Carreras entre el cielo y el infierno
La guatemalteca Toti Fernández ha destacado mundialmente a través del deporte.
Toti Fernández
por roberto villalobos
fotos: archivo
Mónica Toti Fernández posee una resistencia física impresionante. Y es que durante casi dos décadas ha entrenado y competido al más alto nivel, en diversas partes del planeta. Es una triatleta con muchas medallas y trofeos en su palmarés. En días recientes vino al país de vacaciones (vive en Marruecos), y compartió con nosotros algunos pasajes de su vida y experiencia deportiva.
Nació en Guatemala hace 40 años. Inició en el deporte, hace 22, para dejar de fumar. “Antes consumía hasta dos paquetes de cigarrillos al día”, dice. Para ella, hacer ejercicio es un camino simple para acabar con esa adicción. “Le quería hacer bien a mis pulmones”, indica. Hasta el momento, le ha ido muy bien.
Hazañas
Su primer gran paso en el deporte de alto rendimiento lo dio en 1995, cuando ganó el Campeonato Nacional de Triatlón. A partir de entonces, se exigió cada vez más y así demostrar que las cosas que se sueñan sí pueden llegar a concretarse.
Las competencias iban y venían, pero siempre con la vista fija en las pruebas más extremas, en aquellas en las que el cuerpo pide descansar, y a veces hasta pide morir. En una sola competencia, “he llegado a sentir dos mundos opuestos, el cielo y el infierno”, apunta en su blog, en donde narra sus experiencias.
Dos de las pruebas más duras son las denominadas Badwater y Furnace Creek 508, que son parte de la Death Valley Cup (Copa del Valle de la Muerte), que se lleva a cabo en un lugar con el mismo nombre, en California, Estados Unidos. Las pruebas allí son diferentes, pues hay que seguir una trayectoria que empieza en el punto más bajo del norte de América (a 85 metros bajo el nivel del mar) y termina en Mount Whitney, cuyo pico se eleva a más de cuatro mil 400 metros. En el camino, incluso, se debe soportar un asfixiante calor de hasta 55°C.
Toti disputó ambas el año pasado, ya que siempre se hace así: en menos de tres meses. Asimismo, está la regla de que si no se termina una prueba, no se puede continuar con la otra.

Toti, en la etapa de ciclismo.
Así que llegó el día para disputar la Badwater, que consiste en correr 217 kilómetros sin parar. Durante los primeros 60, la guatemalteca vomitó cuatro veces, pues su cuerpo no absorbía líquidos. Continuó luego de que su equipo le administró cápsulas de electrolitos (sales minerales).
Sin embargo, tenía otra preocupación: sus pies, los cuales estaban dañados luego del maratón Des Sables, que disputó en el 2003 en el desierto del Sahara. Allí corrió 243 kilómetros (por etapas), por siete días y sin un equipo médico que la acompañara. “Allí ni siquiera se permite llevar GPS, solo brújula. Además, debí cargar con una mochila con ropa, comida, enseres, una bomba para sacar el veneno de alacranes y serpientes, y una luz de bengala, por si me perdía o necesitaba ayuda”, cuenta.
En tanto, la prueba de Badwater continuaba. Allí tampoco tenía la posibilidad de dormir. Ya había alcanzado la madrugada del día siguiente, y Toti continuaba con la carrera. Haber tomado café y Coca Cola la ayudó a mantenerse despierta, así como las conversaciones que sostuvo con su equipo.
En el kilómetro 202 llegó al sitio denominado La Pared, en donde empezaban 15 largos y empinados kilómetros. La atleta, en ese momento, mostraba signos de cansancio, sueño y dolor. La prueba —pensaba— le parecía inhumana. Fue allí cuando se convenció de que era la carrera más dura del planeta.
Poco a poco fue avanzando hasta alcanzar la anhelada meta, adonde llegó sosteniendo entre sus manos las banderas de Guatemala y Marruecos —donde reside desde hace seis años—. Finalizó en la séptima posición, con 35 horas y 17 minutos.
Furnace Creek 508
Luego de superada la prueba Badwater, continuó con la Furnace Creek 508, en el marco de la Copa del Valle de la Muerte. Esta vez, debió recorrer 819 kilómetros entre dos días; ahora, en bicicleta.
Lluvia, neblina y molinos de viento, así se tornaba el panorama por momentos. Sin embargo, también tuvo instantes para disfrutar: observó un espectacular atardecer y tormentas de rayos en las lejanías.
Pasó la noche pedaleando, consciente también de que un pestañeo podría acabar en accidente. Debía permanecer despierta, así que repitió la fórmula: tomar café y tratar de tener pensamientos lúcidos.
Faltaban 12 kilómetros, pero cada pedaleo era un suplicio. Y es que todo el camino fue una constante de bajadas y subidas. En total, la altitud acumulada de escalada fue de 10 mil 660 metros.
Llegaron los últimos 500 metros, y allí, Toti hizo su último esfuerzo, con un sprint que solo podía salir de su espíritu de hierro. Su tiempo final: 32 horas y 58 minutos; segundo puesto.
En África
En la actualidad vive en Casablanca (Marruecos) con su esposo francés y dos hijos. Allí tiene una escuela de natación, cuya especialidad es enseñar a bebés y niños de muy corta edad a sobrevivir en caso de caer a una piscina. Incluso, se les instruye a nadar con ropa y zapatos puestos.
De momento, Toti comparte su tiempo entre su familia, la escuela y un riguroso entrenamiento físico. “A mis 40 años, me siento mejor que nunca”, apunta. En algún tiempo, quizás, regrese a vivir a Guatemala, pues, dice, extraña su tierra, cuya bandera ha llevado hasta lo más alto.
- Campeona nacional de triatlón, en Guatemala (1995), y segundo lugar un año después.
- Primer lugar en el Campeonato Mundial Ultraman, en Kona, Hawái (2000 y 2001).
- Tercer puesto en el Triatlón Internacional de Muskoka, Canadá (2000).
- En el 2002 llegó en séptimo lugar en el Maratón Des Sables, en el desierto del Sahara (Marruecos).
- Segundo puesto en el Ironman Western Australia (2007).
- Blog: web.mac.co
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