Semanario de Prensa Libre • No. 239 • 01 de Febrero de 2009

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En tercera persona

Hacedora de letras
Su afición por la caligrafía la convirtió en una profesional de este arte.

Imagen
Foto Prensa Libre: Carlos Sebastián

Su personalidad un tanto retraída, cuando estudiaba la secundaria en el colegio Sagrado Corazón, indujo a Ana de Figueroa a desarrollar un talento que un grupo de personas muy reducido practica: la caligrafía.
En aquella época no sospechó que ese gusto terminaría siendo su profesión de adulta. “Mientras mis compañeras jugaban, yo me dedicaba a practicar la caligrafía”, cuenta Ana, quien disfruta cada hora de las muchas que pasa sentada escribiendo a mano.

Textos de tarjetas, diplomas, pergaminos y hasta cartas de amor que le encargan algunos enamorados, todo recibe la magia de sus manos al aplicar su estilo.
La mayor satisfacción la vive, según relata, cuando observa el rostro emocionado de las novias al recibir las invitaciones de su boda.
Perfeccionar este talento le ha llevado varios años. En 1994 se graduó de perito contador. Las primeras clases que recibió de caligrafía fueron en 1991, cuando estudiaba el tercer año básico, bajo la dirección de Marina de Debroy, especialista en escritura cursiva ornamental. Las enseñanzas de esta maestra —que falleció hace dos años— son huellas imborrables para Ana, pues gracias a ella hoy es calígrafa.

El año pasado recibió clases con Guillermo Fernández, quien le enseñó el estilo gótico e iluminación. Durante este lapso también recibió cursos en línea del estilo coppertplay, que imparte la Asociación de Artes Caligráficas, con sede en Estados Unidos, y de la cual espera ser socia a partir de febrero próximo.
Su timidez quedó un poco en el pasado, debido a que para poder abrirse campo ha tenido que salir con su portafolio lleno de muestras para exponer su destreza a empresarios de la serigrafía, pero también trabaja en su casa (13 Av. 18-59, zona 10). La habilidad que ha desarrollado le permite, en la actualidad, rotular un sobre en dos minutos, y escribir el texto de una tarjeta en media hora. Su concentración en el trabajo es tanta que su esposo, más de alguna vez, le ha dicho, en broma: “¡Qué aburrido!”

(FMM)

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