Semanario de Prensa Libre • No. 244 • 8 de Marzo de 2009

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D fondo

Estamos creciendo
Aunque hay avances significativos, todavía hay que luchar por conseguir la igualdad de género.


De izquierda a derecha, Michelle Anieu, Ruth Wetherborn y Mariana Aparicio.

por ana martÍnez de zÁrate
fotos: carlos sebastiÁn y aaron ganz
Fotoarte: billy melgar

Entre tanta crisis y malas noticias, hay algo bueno que destacar: las nuevas generaciones de mujeres adolescentes están cambiando. Aunque todavía queda mucho camino por recorrer, expertos y las propias protagonistas coinciden en una cosa: se ha avanzado mucho en cuanto a la lucha contra el machismo. En su mayoría, ellas conocen sus derechos como mujeres y no aceptan que sus compañeros, los hombres, se crean superiores, ni en el colegio ni en la casa. Saben que tienen exactamente los mismos derechos. Son la esperanza de que algún día en Guatemala exista, de forma real, la igualdad de oportunidades, derechos y obligaciones para ambos sexos.

Familia

Las jóvenes entrevistadas saben que persiste el machismo, una herencia cultural e histórica demasiado honda como para negarla. Además, conocen que los derechos de las mujeres no se cumplen para muchas de sus compatriotas. Sin embargo, pocas de las consultadas lo han vivido. Han sido educadas bajo los conceptos de la igualdad. En la familia, sus padres y hermanos colaboran en las tareas de la casa. “Mi padre cocina igual que mi madre”, reconoce Andrea Polanco Montenegro, de 16 años.
María del Rosario Toj es socióloga y consultora independiente. Cuando sus hijos eran pequeños, su esposo se los llevaba al trabajo y “les cambiaba los pañales”, destaca. “Se reían de él”, añade Toj. Por eso, para su hija adolescente, Yara Camposeco Toj, 13, el machismo no es algo evidente en su entorno y bajo su percepción no existe, ni siquiera en los lugares de origen de sus padres: Quiché y Jacaltenango, en Huehuetenango. Pero su madre aclara que hay que tener en cuenta que “somos una familia muy atípica”.

Otro hogar donde se han criado mujeres calificadas como “fuertes y luchadoras”, es el de la activista por el medio ambiente, Magalí Rey Rosa. “Mi tía fue una de las primeras mujeres en manejar (vehículo) en Guatemala y mi madre se casó a los 34 años, después de vivir sola en EE. UU. un tiempo”. Sin embargo, la activista aún tuvo que luchar contra la “sociedad patriarcal” y romper los roles tradicionales. “Yo quería jugar con pistolas, pero no me dejaban. Entonces, cada vez que me levantaba me miraba a ver si me había convertido en hombre. Yo quería ser hombre”, resume. Su hijo, de 20, estudiante de hotelería, cocina mientras realizamos la entrevista a su hermana, 17, Adriana Asturias Rey Rosa, quien sueña con estudiar relaciones internacionales y viajar. No entra en sus planes, por ahora, casarse ni tener hijos, dice, mientras hace una mueca. “Hemos sido educados, mis hermanos y yo, por la misma loca”, señala sonriendo a su madre.

La relación con los padres es muy diferente a como era hace unos años y las actuales adolescentes lo han percibido. La autoridad ha sido sustituida por la confianza. La madre de Yóselin Patricia Guzmán, 13, estudiante del Instituto Miguel García Granados, reconoce que ella no pudo estudiar porque sus padres no la dejaron por ser mujer. Sin embargo, no quiere que sus dos hijas reciban distinta educación que la del benjamín de la familia, el único varón, y por eso apoyará a Yóselin para que cumpla su sueño de ser maestra de primaria.
Ahora “tenemos más libertad para elegir”, señala Michelle Anleu, quien a sus 17 años combina sus estudios con un trabajo de atención al cliente, “para poder pagar mis propios gastos”, explica. Su padre, el director de la Orquesta Sinfónica Nacional, compositor y pintor Enrique Anleu, señala que “antes, nuestros padres nos obligaban a estudiar lo que ellos querían”. Pero Michelle no ha encontrado ninguna oposición por querer verse en el futuro como una guitarrista profesional. Un mundo dominado por hombres, pero que no la amilana. “Quizás sea más difícil por ser mujer, pero voy a luchar”, expresa, convencida. Una actitud que muestra la mayoría de jóvenes consultadas.

Según la psicóloga experta en adolescentes, Georgina Salcido, para que una fémina logre sus objetivos solo tiene que creer que es posible y que “se repita lo importante y valiosa que es, aunque le digan lo contrario”, indica, pues a veces las limitaciones más grandes vienen desde una misma.
No obstante, en algunos hogares la responsabilidad corresponde todavía a las mujeres, tal es el caso de Nancy Villalobos, 16, educada con unos preceptos tradicionales, en donde la mujer todavía es la encargada de hacer las tareas domésticas. A ella le pedían que lavara los platos, solo por el hecho de ser niña, al contrario que a sus tres hermanos mayores varones. Sin embargo, ha aprendido a hacerlo solo cuando quiere, “no cuando me mandan”, manifiesta. Lo que evidencia otro cambio que Gita Sen, profesora del Centro de Políticas Públicas del Instituto Indio de Administración en Bangalore, India, experta en pobreza y género, nos corrobora: “Las mujeres ya no aceptan, como hacían sus madres y abuelas, llevar solas el peso de la casa”.

Escuela

Aunque parece que en las familias el machismo ha sido casi desterrado, en el colegio todavía se cuela por algunas rendijas. “Algunos niños de mi clase se sienten superiores a nosotras”, explica Gabriela Santos, 16, estudiante de cuarto de Bachillerato de un colegio adventista. “Tienen que madurar un poco más”, señala Ruth Wetherborn, 17. Saqb’e Cu Ical, 14, estudiante del Colegio Bilingüe de Infantes, en Cobán, lo nota en que “ellos no quieren jugar al futbol con nosotras porque somos hembras”. Según Yóselin, ella también lo aprecia en algunas actitudes de sus maestros, que solo “piden hacer mandados a las mujeres”.
Mariana Aparicio, 17, la menor de cuatro hermanos varones, educada en el Colegio Metropolitano y profundamente católica, expresa que la religión si es bien entendida no es machista. En el grupo religioso que apoya Jóvenes Agustinos Recoletos, no ha notado ningún tipo de desigualdad entre hombres y mujeres, ni por parte de sus compañeros ni de los párrocos. Por su parte, Rosalinda Hernández Alarcón, 62, destacada feminista y coeditora del medio de comunicación La Cuerda, opina que algunas creencias religiosas “se han convertido en aliadas del sistema que impide a la mujer tener voz propia”.

Y es que siguen existiendo adolescentes cuya única perspectiva es casarse, tener hijos y dedicarse a las tareas del hogar. “Tengo varias amigas que no quieren llegar a la universidad, porque su perspectiva de vida es solamente casarse y depender del esposo”, argumenta Wetherborn, quien sueña con pilotar aviones. La mayoría de las entrevistadas conocen amigas que piensan de esta forma. Algo inconcebible para Ana Lourdes Arévalo Castillo, 16, quien se declara feminista e intenta convencer a sus amigas que piensan de esa manera de que “la vida es mucho más que eso”.

Feminismo

Esta calificación de Arévalo, muy segura de sí misma, evidencia que empiezan a desaparecer ciertos prejuicios. Por ejemplo, ya no se relaciona mujeres feministas con “brujas, locas, lesbianas que odian a los hombres”, declara Ana Silvia Monzón, locutora del programa radiofónico Voces de mujeres, pionero en el movimiento radial feminista, que nació en 1993.
Todavía, sin embargo, hay ciertas confusiones entre las adolescentes, pues muchas definen el feminismo como lo contrario del machismo, es decir, la opresión de la mujer al hombre. Pero el feminismo, según la Real Academia de la Lengua, es definido con dos acepciones. La primera, como “doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres”. Y la segunda, “movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”.


De izquierda a derecha, Yara Camposeco, Andrea Polanco, Ana Lourdes Arévalo y Adriana Asturias.

Rural

La realidad en la provincia es bastante diferente a la situación de la capital. No obstante, los cambios son también importantes, explica Monzón. Por ejemplo, mientras se hablaba para este reportaje con un grupo de niñas de la Escuela Urbana Mixta Arturo La Guardia Romero, en Santa Catarina Barahona, Sacatepéquez, éstas echaron a sus compañeros de clase porque “no es con ustedes” y opinaban en conjunto que si un hermano les mandara, ellas no le harían caso porque “si él no me ayuda, ¿por qué tengo que hacerlo yo?” Juana Hernández y Heidi Pérez, ambas de 14, aunque no saben definir la palabra machismo ni feminismo, no percibían desigualdades entre los hombres y ellas. Pero lo cierto es que, según Delsy Sincal, del equipo técnico de la Asociación Política de Mujeres Mayas, Moloj, “hay todavía muchas limitaciones para las mujeres en cuanto a la participación en las comunidades”. Además, en su opinión, “la educación recibida es obsoleta y no hay una promoción de los derechos”. Ellas tienen conocimientos de sus derechos, pero porque “se enteran por otros medios y buscan la información ellas mismas”.

Realidad

Por otra parte, es contraproducente que las jóvenes actuales piensen que no hay machismo, porque ellas no lo hayan experimentado en su propia persona, señala Monzón, y sepan, como dice Saqb’e, que “en la Constitución dice que todos tenemos los mismos derechos y obligaciones”. Sin embargo, los datos estadísticos revelan otra realidad mucho más dura para ellas, que también debe ser conocida.
Diversos estudios demuestran que en el ámbito de la salud, la educación, en el empleo y la violencia, las féminas son las que salen más perjudicadas. Por ejemplo, uno de los mayores problemas para las mujeres es la mortalidad materna, que se relaciona íntimamente con la educación. Según un estudio del Grupo de Apoyo Mutuo que abarca de 1999 a 2006, “un 66 por ciento de las mujeres que no tienen ningún tipo de educación, muere, mientras que otro 28 por ciento fallece cuando únicamente poseen educación primaria”. También añade que “si las mujeres guatemaltecas tuvieran solo los hijos que desean, la fecundidad sería un 16 por ciento menor que la observada”, ya que “los nacimientos no deseados, son resultado tanto de la limitada autonomía de las mujeres para decidir sobre el uso de método anticonceptivos, como de las limitaciones de acceso a los mismos”.

Trabajo

Pero uno de los ámbitos en donde más se observa la desigualdad de posibilidades entre ambos sexos es en el laboral. La mujer se incorporó hace varios años, pero en su mayoría al sector informal y en maquilas, lo que provoca “inseguridad económica e ingresos muy bajos”, dice Ana Gladis Ollas, defensora de la Mujer de la Procuraduría de los Derechos Humanos.
En un estudio efectuado el año pasado por la Organización Internacional del Trabajo, Guatemala se situaba a la cabeza en cuanto a la diferencia de salarios entre sexos, a nivel latinoamericano. En dicha investigación se anota que por Q100 que ganaba un hombre guatemalteco, la mujer recibía Q58. En cambio, las desigualdades son menores en Honduras, donde la mujer gana el 81 por ciento del salario que un hombre, aunque el fenómeno es mundial y hasta en países nórdicos con fama de igualitarios se aprecian algunas diferencias.
Para llegar a puestos importantes de toma de decisiones, las mujeres se topan con “un techo de acero”, asegura Monzón. “Una mujer tiene que demostrar que vale el doble y el triple que un hombre”, explica Rita Cassisi, coordinadora de Unifem en el país. En cuanto a la política, su participación es ridícula. Según la Comisión de la Mujer del Congreso, incluyendo todos los municipios, se cuentan con seis alcaldesas y cinco gobernadoras. Y es que, aunque en el plano teórico las leyes son igualitarias, según reconoce el abogado y catedrático Gabriel Orellana, éstas no se cumplen.

Historia

Pero hasta hace unos años, en el mismo Código Civil guatemalteco, que entró en vigor en 1964, se percibían los roles tradicionales. Por ejemplo, en el artículo 110 se decía que “el marido debe protección y asistencia a la mujer (…) y la mujer tiene especialmente el derecho y la obligación de atender y cuidar a sus hijos durante la menor edad y dirigir los quehaceres domésticos”. Asimismo, en el 114 se recogía que “el marido puede oponerse a que la esposa se dedique a actividades fuera del hogar”. En la exposición de motivos del mismo, se añade que “la mujer debe comprender que su misión está en el hogar”. Afortunadamente estos artículos fueron derogados en 1998, lo que ha supuesto un gran cambio. Para Julia Urrutia, maestra durante 45 años y que ahora tiene 85, estas transformaciones han sido logradas, en gran parte, por el movimiento feminista.
Asimismo, Orellana agrega que todavía hay notarios “retrógrados” que para casar por lo civil a una pareja todavía pronuncian una “alocución”, de 1833, en la que se declara que “la mujer, por la dulzura de su carácter y por los demás dotes de su sexo (…) está llamada principalmente a evitar las desavenencias (…) y debe dar y dará al marido obediencia”, mientras que el hombre “está obligado a protegerla y a ejecutar los trabajos fuertes y penosos”.

Femicidio

Orellana considera como un avance esta ley, aunque haya sido calificada como desigual por tratar solamente la violencia extrema y/o intrafamiliar del hombre hacia la mujer, ya que según él, “en ocasiones el derecho tiene que provocar una desigualdad para lograr la igualdad”. Ahora se está haciendo hincapié en promover la denuncia, cuenta Alma Luz Guerrero, asesora de Femicidio del Ministerio de Gobernación. “Que sepan que la ley empieza a cumplirse”, indica.

Educación

Pero lo más importante no son las leyes, opina Orellana, sino la educación, en donde sigue teniendo ventaja el hombre, pues los niveles de analfabetismo son mayores en las mujeres, alrededor del 5 por ciento más, según datos del Comité de Alfabetismo (Conalfa), del 2006.

También se debe incorporar la igualdad entre géneros desde los primeros cursos. Y para ello no es beneficioso que se separe por sexos algunas asignaturas. Por ejemplo, en varios colegios se imparte la clase de Hogar para las niñas, lo que Andrea Polanco considera “machista”, y Artes Industriales para los niños, como le pasó al hijo de Monzón, 15, quien habría preferido recibir Hogar.
Para la hinduista Gita Sen, “las mujeres deben organizarse alrededor del trabajo, como un sindicato, pero también es importantísimo que se organicen afuera del empleo, en las comunidades donde la gente vive, para que funcione como una cooperativa y haya un apoyo colectivo”.

También tienen un papel importante los medios de comunicación, señala Rosalinda Hernández, que sigue “representando a la mujer con roles tradicionales” y propone uno “no neutral, con enfoque social y una perspectiva incluyente que destaque el lugar que las mujeres ocupan en esta sociedad”, al que llaman: periodismo feminista.
No obstante, queda mucho por hacer, pero como dice Georgina Salcido: “Los cambios empezaron y se van a seguir dando” y la prueba son estas nuevas generaciones que cada vez “tienen más protagonismo en la sociedad”, agrega Rosalinda Hernández. “Es un avance mundial, que en esta región se ve con mayor profundidad”, añade Sen.

  • 7 millones de mujeres hay en el país (2008).
  • 6 millones de hombres, (2008).
  • 3.41 millones de mujeres son pobres (2006).
  • 3.2 millones de hombres son pobres (2006).
  • 78% son alfabetas, de 15 a 24 años (2002).
  • 86% son alfabetos, de 15 a 24 años (2002).

   

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