, y de aquí, a las vírgenes tierras americanas.
Hace más de dos siglos, el ilustre político y filósofo estadounidense Thomas Jefferson (1743-1826), que efectuó investigaciones en sitios precolombinos de su país, ya sostenía que los antepasados de los nativos americanos habían venido de Asia, cruzando el Estrecho de Bering. La idea de que el puente terrestre de Beringia haya sido una ruta que permitía la migración de grupos humanos a las Américas es ampliamente aceptada por los investigadores desde los años de 1950.
Recientemente, se ha propuesto otro modelo migratorio, por las costas de la Beringia. Sin embargo, en todos los casos, las evidencias irrefutables se hacen desesperadamente esperar, y surgen cada vez más interrogantes. Si no se pueden negar las similitudes entre las sociedades paleolíticas del Extremo Oriente ruso y América del Norte, se observan igualmente diferencias significativas. Ciertas importantes expresiones artísticas presentes en Asia, como por ejemplo las figurillas femeninas conocidas como “Venus”, no fueron halladas en el continente americano. En el campo tecnológico, tradiciones distintas se desarrollaron en ambos continentes, especialmente en lo que respecta a las tan cruciales puntas de proyectil. Las puntas de tipo Clovis (del nombre de un pueblo de Estados Unidos donde se hallaron varias de ellas), de las cuales las más antiguas tienen más de 13 mil 500 años, permiten definir una de las primeras culturas americanas. No se ha podido probar, hasta la fecha, que las puntas Clovis deriven de una tecnología asiática.
Por otra parte, los sitios más antiguos del continente americano —como por ejemplo el de Monte Verde (Chile), de más de 33 mil años— plantean un serio problema. Efectivamente, se supone que antes de 12,000 a. C., las enormes capas de hielo que invadían América del Norte impedían prácticamente el paso de los hombres. Por otra parte, algunos asentamientos —como el de Topper, en Estados Unidos, que tendría 50 mil años de antigüedad— podrían ser anteriores a la formación del Puente de Beringia. Estos elementos tienden a sugerir la posibilidad que el continente haya sido poblado por diversas rutas.
En 1954, el destacado arqueólogo J. Eric S. Thompson había advertido, en su libro Grandeza y decadencia de los mayas: “Todo este problema del hombre primitivo en esta parte del globo es asaz complicado y está todavía bastante lejos de ser resuelto.” Lo mismo se podría decir hoy, a pesar de los notables avances de la ciencia. Mucho queda por descubrir en los fríos y salvajes territorios del Gran Norte. Lamentablemente, el mar, que recuperó sus derechos sobre el estrecho de Bering, guarda celosamente valiosas informaciones arqueológicas.
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