Semanario de Prensa Libre • No. 241 • 15 de Febrero de 2009

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D fondo

Del hambre a la obesidad
En los países pobres ya no solo se muere de hambre; también por comer demasiado. Cuatro especialistas analizan este problema.


Por Viviana Ruiz
Ilustraciones: Billy Melgar

Rollizas mujeres pasean, coquetas, sus libras bajo la ajustada blusa, mientras engullen una porción de pizza. Los hombres se toman con gusto el prominente estómago y expresan frases como: “Esto es vida”, mientras los niños forman grandes filas frente a las heladerías, sin importar la hora del día, o si hace frío o calor.
Parece ridículo pero todavía cientos de millones de humanos padecen hambre a diario; no obstante, el número de sobrealimentados, por llamarlos de alguna manera, es enorme, y aumenta de manera acelerada en países en vías de desarrollo.
Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) no es raro que la subnutrición y la obesidad (exceso de grasa corporal) coexistan en un mismo país, una misma comunidad e incluso un mismo hogar. Esta doble carga de morbilidad, asegura, es causada por una nutrición inadecuada durante el periodo prenatal, la lactancia y la primera infancia, seguida del consumo de alimentos hipercalóricos, ricos en grasas y con escasos micronutrientes, combinada con la falta de actividad física.
Una antropóloga social, un genetista, un bariatra y una nutricionista ofrecen su visión sobre el creciente problema de la obesidad en Guatemala, ya que esta enfermedad se ha convertido en el mundo en una pandemia que, además de ser un detonante de padecimientos como diabetes, hipertensión y accidentes cardiovasculares, entre otros, puede generar ansiedad, depresión y disminución de la autoestima.

Segundo lugar en sobrepeso

Hoy, Guatemala tiene el segundo lugar continental en este rubro. El primer puesto lo tiene México, y el tercero, Honduras, según un estudio presentado el año pasado por el médico mexicano Juan Rosas, presidente de la Asociación Latinoamericana de Diabetes (ALAD).
La encuesta maternoinfantil (Guatemala, 1995) muestra que más de la tercera parte de mujeres de entre 15 y 49 años, y uno de cada 10 niños y niñas de entre 1 y 5 años, en todo el país, tenían sobrepeso. Otros estudios también reportan que uno de cada cuatro hombres de nivel socioeconómico bajo, y dos de cada cinco de nivel socioeconómico medio que viven en áreas urbanas tienen sobrepeso.
La prevalencia parece estar en aumento en la población, ya que investigaciones más recientes arrojan una proporción más elevada de esta condición. Por ejemplo, en la Encuesta de Prevalencia de diabetes mellitus e hipertensión (OMS/Villa Nueva 2002-2003) se encontró que 54 por ciento de los encuestados tenían sobrepeso.
En el mundo, unos 400 millones de personas tienen obesidad. La Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), detectó a finales de los años 1990 un alarmante aumento de personas con sobrepeso en los países en vías en desarrollo, en los cuales hay zonas con subalimentación.
Si la tendencia sigue como hasta ahora, en el 2010 el 75 por ciento de la población de EE. UU. tendrá un índice de masa corporal por encima de 30. La OMS calcula que en el 2015 habrá en el planeta unos dos mil 300 millones de adultos con sobrepeso, y más de 700 millones con obesidad.

Cultura que no era nuestra

La dieta del guatemalteco dista mucho de ser balanceada: pescado y vegetales no se consumen con regularidad; los puestos de comida en la calle ofrecen a precios bajos platos ricos en grasa, y las personas prefieren gastar menos, pero comer más.
Para la antropóloga social Claudia Dary, los altos índices de obesidad en el país son consecuencia de múltiples factores, entre los cuales sobresalen la pobreza, que causa migraciones (internas y externas), y la globalización.
“La década de 1980 fue adversa para el crecimiento económico en América Latina y, claro está, para Guatemala. Las condiciones de inequidad entre los grupos sociales, caracterizadas por una distribución muy desigual se agravaron con la aplicación de medidas de estabilización que contribuyeron a aumentar la pobreza y sus formas extremas. Las migraciones de los pobladores rurales hacia las periferias urbanas y de los países más pobres hacia otros en mejor situación generaron cambios importantes en las condiciones y el modo de vida de dichos grupos”, explica.
Antes de esta época, los hombres y mujeres de zonas rurales basaban su dieta en alimentos como frijol, maíz y vegetales. En la actualidad, los patrones son el consumo de grasas y carbohidratos, porque la industria alimentaria ofrece diversos productos de alta densidad energética (ricos en grasas y azúcares), pero deficientes en otros nutrientes esenciales: su gran poder de saciedad, su sabor agradable y su bajo costo los hacen socialmente aceptables y preferidos por los grupos más pobres, comenta la antropóloga.
En cuanto a los efectos de la globalización, Dary asegura que tienen sus principios en la aceptación de otra cultura. “El guatemalteco ha adoptado el estilo de vida del típico estadounidense, que prefiere la comida rápida y gusta distraerse con videojuegos”, comenta.
“Lejos han quedado aquellos tiempos en que la familia planificaba a largo plazo ir a almorzar a un restaurante. Hoy, a diario, padres e hijos comen en los multirestaurantes de los centros comerciales. Y si bien la inseguridad que prevalece en el país no permite que los niños tengan mucha actividad física, también lo es que los chat o juegos en línea, entre otros entretenimientos tecnológicos que promueven la vida sedentaria, son patrones de comportamiento de los estadounidenses que hemos adquirido como nuestros”, añade.

¿Son los genes los culpables?

Aún no está comprobado que exista o no un gen que predisponga al guatemalteco a ser obeso. Sin embargo, el genetista Gabriel Silva efectuó un estudio modelo con ADN (Acido Desoxirribonucleico, un tipo de ácido nucleico, una macromolécula que forma parte de todas las células) con la muestra de cien personas de una población kaqchikel de Chimaltenango (2002), para obtener los marcadores de información de ancestros y comprobó que dentro de este grupo no había altos índices de mezcla de gen europeo.
Sin embargo, esta muestra, que contó con todos los requisitos éticos y profesionales de un trabajo de investigación (consentimiento informado), ha servido para otras investigaciones. Lo más reciente que se ha obtenido es que hay dos genes candidatos que pueden explicar la diabetes tipo II y la artritis rematoidea. Pero aún no se han analizado los factores epigenéticos de esta población ni de ninguna otra —se refiere a los cambios reversibles de ADN, que hace que unos genes se expresen o no, dependiendo de condiciones exteriores como, por ejemplo, la nutrición—.
Según el especialista, los factores de la creciente prevalencia de obesidad en todos los países no se debe —aunque habrá casos— a un problema genético, sino a cambios en los estilos de vida, que inciden específicamente en una cierta susceptibilidad o predisposición genética.
“De forma constante nuestro organismo debe metabolizar una serie de productos químicos a los que está expuesto, como contaminantes ambientales, aditivos de alimentos, medicamentos y una serie de sustancias que penetran al organismo por diversas vías, como la piel y los pulmones. Estas sustancias extrañas al organismo (xenobióticos) pueden ocasionar trastornos inmediatos a largo plazo, como la obesidad”, explica Silva.
Círculo vicioso
En la actualidad, ya no son las personas con poder adquisitivo alto las gordas; la gente de escasos recursos se lleva el primer puesto, de acuerdo con el bariatra Alberto Estrada, de la Liga contra la Obesidad.
“Por eso es cada vez más evidente observar a un buen número de gorditos y gorditas caminando por las calles”, enfatiza.
Cuando los guatemaltecos se den cuenta de que comer tacos, pollo bañado en grasa; tomar todos los días aguas gaseosas o comer “bolsitas” que venden en la tienda les están causando afecciones como gota, índices de colesterol y triglicéridos altos, quizá cambien su estilo de vida y comiencen a practicar más ejercicio que aquel que llevan a cabo solo cuando se bajan de la camioneta o carro para ir a su trabajo, comenta.
Estrada hace una pausa y se toma el tiempo para hablar también sobre el síndrome metabólico. Éste es un grupo de síntomas o trastornos que inciden en el desarrollo de una enfermedad cardiaca o diabetes. El signo más evidente de este síndrome es la acumulación de grasa en la cintura (mujeres arriba de los 80 centímetros, y hombres arriba de los 94).
“A las llantitas, el guatemalteco tampoco les pone atención; las ve como normales; sin embargo, no son tan inocentes”, refiere.
Claro que este factor tampoco es determinante para un diagnóstico positivo del síndrome. El paciente debe presentar presión sanguínea alta, baja lipoproteína de alta densidad o HDL (colesterol bueno): menos de 40 mg en los hombres, e inferior a 50 mg en las mujeres, y triglicéridos elevados (niveles de grasa en sangre): 150 mg o más, expone.
Lo que sí está claro es que la obesidad es “contagiosa”, debido a los malos hábitos alimenticios, que se transmiten de generación en generación, y a esto hay que ponerle mucha atención, advierte el experto.

Entre la estética y la publicidad

Lorena López, nutricionista y catedrática de la Universidad del Valle, expone que la epidemia de la obesidad no se detendrá si se sigue tratando el tema como un problema de estética, cuando en realidad es de salud.
“Con mucha azúcar, grandes cantidades de sal y poquísima fibra. Así de poco saludables son los productos que más se publicitan en los medios de comunicación. Nos llegan muchos mensajes por parte de médicos y profesionales de la salud que nos dicen que debemos tomar más frutas y vegetales, y al mismo tiempo la publicidad promociona comida poco saludable. Esta “mezcla de mensajes” hace que la gente no sepa con claridad qué debe comer”, opina la profesional.

Soluciones

López añade que es importante que los gobiernos se involucren y formulen políticas de Estado, para contrarrestar la obesidad.
“No se trata de un problema clínico, sino de Nación. La clase política debe promover espacios para que el ciudadano pueda ejercitarse en forma segura, y éste, exigirle a los políticos seguridad”, expresa.
La inactividad física mata de por sí. “No hace falta que una persona esté gorda; si no se mueve, morirá”, advierte la nutricionista.
López pertenece también a una Red de Universidades (Mariano Gálvez, Galileo, Francisco Marroquín y San Carlos de Guatemala) que tienen como finalidad impulsar actividades sencillas para prevenir la obesidad, como hacer las compras correctas.
“Su dieta empieza con una lista, antes de ir al supermercado. Prefiera los productos naturales a los enlatados, como vegetales, frutas, carnes blancas, cremas, queso o leches descremados y yogur sin azúcar”, sugiere.
En cuanto a los productos bajos en calorías y azúcar (ligth), López hace las siguientes observaciones: “Algunos de éstos sustituyen al azúcar por elementos químicos (edulcorantes) que, a la larga, hacen más daño al cuerpo, como bloquear el crecimiento normal de un niño, por ejemplo”.
La nutricionista aconseja: “Pruebe los cereales integrales”.

En conclusión

Contrario a lo que muchas personas creen, la obesidad no es hereditaria, no está genéticamente condicionada, sino que se produce, en más del 90 por ciento de los casos, por comer en exceso más de tres veces al día, tener malos hábitos alimenticios, ingerir mayor cantidad de calorías, hacer poco ejercicio físico, llevar una vida sedentaria y beber abundantes líquidos azucarados. Se trata de un desequilibrio entre el consumo de calorías y las que se gastan.
Este problema ataca sin discriminación de sexo, raza o edad, y cada vez más se propaga en países como el nuestro. Las libras de más también son desencadenantes de enfermedades crónicas y psicológicas.
La obesidad es una enfermedad difícil de tratar, pero muy fácil de prevenir.

  • “La obesidad no solo afecta el aparato locomotor, la mayor parte de los órganos del cuerpo y el funcionamiento cardiovascular, sino también tiene un impacto muy fuerte a nivel emocional e, incluso, en algunos casos los problemas psicológicos son el factor desencadenante de esta enfermedad”, expone al periódico español El Mundo, Eduardo García-Camba De la Muela, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital de la Princesa de Madrid.
    En esta nota, el especialista hace ver que “la autoestima de la persona obesa disminuye, la imagen de sí misma degenera, siente miedo, inseguridad, tristeza, infelicidad, depresión, problemas en las relaciones sexuales”.
    Estos trastornos psicológicos se deben, en parte, a las dificultades sociales que la obesidad acarrea y a la personalidad del paciente (según estudios científicos, pueden ser personas emocionalmente inestables, hipersensibles, inseguros y más dependientes que el resto de la sociedad).
    El artículo también hace referencia a las dietas “mágicas” que acaban en frustración. “Este tipo de industria es absolutamente delincuente. Hay publicidad engañosa, que se aprovecha de esta situación”, advierte el psiquiatra. “Existen dietas (como las del ‘grupo sanguíneo’, la de la ‘sopa’...) que pueden provocar déficit de vitaminas, proteínas y minerales, desencadenar trastornos de la alimentación, como anorexia y bulimia, y favorecer el efecto yo-yo (rebote)”, enfatiza.

   

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