Semanario de Prensa Libre • No. 241 • 15 de Febrero de 2009

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D ciudad

Músicos de la calle
Ellos no se presentan en salas de espectáculos grandes ni pequeñas, sus escenarios son los paseos públicos, en donde pocos transeúntes se detienen a escucharlos, pero se van resonando mentalmente sus melodías.

por Julieta Sandoval
Fotos: Carlos Sebastián

Entre el correr tras un autobús, pasar las calles para esquivar un automóvil, soportar el bullicio de las bocinas, en ciertas aceras del Centro Histórico se escuchan dulces sonidos interpretados por músicos que han aprendido a ejecutar sus instrumentos, no de forma académica, sino a oído o con algunos cursos con un profesor.
Tal vez no sea Las bodas de Fígaro, de Amadeus Mozart, o la Quinta Sinfonía, de Ludwig van Beethoven, pero son agradables acordes de acordeón, violín o saxofón. Lo más común es escuchar boleros, cumbias o, en su mayoría, pop. Aunque en otros países, en especial europeos, se observa en las calles a jóvenes tocando piezas clásicas, lo hacen para obtener dinero mientras estudian música en academias o universidades, cuenta Paulo Alvarado, ex integrante de Alux Nahual. En Guatemala la característica es que esto se convierte en una forma de trabajo, ya que lo recaudado es para subsistir; la mayoría son no videntes.
Al verlos sentados siempre en el mismo lugar, quizá con diferencia de unos metros, con frío o calor, lluvia o aire, sin importar que los caminantes se detengan unos minutos para escuchar unas notas o para depositar unas monedas en sus canastitas, no interrumpen su trabajo. Ellos tienen muchas historias como melodías para tocar.

Con ritmo religioso

Tomás Enrique Martínez tiene 76 años de edad y 40 de haber aprendido a tocar el saxofón, pero desde hace tres años se le encuentra en la 9a. calle, entre 7a. y 8a. avenidas de la zona 1. Él aprendió en los talleres del Comité de Santa Lucía. Aunque su objetivo era especilizarse en la elaboración de artículos de mimbre, allí conoció al maestro Cupertino Soberanis, quien no dudó en enseñarle música.
Don Cúper, como le decían, formó un grupo de interesados en prepararse en algún instrumento. “Yo elegí el saxofón, porque, aunque me gustan todos, pensé que éste se me facilitaría, y también me gusta como suena”, expresa. Su inclinación hacia la música surgió al escuchar Armonía en tinieblas, que sonaba en la TGW.
Al concluir la instrucción en los talleres se dedicó a vender números de la lotería, “pero no me traía cuenta, porque los que no vendía, me los descontaban”, cuenta Martínez. Fue así como se decidió a tocar el saxofón para ganarse la vida.
Aunque aprendió a interpretar canciones como Sólo tú, solo yo, del saxofón de don Tomás salen únicamente melodías evangélicas, debido a que profesa esa religión. Se le encuentra de uno u otro lado de la acera, de 10 a 12 horas, de lunes a viernes. “Por las tardes hago la lucha de aprender nuevas tonadas para tener variedad”, explica. Hasta ahora da gracias a Dios de no haber tenido inconvenientes con ladrones.

Su único trabajo

En la 10a. calle, a un costado del edificio donde funcionaba el hotel Ritz Continental, está Olga Lucy Ramírez de Sánchez. Ese ha sido su lugar habitual desde hace 15 años. Justo el 9 de febrero de 1994 fue su primer día, y desde entonces ha estado de lunes a viernes, de 10 a 15 horas. Quien transita por allí escucha las melodías de su acordeón.
Ha sido el único sitio en donde ha trabajado, puesto que antes vivía con sus papás, quienes la mantenían casi aislada. “Yo le hablé a un amigo, también invidente, y le dije que no deseaba estar solo en mi casa, quería hacer algo; entonces me motivó a arriesgarme y salir”, cuenta. Al principio, sus padres se molestaron, pero después comprendieron que ella debía valerse por sí misma.
Aprendió a tocar el acordeón a los 5 años, sin maestro. “Creo que lo traía como vocación”, expresa. Su primer instrumento lo consiguió a través de una amiga que integraba un partido político, quien pidió colaboración y así lo compró, pero se lo robaron. “Cuando fui al baño, en una cafetería, lo dejé en una mesa y al regresar ya no estaba; me descuidé”, dice. Después me regalaron otro, un 24 de diciembre.
Los acordes los lleva en su mente, aproximadamente son 50; la canción que más le gusta es Te estoy queriendo. No gana mucho, casi lo necesario para subsistir cada día; ella cree que hoy hay menos solidaridad en las personas. Otro problema que afronta doña Olga es lidiar con un indigente que de forma continua le lanza cosas desde la pestaña que está arriba de donde ella se sienta, lo cual la ha hecho moverse unos pasos, para evitarlo. “Le pido a la Policía que me ayude”, agrega. Pero su mayor queja es no haber recibido ningún apoyo de Pro Ciegos cuando lo ha solicitado. Juan Anotonio Pineda, director de educación y rehabilitación de esta institución, dice que se le han ofrecido programas de rehabilitación para aprender oficios pero ella los ha descartado, y ayuda económica se da a mayores de 65 años y que no tengan a nadie que los subvencione.
Día a día estos músicos de la calle lanzan sus melodías entre el correr de los transeúntes, las bocinas de los automóviles, y aunque es difícil que las personas se detengan a escucharlos, continúan haciendo vibrar su acordeón y saxofón y, como dice don Tomás: “Todo aquel que toca un instrumento en la calle está trabajando, el que se arrodilla es un limosnero”.


   

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