Semanario de Prensa Libre • No. 241 • 15 de Febrero de 2009

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En tercera persona

Siempre heladero
Todos se deleitan con un sabroso helado.

Imagen
Foto Prensa Libre: Ana Martínez

Miradas perdidas, vagabundos hurgan en los basureros, ancianos leen el periódico, zapateros hacen su trabajo y niños corren por doquier; ese es el escenario del parque central de Guatemala.
Allí —entre el bullicio que se mezcla con una extraña paz— camina todos los días don Augusto De León, heladero desde 1952. “Desde que Jacobo Árbenz era presidente, soy heladero”, cuenta. A la fecha, son 56 años los que lleva detrás de una carretilla, ofreciendo el frío producto que deleita a grandes y pequeños.
Don Augusto nació en Santa Cruz del Quiché, en 1935, y emigró a la capital en búsqueda de un futuro mejor, junto a su madre.
Quién sabe cuánta distancia camina a diario, aunque él asegura que son unos 15 kilómetros, entre el Centro Histórico y la zona 3, una y otra vez. Prefiere estar en lugares con bastante gente, y evita los barrios y colonias, “porque hay muchas maras”. “Piensan que uno lleva mucho dinero, y no es cierto”, argumenta. Y es que la inseguridad nacional ha alcanzado, incluso, a los humildes heladeros.
“Si viera, ¡cómo cuesta vender esto!”, expone, y muestra su blanca carretilla repleta de helados de fresa, coco o los llamados “olímpicos” (naranja con crema); también los sabrosos chocobananos. “A veces vendo entre Q100 y Q150, pero cuando hace frío, la gente casi no compra”, expone.
Su vieja tarea empieza todos los días a las 7.30 horas, cuando sale de su casa. Aborda un bus para llegar al centro, donde se abastece de producto para empezar la larga caminata. Aprovecha a vender cuando los estudiantes salen de sus escuelas, así como a explotar los domingos, que son los días en que mejor le va.
“Al terminar mi trabajo (a las 17 horas), voy a la iglesia evangélica, para alabar a Dios y agradecerle por todo; también oro para que el Gobierno solucione muchos de los problemas y por la gente en general”, refiere.
Así, entre el humo de camionetas, el frío, el sofocante sol o el peligro de asalto, transcurre la vida de un heladero. Y bien vale la pena salir corriendo a la calle cada vez que se escuche una campanita: quizás sean los helados de don Augusto, o cualquier otro de estos incansables trabajadores.

(RV)

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