La chirimia
La ejecución de este instrumento va mucho más allá de la simple atracción turística.
Foto tomada en 1970 en Totonicapán.
por paulo alvarado
iLUSTRACIÓN: mYNOR ÁLVAREZ
“Si el tambor es el corazón, la chirimía es el espíritu.”
Así describe un dicho ancestral dos de los instrumentos musicales que en Guatemala asociamos con toda una diversidad de ocasiones rituales.
De los dos, es la chirimía la que nos remite a un mundo más complejo y de múltiple ascendencia. Puede ser el instrumento de un músico que encabeza una procesión de Semana Santa, aunque no forma parte de la banda que acompaña al cortejo. O puede ser el que se toca, siempre en pareja con un tambor o un tun, apostados sus intérpretes a la entrada de una iglesia, antes de que se celebre una misa o una bendición. O puede ser el que acompaña las visitas a un cementerio y otras solemnidades en buena cantidad de poblados del altiplano guatemalteco. Su presencia en muchas ceremonias de estas tierras está documentada desde los inicios de la era colonial.
Sin embargo, las variantes de chirimía que se usan en el país no son guatemaltecas por su procedencia, sino por adopción y por el modo de construirlas y ejecutarlas. Su origen se remonta posiblemente a la época de las Cruzadas, cuando los sarracenos avanzaban sobre los europeos, con tambores, trompetas y chirimías, que empleaban como arma sicológica de guerra. De ese encuentro, la chirimía pasó a convertirse en instrumento de llamada, esencial en las bandas militares y en los grupos de baile, y pervivió hasta fines del siglo XVII, cuando, de manera paulatina, la sustituyó el oboe, heredero sofisticado y de mayor rango expresivo, cuyo sitio en la sala de concierto se aseguró a partir del Barroco.
A cambio, en Guatemala, como en México, Colombia, Cataluña, África del Norte o la India, por mencionar algunas regiones, la chirimía sigue ligada a la música de exteriores. Su sonido fuerte y penetrante depende de la forma como se sopla, a través de una embocadura compuesta por dos lengüetas de caña, amarradas a un tubito delgado de metal, que se inserta en el cuerpo del instrumento, fabricado de madera como pinabete, guanacaste o cedro. En el tipo más difundido de chirimía guatemalteca, los labios del ejecutante descansan sobre un piruet hecho con un carrizo cortado por la mitad, y el tubo principal es de perforación cilíndrica, con seis agujeros de digitación, además de orificios de afinación en el extremo inferior, que se abre en forma de campana.
Son pocos los investigadores que se han dedicado a estudiar la situación actual de la chirimía guatemalteca, tal el caso de Matthias Stöckli y Alfonso Arrivillaga, o las posibilidades de su incorporación en experiencias contemporáneas, como Osmundo Villatoro e Igor de Gandarias. Tampoco son numerosos los eventos en que se pueda reunir a sus ejecutantes con una intención que rebase lo meramente turístico y en que se ponga de manifiesto la naturaleza de esta música, pues no son muchas las personas que saben que un “chirimitero” y un “tamborero” no se sientan a tocar un domingo en el parque solo para entretener a los transeúntes. Sus melodías y sus figuras rítmicas, curiosas, aparentemente desarticuladas y alejadas de los esquemas de la música académica, a menudo responden a una función como comentaristas de su entorno —aunque éste no los comprenda—.
En el presente, la chirimía se puede escuchar sobre todo en los departamentos del centro y del occidente de Guatemala, limitada a festividades patronales y danzas-dramas, como el Baile de La Conquista. Pero, según las crónicas de principios de la Colonia, el uso regular de la chirimía y otros instrumentos en las fiestas y en los servicios religiosos ya había alcanzado tal popularidad entre los indígenas, que a pocas décadas de la llegada de los españoles, varios concilios y el propio rey de España, emitieron regulaciones en las que se prescribía la necesidad de recortar la cantidad de indígenas que solo se dedicaban a la música. Es ésta una gran contradicción, cuando pensamos en la escasez de músicos interesados hoy en aprender a tocar la chirimía y los demás instrumentos que, de un pasado remoto en tierras lejanas, llegaron a transformarse en una expresión íntima y muy particular de nuestra guatemalidad.
- El nombre de la chirimía puede que se derive de diversas fuentes y sucesivas alteraciones lingüísticas. Desde el sánscrito kalama (caña) y el antiguo griego kalamos (tubo), pasando por el latín calamellus (cañuela), deriva en palabras como caramillo (antecesor del clarinete) y sus similares en otros idiomas europeos, además del arábigo salamiya (un antiguo oboe egipcio).
- La chirimía está emparentada histórica y geográficamente con toda una gama de instrumentos, como el aulos y la tibia, de la antigüedad grecorromana; el shahrnai y la zurna orientales; la bombarda, la dulzaina, la ranqueta, el cromorno y el bajón; y, por supuesto, el oboe, el corno inglés y el fagote, todos miembros de “la familia de las dobles cañas”.
- En algunos lugares, por chirimía se entiende no solo el instrumento, sino todo el conjunto musical que la incluye. También se denomina así a ciertas flautas que no poseen embocadura de lengüeta.
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